1ª Lectura: 1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a
Salmo 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6
2ª lectura: Efesios 5, 8-14
Evangelio: Juan 9, 1-41
Sin duda, tienes la experiencia de mirar y no ver. Quizá la reconoces como una experiencia dolorosa: cuando alguien a quien quieres te dice “no te enteraste de cuánto me dolía esto, no me veías”, o cuando tú misma ves que miras mal a algunas personas, en algunas situaciones. No ver. No distinguir entre la verdad y la mentira, entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. No darte cuenta de cuándo tus comentarios, tus acciones o tus omisiones dañan a otras personas, las ignoran, las pisan.
Esto nos va haciendo conscientes de que hay modos de mirar que manifiestan lucidez, mientras que otros modos de mirar revelan ceguera. A nivel existencial, constatamos que puede ver la persona que ha sufrido (no todas las personas que han sufrido, sino aquellas que se han dejado enseñar, iluminar, por el sufrimiento), mientras que quien no ha sufrido, no ve. A nivel teologal, que revela la acción del Espíritu, esta se descubre como una ceguera culpable: Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís ´vemos´, vuestro pecado permanece. Se manifiesta aquí una inversión radical de nuestros modos de mirar: en Israel se pensaba que el que estaba ciego tenía un pecado (¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?), y Jesús niega esta tradición arraigada: Ni este pecó ni sus padres. A lo largo de los distintos encuentros y del diálogo que arranca de aquí, el hombre que ha sido ciego manifiesta su mirada honesta y lúcida. Por el contrario, los fariseos revelan su falta de fe, que se manifiesta como malevolencia y ceguera.
Llegamos así a que ese “no ver” nuestro tiene raíces más hondas: un deseo de tener razón, de imponer lo nuestro, de negar lo demás, etc.
Solo Jesús, el Santo de Dios, hace posible, en este largo diálogo, que reconozcamos cuáles son las obras de Dios, los modos que Dios tiene de manifestarse en el mundo.
De esta misma diferencia nos habla el primer libro de Samuel. Habiendo sido Samuel conducido a reconocer al ungido del Señor, su mirada se queda en la superficie: «Seguro que está su ungido ante el Señor». Por el contrario, el Señor lo conduce más allá: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón». Aquí ya se nos está indicando que hay un modo de mirar que es el nuestro, y que se queda en la superficie (mira de qué modos te pasa esto a ti), mientras que hay otro modo de mirar que es según Dios, y que solo es posible si él nos da su mirada. Una mirada que solo podemos recibir como don.
El salmo nos transmite la mirada de quien ya puede descansar en los designios del Señor, por lo que vive gozosa, gozoso.
La segunda lectura celebra la transformación que, por la fe en Jesús muerto y resucitado, nos ha llevado de las tinieblas a la luz y del trabajo que, desde la luz recibida, nos lleva a denunciar en nuestra vida, en nuestros entornos, esa oscuridad que reconocemos, como hemos visto hacer a Jesús.
¿Deseas, después de escuchar la Palabra que se nos entrega hoy, pedir el mirar de Dios para tu vida?
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: The Chosen

Buenos días. “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo” De entre todo lo que resuena en mí las lecturas de este domingo, resuena especialmente el Salmo, y más concretamente la frase que he señalado al principio. Una llamada a la fe y a la confianza, a mirar en la situación “oscura” en la que estamos viviendo y descubrir en ella que el Señor está caminando con nosotros. Ojalá el Señor nos regale a todos/as esa mirada, esa mirada que descubre los signos de Esperanza y de su Presencia en medio de nuestro día a día. Un fuerte abrazo virtual a todos/as.
Y -me atrevo a añadir a tu deseo, José Ángel-, que cuando esa mirada irrumpa en la nuestra nos atrevamos a ser y estar en la realidad desde ahí. Un abrazo virtual y lleno de cariño!