«Ojos para ver, oídos para oír»

Desde allí se dirigió al lago de Galilea, subió a un monte y se sentó. Acudió una gran multitud que traía cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos enfermos. Los colocaban a sus pies y él los sanaba. La gente quedaba admirada al ver que los mudos hablaban, los cojos caminaban, los lisiados quedaban sanados y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel. Jesús llamó a los discípulos y les dijo: —Me compadezco de esta gente, porque llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino. Le dijeron los discípulos: —¿Dónde podríamos, en un lugar tan despoblado como éste, conseguir suficiente pan para toda esta gente? Jesús les preguntó: —¿Cuántos panes tenéis? Ellos le contestaron: —Siete y algunos pescaditos. Él ordenó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los pescados, dio gracias, partió el pan y se lo dio a los discípulos; éstos se los dieron a la multitud. Comieron todos hasta quedar satisfechos; y con los restos llenaron siete cestos. Los que habían comido eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños. Luego despidió a la multitud, subió a la barca y se dirigió al territorio de Magadán. Mt 15, 29-39

En esta entrada comentamos dos textos juntos: uno es el de la segunda multiplicación de panes, con el que culmina una perícopa, la de los vv.  29-31 en la que Mateo vuelve a presentarnos la inmensa compasión de Jesús por todo tipo de enfermos y enfermedades: cojos, ciegos, sordos, mancos y otros muchos enfermos… y Jesús los curaba… y se pusieron a alabar al Dios de Israel, y después la ceguera de los discípulos ante este hecho inaudito. Copio el texto a continuación. Después viene el comentario de ambos textos, como otras veces…

Al atravesar a la otra orilla, los discípulos se olvidaron de llevar pan.  Jesús les dijo: —¡Atención! Absteneos de la levadura de los fariseos y saduceos! Ellos comentaban: Se refiere a que no hemos traído pan.  Cayendo en cuenta, Jesús les dijo: —¿Qué andáis comentando, hombres de poca fe? ¿Qué no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil y cuántos cestos sobraron? ¿O de los siete panes para los cuatro mil y cuántas cestas sobraron? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? ¡Absteneos de la levadura de los fariseos y saduceos!  Entonces entendieron que no hablaba de abstenerse de la levadura del pan, sino de la enseñanza de los fariseos y saduceos. Mt 16, 32-33

 

Esta curación de Jesús viene, podemos decir, a restablecer la salud necesaria, desde la cual alabamos a Dios porque nos ha devuelto aquello que nos devuelve a una vida no precaria. Pero el que después de esta perícopa que se refiere a lo necesario (la salud simboliza todo eso que necesitamos para vivir), viene otra en que se nos describe una nueva multiplicación de panes, que aunque es de lo necesario (comer es necesario), se relata como sobreabundante: primero, porque esos que estaban con él podrían procurarse de comer, y luego, porque la cantidad que se describe es muy grande –Los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños-. No se nos está hablando solamente de necesidad, sino de abundancia. Y se nos presenta a Jesús como el que viene a cubrir nuestra necesidad y a colmarnos con su plenitud.

Y esta maravilla que sucede contrasta con nuestra ceguera tantas veces, que vamos a ver al asociar estos versículos con los que aparecen en Mt 16, 5-12: Para entender esta reconvención de Jesús, empecemos por centrar el tema. El contexto es, como hemos dicho, la segunda multiplicación de panes narrada por Mateo. La multiplicación de panes es el único milagro recogido por los cuatro evangelistas, lo que nos da la medida del impacto que tuvo en la gente, tanto por su significado (es signo de los tiempos mesiánicos que están por llegar, lo que señalaba a Jesús como el Mesías), como por lo extraordinario de ser bendecidos con esta prodigalidad y la intuición de la vida que se abriría desde aquí (espiritual, existencial, físico y psicológico).

¿Qué significa esto a nivel humano natural? Que ha sucedido algo enorme, algo que les ha abierto a la intuición de que Dios es otra cosa, de que la vida es otra cosa, y cuando eso sucede en nuestra vida, aunque suceda otra vez, el que sea sabio, o quien quiera llegar a serlo, deberíamos ser capaces de ver en ello lo enorme que se nos está diciendo. Esas “casualidades” que incluso tú, en el momento en que suceden, llamas bendición; esas “iluminaciones” que, como un rayo, destellan en tu vida, te traen algo de Dios, o de la vida, o de otra persona o de todos los humanos en general, o de ti misma, tan grande que te obliga a resituar lo que veías. Un relámpago en la noche oscura que nos dice que lo que nos rodea no es tal como nosotros creíamos verlo…

Además, en Marcos se nos dice que esto enorme, extraordinario, no ha sucedido una vez, sino dos veces. Y las dos veces ha tenido una forma extraordinaria que nosotros hemos podido ver y contar: ¿cuántas cestas de sobras…?

Y sin embargo los discípulos, a pesar de que han visto esa sobreabundancia de pan que brota del poder de Jesús, siguen sujetos a su mirada limitada: sus ojos han visto lo que Jesús ha hecho, sus oídos han escuchado la admiración de la gente, su mente ha tenido la oportunidad de abrirse a este hecho tan extraordinario… pero es como si no hubiera pasado nada. Han vivido esta experiencia dos veces, y es como si sus ojos no hubieran visto, sus oídos no hubieran escuchado, su mente no hubiera comprendido.

La realidad nos hace de espejo: nosotros también tenemos experiencia de cosas maravillosas, o desconcertantes, de experiencias que nos abren el corazón… pero no atendemos a ellas, y seguimos nuestra existencia achatada, la existencia que nos aportan nuestros ojos, oídos y mente naturales. A pesar de haber sido deslumbrados por la realidad según Jesús, por la realidad magnífica que él crea, recrea, transforma, seguimos atados a lo nuestro.

Jesús nos advierte aquí que el camino es usar los ojos para ver y los oídos para oír, y que una mente que no se abre a lo extraordinario está embotada. Y reconocemos también que la realidad nos está dando constantemente estos avisos. Cuando alguien nos dice: pero con esto tan bueno que te ha pasado, ¿cómo no estás alegre?; o ves que hay otros que viven agradecidos y tú “sabes” que tienes razones para el agradecimiento, pero sólo vives fijándote en lo que te falta, en lo que aún no…; o dices, o piensas, que Dios a ti te quiere menos porque no te pone las cosas fáciles en esto o no te concede o te libra de aquello otro… Seguramente, Jesús nos está diciendo, como a ellos… ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis acaso la mente embotada? Tenéis ojos, ¿y no veis?; tenéis oídos, ¿y no oís? ¿No os acordáis? Cuando… cuando… ¿Todavía no comprendéis?

Una manera de aprender a leer nuestra vida es esta de dejarnos interpelar por los demás, o por la realidad: por lo que otros me dicen o me reprochan, por mi estar contento o triste o desorientada o desesperanzada… esto dice, mejor que muchos discursos, desde dónde estoy mirando la realidad. Los ojos que ven, los oídos que oyen, la mente que comprende… es la humanidad según Jesús, que puede reconocer a Dios y confiar en lo que Él hace en medio de todo.

Imagen: Tina Dawson, Unsplash

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