Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9
Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 1-2
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 21-27
La liturgia nos está ofreciendo en estas semanas ocasión de poner el foco en la misma Palabra de Dios que cada día nos dirige. Por ello, obedientes, entramos en diálogo con esta Palabra y la acogemos como el Camino, la Verdad y la Vida de nuestra vida.
La palabra de Jeremías que hemos escuchado en la primera lectura nos habla del fuego ardiente que la Palabra pronunciada por Dios en Jeremías es hasta el día de hoy. Palabra que le enardece y le violenta, palabra que lo saca de lo que desearía ser o decir y lo lleva a pronunciar únicamente las palabras que Dios le manda ser, y decir. Violencia amorosa, la de Jeremías, que a pesar de su sufrimiento, solo desea consentir a Dios, y que le obedezcan aquellos a quienes tiene que hablar en su nombre.
Este es uno de los modos como la Palabra de Dios se muestra imperiosa, y violenta la vida del profeta que quiere, a su vez, despertar al pueblo y no puede hacerlo por otros modos, porque el pueblo no quiere ver ni oír.
La sed de Dios que grita el salmo pronuncia el ardor de tantos y tantos creyentes en quienes, a lo largo de la historia, ha prendido el fuego del amor de Dios que solo cabe expresar así, como fuego ardiente que consume a la persona y concentra toda la vida.
El evangelio, que prolonga la revelación de Jesús como Mesías a través de la persona de Pedro, nos trae hoy la reacción de Pedro que, probablemente a causa del nombre recibido por Jesús (Y yo te digo que tú eres piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…), se ha apropiado del nombre y la misión recibidos, olvidando que es Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, quien produce en nosotros el querer y el obrar (cf. Flp 2,13). Olvidándose de quién ha pronunciado su nombre, olvidándose de que la misión recibida solo puede ser recibida y actuada por el mismo Dios, vemos a Pedro, queriéndose poner entre Jesús y el querer de Dios que Jesús acaba de anunciar a los discípulos. Jesús lo llamará Satanás, pues es Satanás quien se pone entre Dios y los suyos. Así de grave es nuestra apropiación de los dones, que nos lleva a ponernos por delante de Dios, pretendiendo usurpar su lugar.
No creas que esto solo lo hace Pedro. Si miras un poco verás que cada vez que opinamos “sobre” o “a pesar” o, más aún “contra” Dios, estamos pretendiendo ocupar su lugar, y Dios te lo mostrará a su tiempo, como Jesús acaba de hacer con Pedro. De primeras, nosotros podemos pensar algo así como “qué duro Jesús”, que indicará que aún no sabemos distinguir entre lo que importa y lo que no. Jesús es la verdad.
La palabra de Dios que nos llega a través de Pablo en la segunda lectura nos llama a consagrar toda nuestra vida al servicio de Dios. Para ello, nuestra vida entera ha de entregarse como ofrenda agradable a Dios. Y de nuevo… nosotros no sabemos cómo hacerlo, y Pablo nos indica el camino. Primero hemos de transformar nuestra mente, nuestras ideas acerca de cómo deben ser las cosas (a nivel personal, familiar, cultural, etc…. todo esto ha de caerse para que nos abramos a mirar al modo de Dios). A través de este empeño empezaremos a distinguir la voluntad de Dios en cada una de las circunstancias de la vida, y podremos buscar en todo su querer, que siempre es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
¿Ves de cuántas maneras pronuncia Dios su Palabra en medio de nuestro mundo, y cuánta vida nos llega a través de Ella?
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Imagen: Nicola Fioravanti, Unsplash
