Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a
Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 16-17
Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58
No sé si lo sabes, pero el Antiguo Testamento está enteramente orientado a Cristo, que había de venir. En realidad, toda la creación está orientada a Cristo, por quien y para quien fueron creadas todas las cosas, que subsisten en él (cf. Col 1, 16-17). Te iba a decir “no sé si te haces idea de esto”, pero… no, no hay manera de hacerse idea de esto. Cristo, en su Cuerpo, en su Sangre, en su Divinidad, es el Centro de todo, de Quien todo parte, en Quien todo converge. No, no hay modo de hacerse idea de esto, pero ojalá que nuestro corazón se abra a creer, a adorar esta realidad que es el Centro de todo, tanto si lo vemos como si no lo vemos.
Otra realidad que aparece en el Antiguo Testamento es la que los estudiosos de la Biblia llaman figura. Con la palabra figura se refieren a aquellas realidades que se han dado en el Antiguo Testamento y podemos entender como anticipación, como preparación de lo que vendría a suceder en el Nuevo Testamento.
Así, lo que Moisés explica al pueblo, en la primera lectura del Deuteronomio, acerca del maná, aquella aflicción primera y el pan recibido de Dios en su caminar por el desierto, es figura de Cristo, que será, en medio de los desiertos y aflicciones de la vida, nuestro verdadero alimento, el que nos hace ser en Cristo, asemejándonos a Él, de quien nos viene la salvación. Es por eso que en el evangelio Jesús nos insiste con tanta rotundidad en esta condición absoluta de la vida cristiana: Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Aquí vemos cómo ese alimento que recibieron los israelitas, que los alimentó en el desierto pero no nos libró de la muerte estaba prefigurando este alimento inaudito por el que la comunión con Cristo, profundamente espiritual a la vez que carnal, nos trae la vida en Cristo. Así, la comunión en Cristo se convierte en el centro de la vida.
Esto es lo que celebramos en este día del Corpus Christi, del Cuerpo de Cristo. Celebramos que el Cuerpo de Cristo ha transformado enteramente la realidad, porque por él nos llega la vida (aquí hablamos de fe y no de nuestra lógica, no lo olvides), y desde Él quedamos todas, todos, reunidos en él: Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan. Pablo nos habla, en la segunda lectura, de lo que solo ve la fe (y por la fe se nos revela enteramente verdadero): Porque Cristo se ha hecho uno de nosotros y se ha entregado a la muerte por todos, al comer su Cuerpo y beber su Sangre somos hechos uno en él. De aquí parte todo lo que la fe ve de la unión con Cristo, de la fraternidad, de la comunión.
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Imagen: Kate Remmer, Unsplash
