No juzguéis

No juzguéis, para que Dios no os juzgue; porque Dios os juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado y os medirá con la medida con que hayáis medido a los demás. ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo? O, ¿cómo dices a tu hermano: “Deja que te saque la mota del ojo”, si tienes una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano. Mt 7, 1-5

Seguimos con la enseñanza del sermón del monte que comenzamos en el capítulo 5. En ella, Jesús se dirige a nosotros como el Maestro en quien se aúnan la sabiduría humana y la divina. Los discípulos, en este evangelio, aparecen siempre atentos, escuchándole. Y nosotr@s, que cuanto más vivimos, más reconocemos que Jesús es, efectivamente, el Maestro definitivo y el Señor de la historia, detenemos nuestro camino para escuchar sus palabras.

Hay dos maneras de escuchar a Jesús. Una, como si fuera una persona cualquiera. Esto pasa cuando, poniéndote tú como referente de valoración de la realidad, escuchas a Jesús y decides si te sirve o no lo que dice. Es una postura vanidosa y bastante apresurada, es verdad… pero también es cierto que muchas veces vamos por la vida escuchando así, y aunque sea Jesús el que habla, lo metemos en nuestro escuchar superficial e impaciente.

La otra manera de escuchar a Jesús es la que, porque vas aprendiendo quién es Jesús, detienes la vida cuando él pasa. Estabas en lo que estuvieras… pero cuando te llega una palabra suya por algún lado, te paras y le das prioridad. Y si no puedes darle prioridad en ese momento, tomas nota para darle tiempo y espacio después. Esto indica que sabes que la palabra de Jesús es más grande que tú. Esto pasa cuando has ido descubriendo que la palabra de Jesús es lo que necesitas para vivir.

Este segundo modo de escuchar a Jesús es señal de que empiezas a enterarte. El primer modo… ya sabes.

En lo que sigue, vamos a escuchar a Jesús de este segundo modo. Cuando Jesús diga algo, nos paramos en seco y nos preguntamos qué nos quiere enseñar con ello. No podemos decir, como cuando habla uno de nosotros, “pues esto no me interesa”, “ya lo sabía” o “me da igual”. Las palabras de Jesús traen el peso de lo eterno. Vienen de Dios y nos llevan a Dios, desde el corazón de la vida. Es decir, son luz para todo lo nuestro.

En el c. 7 con que retomamos nuestra lectura de Mateo, Jesús nos habla del juicio. En concreto, nos dice que no juzguemos. Podríamos tomarlo como una consigna, como un precepto que incorporamos a nuestra vida sin pensar y seguir adelante. Pero entonces no estaríamos escuchando a Jesús. Jesús habla a nuestro entendimiento y a nuestro corazón, a nuestra imaginación y a nuestro deseo de vivir en verdad, y su palabra viene a dar luz a toda nuestra vida. Así que vamos a escuchar lo que nos dice. Vamos a acogerlo y a dialogar con ello, para poderlo integrar en nuestra vida y vivir, en verdad, desde ahí.

Vamos a empezar por entender lo que dice Jesús. Lo primero que ha dicho es No juzguéis, para que Dios no os juzgue. Nos dice Jesús que juzgar es un atentado contra la realidad, porque nosotros nos somos quiénes para juzgar. Pero si nosotros juzgamos, Dios, que es justicia y es misericordia, usará con nosotros su justicia.

El que juzga se pone en el lugar de Dios, y habrá de experimentar que ya hay un Dios… y que juzga. El Dios de Jesús es un Dios constantemente atento a nosotros: a que ocupemos nuestro lugar de criaturas y aprendamos a no juzgar; a que, si juzgamos, nos hará conocer la fuerza de su justicia aplicada justamente: es decir, siendo juzgados según el modo como nosotros hemos juzgado.

¿Nos dice Jesús con esto que juzguemos de un modo o de otro? No. Nos dice que no juzguemos. Y advierte, a la dureza de nuestro juicio, que nosotros padeceremos la misma dureza que hayamos aplicado a los demás.

¿Y por qué no podemos juzgar? Porque nosotros no tenemos perspectiva. Lo vemos todos los días: vemos la mota en el ojo de nuestro hermano, y no vemos la viga en el nuestro: esto habla de nuestra incapacidad para juzgar, puesto que aplicamos distinto rasero a lo nuestro que a lo de los demás;

Si nos atrevemos a juzgar, incluso nuestras mejores intenciones están desviadas: aunque diga que quiero ayudar a mi hermano, ¿qué puedo ver si tengo una viga en el ojo? Sin duda, es mejor que saque la viga de mi ojo y luego veremos qué pasa.

No podemos juzgar, porque quien juzga se pone en el lugar de Dios, y eso mismo ya implica que miras mal, porque lo cierto es que no estás en el lugar de Dios. No ves lo profundo, no miras con misericordia y no sabes distinguir entre lo que importa y lo que no. Así que, no juzgues. Harás daño y te harás daño.

Pero entonces, puede que te preguntes, ¿cómo estoy en la vida? Porque constantemente me salen juicios de esto y de lo otro…

El primer principio, el que dice Jesús: no juzguéis. Si voy a la vida queriendo no juzgar, voy a ver cosas, pero no voy a decir una palabra última sobre ellas. Seguro que veo cosas, pero no tengo que hacer un juicio, decir una palabra última, “congelar” esa realidad, no la fijarla aré donde yo creo que está. ¿Qué pobres nos deja esto, verdad? Es camino para ser criaturas.

No juzguéis, ni siquiera cuando parezca tan claro que tienes razón… cuando juzgas te estás poniendo por encima, y desde ahí, no ves. Si no juzgo, el juicio se lo dejo a Dios. Yo puedo ver cosas, yo puedo pensar que esto es mejor que lo otro… pero no digo una palabra última sobre nada, porque ahí mismo me estoy imponiendo a la realidad y no la estoy dejando ser.  Porque si juzgo, me creo con derecho a decir eso que veo como valioso, como definitivo, como verdad. Y, con tantas veces que me he equivocado, ¿no sería hora de estrenar una palabra leve, una palabra humilde?

Imagen: Nathan Dumlao, Unsplash

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