1ª lectura: Éxodo 17, 3-7
Salmo 94, 1-2. 6-7c. 7d-9
2ª lectura: Romanos 5, 1-2. 5-8
Evangelio: Juan 4, 5-42
Escuchaba esta pregunta sobre todo en la catequesis, donde los muchachos (al menos antes, ahora hay pocos y yo no sé si son críticos o no), cuando dices que “Todo nos viene de Dios”, te preguntaban: “Pero algo habrá que venga de nosotros, ¿no?”. Y explicabas, aunque no se quedaban muy convencidos, lo que es bastante normal para su edad.
Si lo llego a saber, les muestro los textos de este domingo.
Fíjate. En la primera lectura hemos escuchado la queja del pueblo, tan común, con la que nosotros nos quejamos a Dios. Moisés no sabe qué hacer, lo que nos confirma en que nosotros no podemos. Pero Moisés se vuelve al Señor con su temor, y el Señor le da una palabra: Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. La Palabra nos muestra que, en todo aquello que no podemos, se nos da la ocasión de que nosotros no podemos. Y eso hace que nos volvamos al Señor, que realiza sus obras maravillosas, y así sucede. Le ha dicho también que se lleve a los ancianos. Puede ser para llevar de testigos a los que tienen más experiencia del pueblo, puede ser para que algunos del pueblo, los que conocen mejor su fragilidad, representen esa confianza a la que el pueblo tiene que abrirse.
El milagro sucede, y brota agua de la roca, para que conozcan el poder de Yahveh, para que tengan experiencia de que Dios cuida a su pueblo. Y llama a esta fuente Masá y Meribá para que puedan hacer presente, cada vez que vayan a beber, la misericordia del Señor y la dureza de su corazón, que como la piedra, desconfía: Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor. Como ha hecho con la piedra, así el Señor puede cambiar nuestros corazones.
El salmo nos recuerda, para siempre, que la Roca es el Señor. Una Roca cuya fuerza actúa en nuestro favor y que requiere de nosotros una respuesta agradecida, una respuesta de alabanza, una respuesta como pueblo que no olvida sus dones. Así, lo que sucedió en Masá y Meribá actuará en nosotros como signo de la salvación del Señor que nos lleva siempre a confiar, pues sabemos de la fidelidad del Señor que se manifiesta de tantos modos.
El evangelio nos lleva, como siempre, más allá. Jesús no habla a la samaritana, en su dureza de corazón, del agua física que ella le está negando, sino de un agua que sacia para siempre: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Jesús de Nazaret, el Dios de las promesas hecho hombre, promete a la mujer un agua que ya no es meramente física, que sacia la sed temporalmente y a la que hemos de volver una y otra vez (y que viene de Dios), sino que promete a la mujer un manantial en su interior, que mana para siempre y que te conecta con la vida de Dios, que es Fuente fecunda y mana para siempre: ¿Cómo podríamos hacer esto por nosotros mismos? En el gozo de la samaritana al encuentro con Jesús (Yo soy, el que está hablando contigo), reconocemos esta vida que tiene otra Fuente. La que lleva a la mujer a dejar su cántaro que solo vale para el agua física, que sabe que Dios le dará, y empieza a vivir, con su vida transformada, nueva, anunciando a Jesús, la Buena Noticia de Dios: Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?
Pablo proclama que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado y que, ahora, por la entrega de Jesús en la Cruz, hemos recibido el Espíritu Santo, la Fuente misma, que mana en nuestro interior.
¿Qué otra cosa haremos que dejarnos conducir por Dios?
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Lindsay Cotter, Unsplash

Un día como hoy que me vuelve a aparecer otra sed ruidosa (sed a estar informado a cada rato ante lo que está sucediendo), pido al Señor escucharle a Él, lo primero de todo. Tener sed de Él. Gracias, Teresa.
Muchas gracias, Jon, por distinguir para nosotros entre la sed que da vida y la que nos ahoga. Muchísimas gracias.
Gracias.
Hoy, despues de mucho tiempo, he vuelto a leerte.
LA PALABRA y tus palabras era lo que necesito oir hoy.
A veces nos engañamos queriendo apagar nuestra sed con lo primero que aparece. Interponemos nuestros modos en lugar de confiar en Dios. No somos capaces de sentir el Amor de Dios en nuestro día a día y eso hace que nuestra sed nunca nos calme. Que el agua que el Señor nos ofrece nos ayude a calmar nuestra sed con su Amor y a permanecer agarrado de ese Amor que El nos da para confiar…
Al leerte me venía la importancia de algo que ya has comentado en otras ocasiones y que es: Estar conectados con nuestro cuerpo y aprender su lenguaje. Si nos quedamos en la mente difícilmente podremos advertir esto de que “Pronto notarás, en lo profundo de ti (quizá en superficie sigas sintiendo inquietud) que la vida empieza a saber a vida”
Feliz domingo
Y ese sabor a vida es otro modo de estar en la vida, ¿verdad, Chemi? ¡Gracias por compartir tu experiencia, nos ayuda a todos!