Lectura Objetiva

La lectura objetiva busca acercarse a los términos del texto con la mayor objetividad posible del modo que vamos a decir a continuación. El modo que voy a proponer plantea la lectura en grupo, que creo que es mucho más rica.

1º Empezamos para ello por pedir la luz del Espíritu, porque como hemos dicho, queremos hacer una lectura teologal, que viene siempre inspirada por el Espíritu.

Hecho esto, nos acercamos al texto concreto en clave de búsqueda, de apertura y cuestionamiento: Venerar el Evangelio como un objeto sagrado, cuya lectura produce por sí misma unos efectos beneficiosos, no pasa de ser una práctica mágica. El verdadero respeto está en la búsqueda incesante (Jean Sullivan, Itinéraire spirituel).

Para dicha lectura, nos disponemos con las actitudes que hemos ido desarrollando en los pasos anteriores: conscientes de que nuestra tendencia natural es la de hacer proyecciones, nos abrimos conscientemente a dejarnos ensanchar la mirada por la amplitud del texto bíblico (y por las aportaciones de la exégesis, a las que acudiremos en caso necesario), sabiendo que vamos a encontrar distintos tipos de actitudes en el texto y que es la clave teologal la que nos permitirá discernir acerca del sentido del texto. Como veremos más adelante, la lectura en común es muy enriquecedora en orden a descubrir sentidos implícitos en el texto bíblico.

La reflexión de Michel de Certeau nos advierte sobre esta necesidad de dejar atrás nuestras proyecciones, nuestra mirada natural, nuestras actitudes o enfoques preteologales para abrirnos al texto bíblico en su otreidad: “En relación con nuestras preocupaciones y nuestro lenguaje, el Evangelio se presenta hoy como diferente, inasimilable porque ha pasado. Como tal, se resiste a nuestra tentación idolá­trica de reducirlo a nuestras vidas y a nuestras palabras: es otra cosa, a través de la distancia del tiempo. Bajo este aspecto abrupto, es sa­cramento del Dios otro. Nos revela el misterio del Dios cercano y lejano: con su escritura a la vez tan extraña y tan legible, nos lo hace expe­rimentar. Evidentemente, sentimos la tenta­ción de adaptarlo a nuestra visión de las cosas, de espigar en él lo que nos conviene, de recha­zar lo demás como mítico.

Pero este método, ya incompatible con las exigencias del análisis histórico (cada elemento sólo tiene sentido por su relación con todo el texto), es ‘idolátrico’: no acepta más que lo se­mejante. Quiere ser propietario del sentido. Al contrario, la alteridad del texto (lo que se nos resiste en él) es lo que nos obliga a buscar un sentido espiritual en las palabras mismas en las que demasiado fácilmente encontramos nuestros propios pensamientos. Nos lleva a comprenderlos de una manera que no sea una pro­yección de nosotros mismos, sino el encuentro con alguien que existe y que es, por tanto, otro”.[1]

Así como hay una serie de actitudes que tenemos que dejar atrás, hay otras que tienen que ser asumidas como talante activo: en primer lugar, atenerse al texto como referencia fundamental, que ha de ser nuestra guía y nuestro horizonte.

Según la fórmula de Paul Beauchamp: “Para no ser superficial, quedarse en la superficie del texto” o bien, como se suele expresar enfáticamente: “Fuera del texto no hay salvación”. Sabemos además que toda lectura de un texto es interpretación. Al hablar de lectura “objetiva” no pretendemos decir que dicha lectura capta la verdad del texto en sí mismo, sino más bien que, partiendo del reconocimiento de nuestros condicionamientos socioculturales a la hora de acercarnos a cada texto, procuramos hacer una lectura a la que no queremos imponerle las precomprensiones previas que nos están condicionando más que en el grado que nos es inevitable, pero que también procuramos leer el texto según la objetividad que podemos alcanzar. Esa objetividad que buscamos pretende ampliar nuestra mirada sobre el texto, sacar a la luz los implícitos, mostrarnos algunas virtualidades presentes en él.

