En estas entradas hemos preguntado a distintas personas “¿Qué es para ti la Eucaristía?”. En esta ocasión, la pregunta se la hemos hecho a una religiosa cincuenta y tantos años. Esto es lo que nos ha respondido. ¡Agradecemos desde aquí su testimonio!
La Eucaristía, nuestra salvación.
Quizá suene muy clásico el enunciado para hablar de la Eucaristía, pero es el modo que me sale para expresar lo que realmente vivo en ella. Verdaderamente es difícil expresar qué es para mí; es maravilla, misterio, es encuentro que sostiene y transforma, regalo en el que el Señor se hace presente cada día, es paz y perdón, Palabra, Presencia, es alimento, envío y fraternidad, es acción de gracias, alabanza y bendición….es decir, encuentro de salvación.
A lo largo de mi vida de fe, he vivido la Eucaristía con distintos “sabores”. Cuando hago memoria del corazón, recuerdo las Eucaristías de mi infancia, en las que no sé cómo, pero tenía experiencia de calor y Amor, y según he ido haciendo camino, han ido teniendo fuerza unas vivencias u otras, a veces ha sido Misterio que a la vez me atraía y sostenía, otras Palabra escuchada y acogida, otras alimento y fortaleza para la dificultad, otras encuentro sanador, otras fiesta y alegría o experiencia fuerte de resurrección.
Lo que sí sé, es que la celebración de la Eucaristía diaria es una bendición en mi vida, es la que ha sostenido mi fe y me ha hecho crecer en la experiencia de Salvación, de ése Misterio inaudito de que Jesús ha muerto y resucitado por nosotros, por mí. En momentos en los que mi oración o vida de fe han estado “en baja forma”, siempre he sido consciente de que es la Eucaristía la que me ha sostenido. Cuando la vida se ha complicado o los dolores cogen fuerza en el corazón, la Eucaristía ha sido el alimento y el recordatorio de Quién tiene la última palabra. Cuando la vida me ha sonreído y mi corazón canta de alegría, la Eucaristía ha sido danza, acción de gracias. Cuando la misión me arrastraba, la Eucaristía ha sido envío y ofrenda, en la que poner en el altar los nombres, rostros e historias compartidas.
Para mí, nunca ha sido un rito, una obligación, creo que su fuerza y su Misterio han atravesado mi existencia, como Amor siempre presente, sanante, como cauce de Vida.
Dicho así podéis pensar que la vivo casi en éxtasis, pero no, a veces estoy verdaderamente presente en ella, con todo mi ser, conciencia y atención y otras, voy con mil cosas en la cabeza y el corazón que me tienen cogida o despistada, pero la verdad es que eso da igual, lo que pasa en la Eucaristía, ES, más allá de mí, y a la vez , hace en mí esté como esté, por eso con los años puedo ir releyendo su fuerza y acción en mi vida y más allá de mi vida. Cómo explicar un Amor que se entrega por entero? Cómo no vivir la fuerza de la Pascua? Cómo no abandonarse a Aquel que nos invita a “hacer esto en memoria mía”?
En cualquier caso, sé que todo lo que el Señor me regala vivir en ella y a través de ella, no es mío. Él ha querido revelarse así, ahí y es el que, desde ella, me enraíza con fuerza en la Iglesia, me hace vivir la fraternidad, me envía a la misión.
Imagen: Sylvain Brison, Unsplash
