Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13
Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23
Hoy celebramos al Espíritu Santo. Por desgracia -y es una gran desgracia-, sabemos muy poco de él. Lo primero que tendríamos que hacer, por tanto, es conocerlo más, y para ello hace falta que se lo pidamos al mismo Espíritu de Dios que nos inspira, que nos mueve, que está en nosotros constantemente, que está en el mundo y actúa en la realidad llevándolo todo hacia el Bien, hacia la Vida, según la semejanza de Cristo para la que todas las cosas, y especialmente los seres humanos, hemos sido creados.
Como lo primero que necesitamos es conocer al Espíritu, y eso solo puede darse por la acción del mismo Espíritu, se lo pedimos, como hemos dicho. Si pedimos con fe y constancia, el mismo Espíritu responderá a nuestra súplica de modos tan creativos como solo el Amor de Dios que el Espíritu es suscita en nuestro espíritu.
En primer lugar, puede respondernos por su Palabra. Aquí tenemos tres textos de la Escritura que nos permitirán, si los leemos con fe y los guardamos en el corazón que el Espíritu mismo nos muestre cómo leerlos, que empecemos a arder con el fuego del Espíritu que arde en ellos. Las palabras del Espíritu de Dios son espíritu y vida.
La antífona de entrada, del libro de la Sabiduría (Sab 1,7), nos dice una palabra grande y luminosa acerca de él: El Espíritu del Señor llenó la tierra y todo lo abarca,
y conoce cada sonido.
Luego escuchamos, en la primera lectura, el relato de Pentecostés, que nos presenta al Espíritu como viento y como fuego, capaz de transformar nuestro encerramiento angustiado en apertura llena de alabanza, en anuncio y envío, el envío y el anuncio al que Jesús nos había enviado, y que solo es posible por el Espíritu Santo.
El salmo nos exhorta a la alabanza de Dios por todo lo que hace. Y todo lo que hace lo realiza por medio de su Espíritu.
El texto de Pablo que hemos proclamado en la segunda lectura nos enseña cómo esa inmensidad de dones con que hemos sido enriquecidos proceden del mismo y único Espíritu, y que todos son para beneficio del bien común. Cómo se nos ensancha la mirada cuando podemos ver como viniendo de Dios los dones que hemos recibido, y celebrarnos unos a otros, alabando juntas y juntos al Espíritu Santo del que todos proceden.
La secuencia nos va describiendo, paso a paso, algunas de las acciones que el Espíritu realiza en nuestro favor y por las que somos llevados a alabarlo y a dejarnos conducir en todo por él, ya que es por el Espíritu por quien podemos ser sanados y salvados.
El evangelio nos cuenta cómo es Jesús quien, después de la resurrección, nos entrega al mismo Espíritu que lo ha conducido plenamente a lo largo de su vida, y ahora, al recibirlo, realizamos la semejanza con Jesús porque el Espíritu nos conduce.
Al comienzo te preguntaba si conoces al Espíritu. En un sentido, no podremos nunca conocerlo porque nos desborda absolutamente. En otro sentido, podemos irlo conociendo en la medida en que él mismo se nos revela para que lo conozcamos y podamos así contar con él para todo, pues solo por el Espíritu de Dios podemos llamar a Dios Padre, solo por él podemos conocer a Jesús como el Hijo de Dios, y solo por él podemos abrirnos a desear y a vivir en nuestra vida la vida de Dios.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Evelina Friman, Unsplash