Por ello, nuestro trabajo con el texto va a buscar, dócil e insistentemente, todos los posibles sentidos y matices del texto que tenemos entre manos, para que sea el propio texto, la propia Palabra, la que nos conduzca a su profundidad. Para hacerlo así conviene sin duda tener conocimientos, tanto de exégesis como de los criterios de interpretación bíblica en general, y será bueno que las personas que se van a acercar al texto bíblico se preparen lo mejor posible para acceder a él. Pero que tan preparación sea de tal modo que no separe del texto y sobre todo, que dicho acercamiento respete el sentido teologal propio de la Palabra de Dios en el que los textos han sido escritos. Si falta dicho sentido, el significado de los textos estará des-arraigado de su fundamento propio, y la lectura será vacía.

Por tanto, cuando hablamos de “objetividad” estamos hablando de atenernos al significado que las palabras tienen en el texto y en relación a los otros textos, según los criterios de interpretación bíblica de los que en este tiempo podemos disponer con facilidad. Pero dicha objetividad está al servicio de la apertura a la Palabra de Dios, que sobrepasa toda interpretación y que es apasionadamente interpretada por nosotros, no en orden a adquirir conocimientos, sino para ser creída y vivida, para hacernos desear la transformación que la Palabra que se nos ha revelado (en nuestra lectura, y más allá de nuestra lectura) puede realizar en nosotros.

“El maná es literalmente la cuestión, el cuestionamiento: “¿qué es esto?” El “¿qué es esto?” no es ni un juego, ni una especulación pretenciosa y vacía. La cuestión surge para sacudir a la persona en su quietud, en la evidencia de “todo es normal”, en el hecho de considerar que “todo está en regla”. La cuestión es la toma de conciencia de la necesidad de pasar de la “palabra hablada” a la “palabra hablante”. El maná es la actitud interrogativa primordial, ya que abre al ser humano a una palabra personal.

La cuestión no renace en un problema particular. El cuestionamiento no se interesa por cualquier cosa, sino por la persona que pregunta. Yo cuestioneo, es decir, yo me cuestiono, yo me sacudo mi tranquilidad. El cuestionamiento es un movimiento en el que uno se desplazas. Cuestionar es establecer un “por dentro”, lo que se conoce, y un “por fuera”, lo que no se sabe, lo desconocido. Cuestionar es dejarse desconcertar por lo que no se sabe.”[2]

 El desarrollo de la reunión

La reunión de lectura objetiva se puede hacer de distintas maneras. Todas ellas pueden comenzar por la súplica al Espíritu para que ilumine el entendimiento de los participantes, para que las palabras presentes en el texto se hagan vida en nosotros hoy, o en otros creyentes, o en el mundo. Siempre terminaremos también dando gracias.

Asimismo, es recomendable que los participantes no hayan preparado el texto, para que al no tener ideas previas acerca del texto que se va a trabajar, estén lo más libres que sea posible de precomprensiones y proyecciones.

Otra experiencia que se observa a menudo en estas reuniones en que se trabaja la lectura objetiva es que la oración que se hace en los días posteriores al de la reunión nos trae una viveza que la oración personal con el texto no tiene. En ello reconocemos la riqueza del comentario en grupo, y también el aporte de tantas miradas nuevas en relación al mismo texto.

A continuación proponemos dos modos posibles de hacer la lectura objetiva, atendiendo a las características del grupo. Si el grupo lo lleva una persona que tiene conocimientos de exégesis y hermenéutica (A) o si el grupo lo lleva una persona que no los tiene o bien para el caso de que en dicha lectura se vayan turnando los distintos participantes (B).

En orden a hacer la lectura, un criterio imprescindible es el de que la lectura que vamos a hacer esté orientada según la lógica teologal propia del texto.

