Lecciones de humanidad (II)

El nacimiento de Jesucristo sucedió así: su madre, María, estaba prometida a José, y antes del matrimonio, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, decidió repudiarla en secreto. Ya lo tenía decidido, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no tengas reparo en acoger a María como esposa tuya, pues lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del profeta: Mira, la virgen está encinta, dará a luz a un hijo que se llamará Emanuel, que significa: Dios con nosotros. Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y acogió a María como esposa. Pero no tuvo relaciones con ella hasta que dio a luz un hijo, al cual llamó Jesús. Mt 1, 18-25

El siguiente fragmento capítulo 1 de Mateo nos relata, después de haber descrito él “antes” de esta historia,  el presente en que nos describe el nacimiento de Jesús. También aquí, como en el relato de la genealogía, encontramos una serie de diferencias entre los nacimientos “ideales”  que estamos acostumbrados a representarnos, y el nacimiento de Jesús, rodeado de una dramática tensión en la pareja formada por María y José.

Esta tensión nos hace caer en la cuenta de tantas y tantas situaciones en que la espera del  hijo viene rodeada de dificultades: unas veces será el sufrimiento de un embarazo no deseado (o el temor a perderlo); otras, la preocupación económica que te hace  preguntarte si tendrás recursos para mantener a esta criatura; otras veces la tensión viene de fuera, la variedad de situaciones que pueden darse con la familia extensa y la tensión y sufrimiento que producen en torno al nacimiento del  hijo que viene; otras veces el dramatismo viene dado por  la situación política -de guerra, de desplazamiento- que hace temer por las condiciones de vida de ese hijo;  otras veces será el recuerdo de la violación sufrida o el temor a que el hijo que viene padezca alguna limitación, quizá por el maltrato padecido…

En el caso de María y José, el  sufrimiento que afecta al embarazo se da porque José sabe que este hijo no es suyo –un drama, real, de los que acabamos de decir-. Y amando tanto como ama a María, se encuentra en un grave dilema: si la rechaza, rechaza al amor de su vida y expone, a una mujer de la que no es capaz de comprender la traición, a la vergüenza pública; si acepta a María después de lo que sabe, acepta con ella lo que solo puede entender como traición y acepta como propio a un hijo que siempre le recordara dicha traición.

Como se ve en el relato, hay situaciones en las que solo Dios puede abrir una puerta. Ha tomado una decisión, y la menos mala, la que se siente capaz de soportar,  aunque le resulta tremendamente doloroso…

Y he aquí, una vez que él ha decidido este paso que sin duda le desgarra por dentro, que Dios abre una puerta en medio de la noche. Él pensaba que María le había traicionado con otro hombre, ¿qué otra cosa cabía pensar?  Entonces, cuando él ha decidido lo mejor que sabe según lo humano, Dios interviene y le abre el horizonte a un panorama inaudito: José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. Nosotros, lógicamente, pensamos la realidad en nuestras coordenadas espacio temporales, y de repente sucede un hecho que nos hace intuir la presencia de Dios en medio de todo.

Todos nosotros hemos experimentado en alguna ocasión -al volver una esquina, en medio el fragor de la tormenta, en el corazón del dolor-, esa presencia de Dios inundándolo todo y cambiando de signo la realidad.  En esos momentos, se nos hace presente el señorío de Dios sobre todas las cosas,  su presencia que indica que Dios está presente y actuando en todo.

Si bien muchos de nosotros hemos tenido experiencias así -y las consideramos lo más grande de nuestra vida-  esas experiencias de presencia o de acción de Dios suelen actuar sobre la naturaleza inanimada, o forman parte de casualidades inconscientes, u otras cosas sobre las que nadie de este mundo tiene control….  En cambio,  lo que a José se le revela a través del sueño es que Dios se ha hecho enteramente presente en la persona de María, y María ha consentido de una manera tan plena que en el corazón de la realidad ha sucedido algo totalmente nuevo, algo único que nos abre a un modo mucho más hondo de la presencia de Dios entre nosotros, mucho más hondo que todo lo conocido. Aquí no se trata solo de que Dios nos haga un guiño para volver a esconderse porque su presencia nos sobrecoge… se trata de que Dios, deseado enteramente y enteramente acogido por María, ha manifestado a través de ella no solo una presencia “furtiva”, como suele ser la suya en nuestro mundo -y nos hace preguntarnos si eso no será porque no encuentra otra carne, fuera de la de María, deseosa de acogerlo- , sino una presencia total,  la que nosotros mejor entendemos: de carne y hueso.

A José, sin duda, se le caen en primer lugar todas las ideas que tenía: ese mundo de espacio-tiempo en el que hasta ahora se había movido, en el cual había  experimentado la única forma de Dios que conocía  -y es un hombre justo-, se le ha quebrado como un castillo de arena. En su lugar ha descubierto un mundo inmenso: el mundo en el que Dios reina. Un mundo en el que se hace presente su señorío, un mundo poblado por hombres y mujeres, María la primera y ahora él también, que viven en respuesta a las palabras que Dios dice, a los gestos que Dios hace. Un mundo en el cual las cosas suceden tal y como Dios quiere. Un mundo que revela la inconsistencia, la mentira y la frustración de lo que hasta ahora habíamos llamado “el mundo”.

Al consentir a la palabra que Dios le dice en el sueño, José es trasladado a “otra” tierra dentro de esta tierra, a aquella tierra en la cual puede experimentar como privilegio cuidar y educar a Jesús, el Hijo de Dios y de María;  en la que puede comprender con qué precisión se realiza la profecía de Isaías en el tiempo presente; a una tierra en la que Dios se hace presente y habita ya en medio de los suyos;  una tierra, aquella que José ya habitará para siempre, en la cual se  conoce la dicha de vivir como siervo amado, y amante, del mismo Dios.

A partir de esta noche, a partir de este sueño, se inicia para José una vida nueva: una vida en la que se hace presente que Dios cuida de los suyos,  una vida en la que José ha sido introducido -bendición  inmensa-, y vive así otra vida, diversa de aquella que el mundo puede ver y entender: una vida dichosa en la que se le confía el cuidado de la esposa y el hijo de Dios.

Queremos aprender  a vivir nuestra condición humana contemplando la humanidad de Jesús. Para ello hemos de realizar, de nuevo, este doble movimiento: el primer paso de este movimiento consiste en reconocer cómo cae la noche sobre los modos de mirar humanos –naturales, incluso justos a la luz de esta lógica-,  de José;  el segundo paso es aquel que solo Dios puede realizar en nosotros.

Es verdad que no puedes abrirte a la humanidad nueva que viene de Dios por tus propias fuerzas. Pero sí puedes reconocer que ha caído la noche sobre tantos modos tuyos de mirar,  puesto que no te permiten comprender lo que importa, puesto que no valen para vivir. Habla de esto con tu Dios,  y pídele que oscurezca del todo esos modos que no valen para comprender la verdad de las cosas,  su amor y su modo de reinar en la realidad,  actuando siempre en nuestro favor, y que te conceda, por el mismo camino de José, empezar a  ver la realidad bajo una luz nueva.

El capítulo 1 nos muestra un modo nuevo de mirar los valores de nuestro mundo, y un modo nuevo de mirar las cosas fuertes que pasan en nuestra vida: ¿te atreves a abrirte a pedir este modo de mirar, el modo de Dios?

Estamos en tiempo de Adviento. Mira de qué modo la contemplación de este pasaje te pone “en línea” para avivar tu deseo de celebrar la venida de Jesús a nuestro mundo, y cuéntanoslo en los comentarios.

Imagen: Nathan Dumlao, Unsplash

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