El que hace la voluntad de mi Padre

No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: – ¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?

Pero yo les responderé: –No os conozco de nada. ¡Apartaos de mí, malvados!

Volvemos al tema de los falsos profetas de la semana pasada. Pero esta vez Jesús no nos habla a nosotros sobre ellos, sino que les habla a ellos y nos deja escuchar a nosotros, para que aprendamos. Y a ellos, para que aprendan.

¿Recuerdas que hablábamos de los frutos, verdad? Y decíamos que los frutos tienen que ser buenos, y que para reconocer un fruto bueno tiene que tener sabor a evangelio, sabor a Jesús.

Aunque tengamos claro esto, podemos confundirnos. Y nos podemos confundir porque nosotros nos quedamos prendidos en lo que nosotros llamamos frutos buenos… y puede que para Dios no lo sean. Es más: puede que el propio profeta crea, porque ve los frutos que da, que Dios está contento con él… y no. Para Dios es un malvado.

Así que, puede que haya personas que dicen mucho ¡Señor, Señor!, y que desagradan profundamente a Dios. Puede que incluso profeticen en su nombre, expulsen demonios en su nombre y hagan en su nombre muchos milagros… y que Dios no los conozca de nada.

Esto es muy misterioso para nosotros, y requiere que aprendamos a discernir. Por eso, y por la advertencia repetida sobre los falsos profetas, vamos a aprender de Jesús acerca del verdadero discernimiento.

Nosotros tendemos a asociar ciertas palabras y ciertas obras a la presencia de Dios en la persona. Y Jesús nos advierte: cuando veáis eso, no deis por supuesto que yo estoy ahí. No es ese -ni el criterio de las palabras ni el de las obras son, en sí, prueba de frutos buenos-, el signo de que yo estoy presente en la persona. El signo de que yo estoy presente en una persona, nos dice Jesús, no son las palabras ni las obras de poder -esas que nosotros asociamos a Dios, lo que nos indica que no es este el modo como hemos de buscar a Dios, porque ahí no está, o puede que no esté-. El signo para reconocer que Dios está con alguien es, de nuevo, el mismo que se da en Jesús: el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Por lo tanto… No son las palabras, por mucho que enciendan o conduzcan nuestra fe; ni las obras, aunque tengan formas de obras de poder -profetizar, expulsar demonios, milagros-, las que indican que Dios está ahí. Es posible que no sea Dios el que está actuando en estas personas. Es posible que estas personas que sin duda aparecen como espirituales porque invocan a Dios, hablan de él y realizan en su nombre signos de poder, sean auténticos desconocidos para Dios (y hay que ver el enfado que esto le produce, en el contexto de juicio en que se relata esta escena: ¡Apartaos de mí, malvados!). Y más que desconocidos, falsarios y mentirosos que se hacen pasar por gente de Dios cuando sirven al mal espíritu. Se nos ilumina también aquí la dureza con que Jesús valora esta hipocresía. A veces nos fijamos en la misericordia, la paciencia y la entrega de Jesús, porque son las actitudes que más le definen. Pero no cerremos los ojos a que hay cosas que a Dios le parecen muy mal.

El criterio que te permite discernir quién es de Dios y quién no lo es: el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Ahora puedes preguntarte, en primer lugar sobre tu vida, si haces la voluntad de tu Padre que está en los cielos. Cuando te descubres anteponiendo tu voluntad; cuando te justificas para no hacer lo que Dios quiere; cuando juzgas, a pesar de que Jesús nos ha dicho que no juzguemos; cuando nos cansamos de pedir, renegamos de seguir buscando y desconfiamos de llamar a Dios una y otra vez, en nombre propio o en el nombre de nuestros hermanos, no estamos haciendo la voluntad de Dios. Cuando escogemos la puerta ancha a pesar de que Jesús nos ha insistido en que el camino es la puerta estrecha, no hacemos la voluntad de Dios. Cuando seguimos a cualquier profeta, no porque nos lleve a Dios sino porque nos resulta más grato; o cuando nosotros mismos nos disfrazamos de profetas, adornándonos con los dones de Dios, no estamos haciendo la voluntad de Dios…

Este es el criterio: hacer la voluntad del Padre, hacer aquello que Jesús nos ha enseñado; orientarse en la vida según lo que Jesús nos muestra, según lo que él es. Por aquí se abre, paradójicamente, la vida: no haciendo lo tuyo o lo de los que son como tú, sino siguiendo a Jesús, que nos ha mostrado la verdadera manera de vivir como hombres y mujeres abiertos al Padre que está en los cielos. Un modo que tiene que ver con las palabras y con las obras.

Imagen: Emre Gencer, Unsplash

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