Llamadas, llamados

1ª lectura: Lectura del primer libro de los Reyes (19,16b.19-21)

Sal 15,1-2a.5.7-8.9-10.11

2ª lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (5,1.13-18)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,51-62)

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.»
Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
A otro le dijo: «Sígueme.»
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»
Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.»
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

Puedes descargarte el audio aquí.

Entre la primera lectura y el evangelio hay una serie de paralelismos claros: en los dos casos hay una llamada de Dios (en la primera a Eliseo, en la segunda a esos que se acercan a Jesús), y en los dos casos, la llamada que viene de Dios suscita una respuesta por parte de la persona que ha sido llamada.

Podemos detenernos en primer lugar en este hecho. Espontáneamente y vista desde fuera, la llamada de Dios la tenemos tipificada como algo temible cuando miramos a Dios como un Ser Poderoso que barrerá nuestros planes. Vista, en cambio, desde dentro (así se da en las personas que son llamadas), la llamada de Dios, incluso si nos produce miedo o nos obliga a cambiar nuestros planes es una llamada que se percibe como privilegio.

Y es que la llamada no es ante todo algo que cambie nuestros planes, sino que ante todo es propuesta amorosa que fundamenta mi vida desde un sentido (con el tiempo, si permanecemos, veremos que lo que nos fundamenta es el Amor) más firme y mucho más grande que cualquiera de los proyectos que ofrece nuestro mundo.

A la vez, no se puede negar que el que Dios te llame es algo que, como solemos decir, “impone”: primero, porque el que Dios te llame es grande, y exige que nuestra vida se sacuda las formas infantiles, las formas ambiguas, las excusas, las dilaciones. La llamada de Dios nos exige ponernos de pie y responder con todo lo que somos. Esto requiere sacudirnos todo lo anterior, puesto que vamos a empezar una vida nueva. Y esto es algo que a nuestro corazón le cuesta.

En el relato del libro de los Reyes que hemos leído al comienzo, Elías echa su manto sobre Eliseo y le transmite así el Espíritu de Dios, ungiéndolo como profeta. Eliseo, así habitado, recibe una vida nueva en la que empezará a ser profeta tras los pasos de Elías. Pero le pide que antes le deje despedirse de sus padres, de su familia. Es hermosa la imagen en la que, sacrificando a sus bueyes, quemando los aperos y repartiendo entre su gente la carne de los bueyes, cierra festivamente esta etapa de su vida que acaba de terminar y, poniéndose en pie, camina en adelante tras los pasos de Elías.

Esto que sucede en la primera lectura es lo que nosotros entendemos como seguimiento: decir sí a la vida que se te ha propuesto, despidiéndote antes de la antigua, que también ha sido buena. Por eso nos sorprenden las duras expresiones de Jesús a los que quieren seguirle: Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza; Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios; El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

¿Por qué, nos preguntamos, es tan duro Jesús? ¿Qué está queriendo decirnos con estas palabras fuertes? Vamos a acercarnos de nuevo al texto desde esta apertura a Jesús, para ver qué nos revela.

En el primer caso, uno se ha acercado a Jesús y se ha ofrecido enteramente: Te seguiré adonde quiera que vayas. Jesús, en vez de celebrarlo o ponérselo fácil (es lo que nosotros haríamos, y más en estos tiempos!:), lo que hace es advertirle sobre la gravedad y la dureza de esta vida, que no tiene parangón con lo que es natural a todas las criaturas: Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Nos indica así que aquel al que seguimos está precediéndonos en el modo de seguirle, y que por tanto, el modo de vida de los discípulos habrá de secundar al del maestro.

Por tanto, el seguimiento no tiene que ver con nuestros deseos de seguir a Jesús, sino que es posible solo si Dios nos lo concede.

Al siguiente, es Jesús quien lo llama: Sígueme. Y él, sin decirle que no, le pide antes algo que a todos nos parece lógico y natural: Déjame primero ir a enterrar a mi padre. La respuesta de Jesús, Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios, nos habla, en primer lugar, de la radicalidad de esta llamada: así como a Eliseo se le permitió ir a despedirse de sus padres, a esta persona llamada por Jesús no se le permite ir a enterrar a su padre.

En un relato como este nos fijamos, sobre todo, en la radicalidad de la llamada, que nos resulta tan dura y tanto nos hace temer. Sin embargo, Jesús está ofreciendo una vida nueva, mucho mayor que la ofrecida por Elías: estamos en el tiempo definitivo, y en Jesús encontramos todo lo que necesitamos para vivir. Por ello, la vida nueva ha de ser acogida entera e inmediatamente, sin dilaciones, sin pactos con el pasado, ni siquiera los más sagrados.

Qué natural nos resulta pactar con los usos familiares, sociales, culturales a los que hemos pertenecido. Qué incomprensible resulta a nuestro mundo este modo tan total, tan apasionado, tan urgente de Jesús, que reconoce como absoluta la necesidad de anunciar el Reino, en nombre de lo cual se relativiza y deja atrás, sin contemplaciones, todo lo vivido.

¿Qué seducción, qué amor por Jesús es preciso para hacerlo posible? ¿Con qué intensidad, con qué deseo le pedimos a Dios que nos conceda este modo de vivir que revela un corazón totalizado por el amor, por el reino? No confundamos esta pasión de Jesús cuando llama con radicalismos exteriores, rígidos y estériles. Aquí se nos está hablando de la pasión del corazón que nos revela cómo se ve la vida cuando has sido cogido por la pasión de Jesús.

Quizá esta llamada, escuchada al principio, solo se hace realidad después de muchos años…

Aún aparece un tercer llamado, que también responde afirmativamente a la llamada: Te seguiré, Señor. Y pide, como nos parece tan natural, como se le permitió a Eliseo, despedirse antes de su familia. Nos sorprende, en cambio, la respuesta de Jesús: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios. Cuántas veces hemos entendido esta afirmación en clave literal, doblegando conciencias, dañando personas, rigidizando el seguimiento. Qué difícil nos resulta en cambio dejarnos alcanzar por lo que Jesús afirma: la urgencia del reino que ha de anteponerse a todo lo demás. Como hemos dicho, es posible que esta pasión de reino, esta urgencia que arde en Jesús se dé solo al final de la vida. Pero el escuchar qué es lo que Jesús absolutiza y qué es lo que Jesús relativiza nos enseña a vivir como absoluto lo que él nos dice que es absoluto, y como relativo lo que él considera relativo.

Seguramente, en la vida hemos tenido momentos, quizá como fogonazos, como destellos en los que hemos entrevisto esto que Jesús dice. Momentos en que sabemos que es verdad lo que Jesús vive, instantes en que intuimos que la vida, la verdadera vida, se vive así. Luego se desdibujan, “se nos pasan”, solemos decir, y volvemos a lo de siempre: a nuestras seguridades, a las referencias conocidas, a esa vida pequeña en la que no hay lugar para absolutos, para amor radical, para vivir desde la pasión de Dios.

Sin embargo, Dios habla y nos va inspirando el modo de mirar y de vivir de Jesús.

Podemos vivir desde esas referencias comprensibles y conocidas, podemos vivir pidiéndole que imprima en nosotros su modo, ese que entrevimos y nos dejó una sed…

… qué tal sería vivir sin apagar esa sed? ¿Qué sería vivir sin apagar la sed de Dios y de lo suyo en nosotras, aunque supusiera cuestionar a cada paso la vida de siempre, la vida conocida que no te da lo que, con su llamada, ha despertado Jesús?

Imagen: Bernard Hermant, Unsplash

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