Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9
Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 18, 15-20
El título de la entrada de hoy, por si no lo reconoces, son las palabras que María dice a los servidores en las bodas de Caná (Jn 2, 5). A nosotros nos sirven, a medida que vamos descubriendo que lo que dice Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, para dejarnos guiar por sus palabras, cuando no vemos claro, o por atenernos a ellas directamente, cuando escuchamos lo que nos ha dicho.
Hoy se da uno de los casos que decimos, el segundo en concreto. Primero es el mismo Dios quien dice al profeta Ezequiel, y a todos nosotros a través de él, que cuando veamos que alguien está siendo una mala persona, hemos de decírselo. Y hemos de decírselo porque así lo sabe y puede cambiar de conducta. De tal manera pesa en la Biblia la responsabilidad que tenemos sobre nuestras hermanas y hermanos que lo que hagamos/no hagamos en relación a ellos pesa sobre nuestra vida. En nuestra cultura individualista en que nos sale tan rápido decir “que cada uno haga lo que quiera” nos desentendemos fácilmente de los demás, y ellos de nosotros. En realidad, incluso a nivel humano reconocemos que a veces nos hubiera venido bien que nos dijeran una palabra en algo que no veíamos, o nos lamentamos por lo que teníamos que haber dicho a otros y dejamos de decir. A esto se añade la fuerza con que Dios, que es Padre y su paternidad nos ha hecho hermanas y hermanos, nos llama a vivir. Como dice el salmo, tan precioso y tan verdadero: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, en vez de volver a hacer lo que en el pasado fue tan dañino para vosotros. La fraternidad no se refiere solo al presente, sino que nos une a nuestras hermanas y hermanos del pasado y del futuro, a todos los que Dios ha creado.
Como ya venimos diciendo varias veces, el Antiguo Testamento es figura del Nuevo. Así lo vemos también en este caso en que, ahondando en la advertencia hecha por Dios a Ezequiel, se nos insiste en la responsabilidad que tenemos sobre nuestros hermanos, que no se queda en el mero “decir” y basta, sino que la voluntad de salvar al hermano ha de ir más allá, a la reconvención ante testigos, o si es necesario, ante la comunidad. Sin duda, estamos hablando de cosas objetivas y graves, y no de cosas subjetivas o irrelevantes. Lo objetivo, lo grave, afecta a Dios y a la comunidad.
Jesús va más allá. Es preciso corregir al hermano que peca, como decía Yahvé a Ezequiel. Pero la comunión no se queda ahí, sino que también se refiere a obtener de Dios la vida para nuestros hermanos: os digo que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Esta fraternidad que se reúne en el nombre de Jesús se asemeja al propio Cristo, que ha vivido siempre vinculado al Padre y nos ha enseñado a vivir así.
De este modo vamos comprendiendo, como dice Pablo en la segunda lectura, que el amor es la plenitud de la ley.
De este modo, concretamos de qué modos la Palabra de Dios nos va enseñando a vivir desde la fe, que nos lleva a contar con Dios en aquello que no sabemos o que no podemos.
Jesús, el Amor de Dios hecho carne, es la plenitud de la ley.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Desmond Latham, Unsplash