A

Si la persona que lleva la reunión tiene conocimientos de interpretación del evangelio, géneros literarios, etc., la reunión puede discurrir como sigue.

1º En primer lugar hacemos lectura seguida del texto que vamos a comentar. En este nivel, vemos si todos hemos leído lo mismo y si hay algo que necesitemos aclarar previamente.

2º nivel: lectura en profundidad sobre esta primera. En esta lectura “paso a paso” que es la forma dinámica que toma el ejercicio al que llamamos “lectura objetiva”. En él se pueden hacer también asociaciones simbólicas y figurativas, así comparar con otros textos de la Biblia, siempre ateniéndonos al texto que tenemos para comentar. En esta lectura, sobre todo al principio, corregiremos todas las interpretaciones injustificadas (proyecciones, subjetivizaciones, etc.) que hacemos del texto.

3º nivel: atención al sentido teologal, que contiene el sentido último del texto y que se va revelando a lo largo de la lectura.

Estos tres pasos se van sintetizando y simplificando a medida que los participantes “se hacen” con la dinámica.

B

En este caso, la persona que prepara la reunión, se ocupará de preparar la lectura que luego se hará en el grupo, en orden a facilitar a los miembros del grupo el acercamiento a dicho texto. Dicha preparación se puede hacer de distintos modos:

– Iremos, en nuestra presentación, de una mayor a una menor amplitud: situar el relato en su contexto histórico-situarlo en su contexto bíblico – situarlo en el contexto de la fe de las primeras comunidades cristianas.

– En segundo lugar, podemos preparar el texto atendiendo al modo como está construido literariamente:

Primero, verbos de acción; en segundo lugar, palabras; a continuación, actores (secundarios y principal)

Hacemos lo mismo con las escenas del relato, distinguiendo en ellas el comienzo de la narración; el desarrollo de la acción, el desenlace de la acción y el fin del relato.

Criterios de lectura objetiva

Algunos criterios que nos han sido útiles[3] y que recogen lo que llevamos dicho:

– La Palabra de Dios es el referente radical que guía mi lectura. Ante ella, quedan relativizadas mi/nuestra lógica, mis/nuestras interpretaciones, mis/nuestras intuiciones, mis/nuestras convicciones.

– Para ello, la lectura debe atenerse al texto, estando lo más libres posible de precomprensiones. Prioridad radical del texto sobre mis proyecciones. En la clave de objetividad en la que estamos comentando el texto, diremos todo y solo lo que aparece en el texto, poniendo para ello especial hincapié en partir de la letra. No esquivaremos una interpretación porque nos resulte escandalosa u oscura, porque estemos en desacuerdo, porque nos parezca equivocada o rechazable. Es preciso preguntarse sobre cada frase hasta llegar a extraer de ella todo lo que nos pueda dar. Es preciso que sea el texto, y no nuestras interpretaciones, el que guíe la lectura.

– Leer a distintos niveles (textual-simbólico). Dicha lectura incluye los hallazgos de la hermenéutica moderna y los principios de la hermenéutica clásica.

-Conviene igualmente “deconstruir”[4] primero el texto, descubriendo cuál es el puente (paso 5), implícito en el texto concreto que vamos a trabajar. De este modo, podremos después descubrir a qué realidades de la humanidad natural da respuesta el texto bíblico.

-La lectura objetiva (así como la distinción entre puente y ruptura, y toda lectura que hagamos del texto) requiere mantener, cuando menos de modo implícito, la clave teologal de interpretación. La lectura que haremos nos ha de llevar a este nivel.

-Dichos elementos “deconstruidos” han de “reconstruirse” siempre en referencia a la revelación.

-Los principios fundamentales que orientan nuestra interpretación: centralidad de Jesús y coherencia con la tradición.

