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Con María, hacia Pentecostés (III)

Tendría que deciros muchas más cosas, pero no podríais entenderlas todavía. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os iluminará para que podáis entender la verdad completa. El no hablará por su cuenta, sino que dirá únicamente lo que ha oído, y os anunciará las cosas venideras. El me glorificará, porque todo lo que os dé a conocer, lo recibirá de mí. Todo lo que tiene el Padre, es mío también; por eso os he dicho que todo lo que el Espíritu os dé a conocer, lo recibirá de mí. Jn 16, 12-15

(habla Myriam de Nazaret)

A continuación… sé que no son estas las formas de decirlo, pero es que no hay en nuestra lengua ni en ninguna lengua de nuestro mundo palabras ni imágenes que puedan expresar lo que estaba sucediendo, ni el poder que se manifestaba en lo que sucedía. Así que te diré, y sigo hablando a nuestro modo, ¡al Espíritu no le llevó apenas un minuto transformarnos como digo! A continuación, decía, nuestro espíritu liberado y por decir, despojado de lo que no es esencial – pues lo esencial es la imagen de Yeshua en cada uno, la semejanza con él que cada uno de nosotros está llamado a reflejar- y por eso, libre, vacío  fue colmado con el mismo Espíritu de Dios, el Espíritu mismo que movía a Yeshua en todo lo que ha sido al vivir entre nosotros Todos quedamos habitados por Dios, por su fuego, su fuego ardiente, y así liberados de toda otra ocupación y de todo otro deseo que no fuera el de anunciar a Yeshua a todas las gentes, a todo Jerusalén. Ya había llegado la hora, y se hacía evidente de modo clamoroso: tan llenos estábamos todos del Espíritu Santo, que no nos salía más que amor. Amor de unos hacia otros, de todos hacia todos y ante todo hacia Dios, y amor a todos aquellos hermanos que, como empezamos a decir entonces, estaban ahí fuera y había que traer al interior, a este hogar que había servido para acoger a Dios y que simbolizaba extrañamente nuestro interior transformado y hecho capaz de acoger al mismo Espíritu. Nos abrazábamos unos a otros, dichosos como dice el Salmo: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares (Sal 125, 2), con un abrazo que sabía nuevo: el abrazo materializaba la comunión espiritual, interior, plena, que todos experimentábamos ahora, esa en la que nos había sellado el Espíritu de Dios al pasar entre nosotros.

Y si bien es imposible describir lo que pasaba por nosotros en esta experiencia, hay algo que todos percibíamos con claridad, y es que estábamos unidos en el mismo Espíritu, pues a todos nos había reunido. No fue una experiencia primeramente particular, aunque era más personal que ninguna. Ante todo, era comunitaria, como si la unión que sentíamos quisiera alcanzar a toda la creación.

Todos los discípulos estaban llenos de una dicha que parecía iluminar su vida desde el interior. Sus rostros de antes, conocidos y tan amados, parecían ahora transfigurados: el mismo Espíritu, al habitar a cada uno, le hacía brillar con su luz más propia, con su verdadera luz. En todos los que estábamos allí, la presencia del Espíritu en cada uno, una vez retiradas las brumas que impiden manifestarlo, hizo que todo nuestro ser manifestara su propia y peculiar transparencia de Espíritu, de modo que en cada cual se manifestaba la propia belleza: el fuego de María era ahora fuego de Dios, y la dulzura de Juana era suavidad preñada de Espíritu; y lo mismo pasaba con la firmeza humilde de Pedro, la lealtad de Santiago Zebedeo, el estupor deslumbrado de Felipe… cada uno de ellos reflejaba su luz propia, y esa su luz propia, la más suya, no era suya, sino que era un reflejo del rostro de Yeshua, a quien veía, ahora con claridad, al mirar a cada uno. Alguna vez, anteriormente, había entrevisto destellos del rostro de mi Hijo en ellos en alguna ocasión, después de la resurrección. Ahora se hacía claro a mis ojos el rostro de Yeshua en cada uno, y por él, el amor del Padre que así los había llamado a la vida.

Enseguida, los abrazos nos llevaron a querer abrazar a otros, a todos los que estaban “ahí fuera”, a todos aquellos que estaban en Jerusalén y a los que había que anunciarles la buena noticia de Dios. Recordé en este momento una expresión que mi corazón guardaba desde aquella multiplicación de los panes, “nada se pierde”: inmediatamente, el deseo de hablar de Yeshua -hasta ahora retenido por el miedo y la desorientación, el aturdimiento tras la marcha de Yeshua, rescoldado por la oración y la presencia de los hermanos, por la espera del Espíritu prometido-, restallaba con fuerza imparable. Casi sin hablar, como un nuevo huracán que hacía visible la potencia amorosa que había invadido a cada uno, salimos todos a la calle, sin miedo y sin trabas, a anunciar las maravillas de Dios, la salvación que había venido al mundo en Yeshua. Cada uno fue a una esquina de la ciudad, pero estábamos todos juntos. Las gentes que nos escuchaban nos percibían como uno solo, porque todos hacíamos lo mismo: hablar de las maravillas de Dios. Ellos se maravillaban porque cada uno nos escuchaba hablar en su propia lengua, aunque eran muchos y hablaban diferentes idiomas. Yo me maravillaba porque todos, con nuestro rostro personal y los idiomas que cada uno podía entender, estábamos unidos por el mismo Espíritu, y a todos se nos ofrecía la comunión en el Espíritu de Dios, que nos unía en la alabanza de Dios. No es que todos acogieran sin dudar lo que les anunciábamos, pero muchos sí lo hicieron, y por unos días, Jerusalén se convirtió en un lugar donde, si no todos alababan a Dios, muchos más lo hicieron, hombres y mujeres, como nunca antes lo habían hecho. La promesa empezaba a realizarse, ya de modo visible, entre nosotros.

Al día siguiente, Pedro pronunció un discurso en el que también rezumaba la presencia del Espíritu que le conduciría en adelante. En su discurso enseñó y explicó lo que había sucedido, la verdad sobre Yeshua que es la verdad sobre el mundo, proclamando la victoria de Yahvé y denunciando el pecado de los que le habían llevado a la muerte. Ese día se convirtieron unos cinco mil, y la vida no ha dejado de crecer. Una vida nueva que estaba troquelada sobre la vida de Yeshua, fundamentada en su muerte y en su resurrección y era, así, una vida en la cual, la voluntad de Dios sobre Israel y sobre toda la tierra empezaba a realizarse, en Israel y en toda la tierra, por medio de Yeshua, a quien el Espíritu haría presente cada día, hasta que todos fuéramos fuego y espíritu, unidos a Dios para siempre.

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