Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13
Salmo 68, 8.10.14 y 17.33-35
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33
Seguramente tienes la experiencia, cuando alguien te ha hecho un daño que despierta en ti deseos de venganza o de denuncia por el mal sufrido, de haberte vuelto a Dios para que haga justicia por eso que te escandaliza, que te resulta demasiado doloroso para poderlo pasar por alto. Solemos decir que hay cosas, nuestras y/o del mundo, que “claman al cielo”. Las lecturas de este día hablan de esto, y te va a hacer bien escuchar lo que la Biblia dice. Lo que Dios, en definitiva, responde a esa reclamación nuestra, expresada o silente.
En primer lugar escuchamos al salmista, que se dirige a Dios en su escándalo, en su desconcierto, en su angustia. Lo más hermoso de esta oración es que el salmista se dirige a Dios y “derrama” en él toda su angustia, toda su queja, su pesar. Tanto lo que pudiéramos llamar objetivo de lo que ha sucedido, como lo que personalmente le duele a él. La conclusión de su súplica es la experiencia cierta de que Dios escucha, y salva. La oración del salmista se hace proclamación pública para que todos nosotros, en nuestra aflicción, nos volvamos también a Dios, que escucha compasivamente y salva. Es posible que esto no suceda cuando pensabas, pero Dios escucha y salva. Cuando esta salvación llega, lo mejor no es que responda a lo que le pedías, sino que te ha escuchado, y sabes que está contigo. Por el camino, hemos aprendido a confiar en Dios, y eso es mucho mejor que la resolución del problema (aunque durante mucho tiempo no te lo parezca).
La súplica de Jeremías que escuchábamos en la primera lectura termina con la certeza de la salvación de Dios, de la que el profeta está seguro. Esta certeza que el profeta expresa, también en la situación angustiosa que describe, nos comunica la confianza de que el Señor escucha siempre la súplica del pobre, aunque a nuestros ojos de carne (esto es, cuando no miramos desde la fe), pueda parecernos otra cosa.
La misma confianza en que el Padre nos escucha nos transmite Jesús. Y nos da como argumento el que si Dios se cuida hasta de las más pequeñas de sus criaturas, ¿cómo no se va a cuidar de nosotros? Y nos exhorta a creer, como único camino para ver lo que el Padre hace constantemente por nosotros.
La segunda lectura nos da el argumento por excelencia: el amor de Cristo, entregándose por todos nosotros, ha hecho que el amor venza sobre todo delito, sobre todo mal. En la cruz de Jesús, que vence sobre todo mal y sobre toda muerte, hemos encontrado la victoria definitiva para el mal y el sufrimiento que nos asolan… aunque todavía solo lo ve la fe.
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Imagen: Jean Gerber, Unsplash