-La lectura objetiva es un modo de leer la Biblia que se enriquece con las aportaciones comunitarias: este es un valor añadido de este tipo de lectura en nuestra época que adolece de una rica experiencia comunitaria.

-Con esta propuesta no afirmamos que sólo la lectura objetiva es útil o valiosa; las proyecciones personalmente por las que nuestra subjetividad conecta con el texto pueden estar igualmente inspiradas por el Espíritu. Pero esta lectura nos ayuda a tener presente la dimensión objetiva que no debe faltar (más en nuestra época marcada por la subjetividad).

Sin embargo, se hace preciso “sospechar” de las lecturas puramente subjetivas: por ejemplo, una persona puede leer en este texto su propia dificultad para creer y puede hacer suya la petición que veremos en el texto que viene a continuación: “Creo, pero ayúdame a tener más fe” como lectura subjetiva coherente con el texto. Pero no puede deducir de aquí que siempre que “alcanzas” un grado determinado de fe, Jesús hará el milagro, porque dicha lectura es injustificable en relación al texto. Tampoco se puede concluir del texto que Jesús está enfadado con nosotros de un modo que le separe de nuestra vida; pero tampoco debería ignorar el enfado de Jesús, ni negar que su enfado se despierta con nuestra falta de fe.

 

Ejercicio

He colgado, para practicar la lectura objetiva, unos minutos de un texto trabajado en grupo. Puede ser de ayuda que lo escuchemos dejando emerger nuestras propias orientaciones y dificultades, que nos permitirán dar un paso más en relación a la práctica.

El audio pertenece a la lectura objetiva que hicimos en grupo del relato de la Transfiguración, Mc 9: 2-13. El fragmento que adjuntamos recoge Mc 9, 5. He escogido un fragmento en el que se puede ver el modo como trabajo la lectura objetiva en grupo. He recortado unos minutos que permiten hacerse una idea. Quien quiera escuchar una grabación entera, me la pide y se la envío (tengo permiso del grupo para hacerlo).

Empezamos siempre rezando y leyendo el fragmento completo, y después, a medida que vamos comentando, leemos cada frase.

 

Asimismo, prueba a grabar, con tu grupo de estudio de la Biblia, un audio que recoja también la lectura objetiva que habéis hecho, porque practicando es como mejor se aprende. Me lo podéis enviar (cinco o seis minutos serán suficientes), para que os lo comente.

*

Si te interesa profundizar en relación a la lectura objetiva, estas referencias pueden serte de ayuda:

Pierre Moitel, Relatos del evangelio, CB 93, Verbo Divino, Estella, 1997

Cécile Turiot, Lecturas figurativas de la Biblia, CB 139, Verbo Divino, Estella, 2008

Jean Nöel Aletti, El arte de contar a Jesucristo, Sígueme, Salamanca, 1992

Maurice Bellet, Le texte mort, Christus 93, 1977

 

 [1] M. de Certeau, L´étranger ou l´union dans la difference, 1991, p. 177.

[2] Marc-Alain Ouaknin, Lire aux éclats. Eloge de la caresse

[3] Los criterios generales de hermenéutica y la historia de la interpretación pueden encontrarse en http://www.mercaba.org/DicTF/TF_hermeneutica.htm En cuanto a las reglas de interpretación judías, se detallan en http://www.mercaba.org/VocTEO/M/midras.htm

[4] El término “deconstruir” no lo utilizo en sentido técnico técnico del postestructuralismo. Con este término quiero expresar cómo vamos a descender hasta quedarnos con la forma básica a la que remite el texto (el referente de humanidad natural), reconociendo en dicha forma básica el origen natural de las propuestas hechas por Jesús y que pertenecen a la humanidad según Jesús. El texto “deconstruido” nos permite, en la imprescindible reconstrucción posterior, captar la conexión profunda (por más que la fractura entre ambas sea insalvable para nosotros) que hay entre la humanidad que Jesús nos llama a vivir y nuestra humanidad natural.

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