Cuarentena

COSAS ANTE ESTA EXTRAÑA SITUACIÓN

Señor, nos puede en este tiempo solo una cosa:
esta infección salvaje que nos invade
y que se está ensañando en todo el mundo.
Me pongo ante ti, Señor,
experimentando en mí una total impotencia.
La mía propia, sí,
y esa otra que ahora se siente tan fuerte:
esa impotencia comunitaria,
¡¡de toda la comunidad mundial!!
¿Hay algo que nos haga más iguales
que la desgracia, que el dolor?
¡Cómo se experimenta cuando, de improviso,
se abalanza sobre el mundo
en cualquier parte,
sobre cualquier condición!
Este sufrimiento
no es exclusivo de los pobres y pequeños de siempre,
a quienes parece caerles todo…
¡Y también esto encima de su “todo”!
Pero esta vez el dolor parece ensañarse
con quienes todo lo dominábamos a nuestro favor.
¡Y qué pequeñez descubrimos!
¿O no? ¿O nos quedaremos igual de “subidos”?
Señor, ¡te necesitamos!
Y esto es un fruto de esta situación:
¡sentir con más fuerza, ¿con más verdad?,
que te necesitamos!
En estos momentos para salir de aquí,
y en los sucesivos, para ser nuevos.
¡Sácanos de esto, Dios y Salvador nuestro!
¡Sácanos gente nueva!
Que sepamos dejar enterrado nuestro orgullo,
nuestra insolidaridad,
nuestro actuar dominador del mundo,
nuestro uso del poder, de la autoridad –en cualquier medida-,
como crecimiento propio a costa de someter al otro.
¡Que salgamos de esta, Señor,
con corazón más fraterno y mirada más amplia!
¡Que el mundo crea en ti!
¡Que el mundo te descubra en los hermanos!
Que en los que ya “decimos”
descubrirte y creer, eso se haga realidad,
se haga VERDAD y COMPROMISO.
Amén

¿SEREMOS CONSECUENTES?

No seremos conscientes ni honestos
con nosotros, con la vida, con la sociedad…
ni con Dios –si creemos-,
si después de este terremoto provocado por un virus
-grande, dicen, pero dentro de sus “nano-dimensiones”,
no resurgimos personas nuevas,
sociedades nuevas,
comunidades –civiles o religiosas- nuevas,
iglesia nueva,
mundo nuevo…
No demostraremos ni tan siquiera inteligencia de seres humanos,
si, pasado el terremoto, intentamos recolocarnos,
recolocar cada faceta de nuestra vida,
en las mismas casillas,
con los mismos criterios y esquemas,
con iguales valoraciones,
en el mismo escalafón…
que antes de que todo se resquebrajase,
que antes de que tuviéramos que buscar refugio…
¿¡O será más exacto decir…
volver al lugar del refugio humano:
a la casa, al hogar!?
¿No resulta esto una buena metáfora?
¡Volver al hogar… como volver al seno materno!
¡Cuánto se ha quedado fuera
que no se puede guardar en la despensa casera!
¡No tiene sitio en ella!
Somos refugiados confinados por mandato,
que no por elección,
y aquí estamos, en un lugar físico,
entre las cuatro paredes de nuestra propia casa,
como “nuevo” lugar desde el que proyectarnos
-hacernos “proyecto nuevo”-,
reprogramarnos…
en nuestra propia “casa-seno materno”,
nuestro centro de operaciones…
¿Y no vemos esta situación como oportunidad?
¿Que de qué?
¡De lo que le dejemos ser!
¿No nos está expandiendo la mirada más allá de nuestras cortas distancias,
como mínimo hasta el vecino de enfrente…?
¡Sí! ¡Oportunidad!
¿Por qué no de mirar más arriba y desde esa mirada contemplar lo de más abajo?
¿O por qué no, de mirar lo de abajo y, desde ahí, levantar hacia arriba la mirada?
¿O, quizá, mirar más adentro, y, desde ahí, guardar en mi mirada lo de fuera,
y entrar con ello dentro?
Vuelta forzosa al hogar físico.
¡Vuelta consciente y libre al hogar-seno materno!
Y me va resonando en todo esto la conversación entre Jesús y Nicodemo (Juan 3, 1-21)
Sí… aquello del ¡“nuevo nacimiento”!
Volver a ese terreno fecundo, y que mueran en él tantas cosas de nosotros
como el grano de trigo en el surco,
y luego resurgir criaturas nuevas, levadura fresca y sal graciosa…
pequeña llama, granito de mostaza…
¡Va a ser verdad que lo pequeño encierra la mayor fuerza!
¡Un bichito de nada ha trastocado todos nuestros cimientos!
¿Nos llevará a fiarnos más de la palabra del Maestro,
a creerle en aquello que decía de lo pequeño:
del grano de mostaza, de la sal, la levadura…?
Y cuando volvamos a la normalidad…
-Perdón, ¿qué será eso?-
Mejor: cuando nos den permiso para abrir la puerta y salir,
-más que de las cuatro paredes, del hogar seno materno-
hacerlo convencidos de que, con toda la fuerza del Espíritu,
podemos ser fermento y sabor en la masa,
grano de trigo o mostaza,
que germine en pueblos de hombres y mujeres nuevos.
Si nos dejamos cambiar, ¡¡PODREMOS!!

Nieves Peñas Basterra

Imagen: Greg Janneau, Unsplash

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