Por sus frutos los conoceréis

Tened cuidado con los falsos profetas; vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas? Del mismo modo, todo árbol bueno da frutos buenos, mientras que el árbol malo da frutos malos. No puede un árbol bueno dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego. Así que por sus frutos los conoceréis.

Otra enseñanza de Jesús imprescindible para la vida. En este caso, se refiere al mirar. A un mirar penetrante, lúcido, que va más allá de lo que se ve… el que Jesús nos muestra como necesario.

Vamos a empezar, como siempre que escuchamos a Jesús, por atender muy bien a lo que nos dice. Y después veremos de qué modo ilumina esta enseñanza nuestra vida, sabiendo que lo que viene de Jesús es lo que verdaderamente necesitamos para vivir (y si esto no lo tienes claro, detente y responde a esta pregunta: si no reconoces a Jesús como quien es, ¿cuál será tu escucha y tu disposición a secundar sus palabras?).

Vamos, pues, a escuchar a Jesús como al Maestro que ha avalado con su vida lo que nos dice; como al Señor que ha vencido a la muerte para darnos vida, y vamos a recibir estas palabras que nos dirige hoy como lo que son: verdadera vida que lleva a la Vida.

Como muchas otras veces, los ejemplos de la naturaleza iluminan los de nuestra vida. Eso nos ayuda a ver la correlación -que a veces será continuidad y otras, discontinuidad-, entre la naturaleza y la vida.

Empecemos por lo que sabemos: no se recogen uvas de los espinos, ni higos de las zarzas. Y es necio esperarlos. Esto está claro, ¿no?

Demos un paso más. Dentro de los árboles que dan fruto, los hay que dan frutos buenos, los hay que dan frutos malos. Y también está claro: el árbol bueno se conoce por los frutos, que son buenos; llamamos malo al árbol cuyos frutos son malos. Aunque dé frutos, si son malos, el árbol se corta y se echa al fuego.

Hasta aquí, todo claro. Ahora pasamos del ejemplo vegetal al ejemplo humano. La correlación que hace Jesús ya nos muestra que hay un término común entre ambos, sin el cual no podríamos comparar. El término común es fruto: los árboles, como las personas, tienen que dar frutos buenos. Si no, no valen para nada.

La advertencia de Jesús es sobre los falsos profetas. Dice de ellos que vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Y Jesús, que quiere que vivamos en la verdad, nos da indicaciones para reconocer a esos lobos rapaces, incluso si se presentan como mansas ovejas. De nuevo, el que Jesús quiera advertir a los discípulos -de entonces y a los que le seguimos hoy- de esta realidad que son los falsos profetas significa que los falsos profetas están entre nosotros y que solemos confundirnos. Así que no vayamos a pensar que sabemos distinguirlos y nos confiemos -cuántas veces nos fiamos de nuestro criterio para comprobar, demasiado tarde, que no fue acertado-, padeciendo el engaño o el abuso de estos falsos profetas.

Si Jesús nos lo dice, decimos, es porque nos solemos equivocar y él no quiere que nos equivoquemos -podríamos perder el tiempo, y a veces, la vida-. Y también nos lo dice porque seguramente hay bastantes de estos falsos profetas entre nosotros. El mundo religioso es un mundo en el que, porque lo que más importa tiene que ver con lo invisible, cabe equivocarse en la percepción. Todos sabemos lo doloroso que esto es, más cuando hablamos de personas que se presentan en nombre de Dios.

¿Cuál es ese criterio? Uno muy realista, la verdad. Y muy claro. Para que nos quede bien claro, Jesús lo repite dos veces, algo que no suele hacer: por sus frutos los conoceréis. Después de todo lo que nos ha explicado de los frutos, ya sabemos. El árbol bueno es el que da frutos buenos. No dice nada de si da un montón de frutos o solo unos poquitos. No dice nada de lo demás que hace, solo esto: se sabe si un árbol es bueno si da frutos buenos.

¿Y cuáles son “buenos frutos”, hablando de un profeta? Que lo que dice, lo que hace, lo que vive, tenga sabor a Jesús. Tenga olor a oveja, como dice el Papa. Que su vida y sus palabras tengan sabor a evangelio.

Si un profeta -aunque hable muy bien, aunque tenga una sonrisa preciosa o le siga mucha gente-, no sabe a evangelio, deja de escucharlo. Busca el evangelio, quizá en ese otro profeta achaparrado, un poco feroz y huraño, pero cuya vida y cuyas palabras saben a evangelio. Al otro, déjalo. No lo eches al fuego… aunque igual sí tienes que denunciar que no sabe a evangelio. Que Dios haga con él/ella lo que tenga que hacer.

Imagen: Tina Guina, Unsplash

2 comentarios en “Por sus frutos los conoceréis”

  1. Con frecuencia me he preguntado si mis acciones son buenas o no. Y siempre pienso que son buenas. Soy muy hábil «para auto-justificar» mis actos, jeje… Pero una vez pregunté a mi profesor de moral, en clase y me dio una pauta que me ha acompañado siempre. Si tus acciones generan «fe, esperanza o caridad» son buenas. Aunque sean acciones que puedan considerarse reaccionarias o poco ortodoxas (¡no vayamos a pensar mal!) Y debo decir que ese criterio me ha servido y dado paz. A veces, en el acompañamiento de las personas, debes ir con sumo cuidado a la hora de hacer juicios de valor, de dar una opinión o de crear un precedente.
    Ojalá seamos capaces de que todas las acciones que de ahora en adelante realicemos, generen en nuestro entorno, fe, esperanza y caridad.

    1. Muchas gracias por tu comentario, Tomeu. Es un buen criterio. Y a la vez, ¡tan enorme! Es muy bueno desear que nuestras acciones generen «fe, esperanza y caridad». Creo que, como dices, el criterio sirve y da paz. Pero, ¿cuándo? porque ni siquiera las acciones de Jesús generaban eso, tantas veces… Por eso, me parece que como criterio para orientar la acción es muy bueno,pero nos hace muy humildes, porque este modo de orientarse es, de verdad, enorme…

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