En estas entradas te traemos diferentes testimonios de lo que la Eucaristía es para distintas personas. En esta ocasión, el testimonio que traemos es el de Walter J. Ciszek en Caminando por valles oscuros. Memorias de un jesuita en el Gulag. El testimonio que recogemos se encuentra en las páginas 157-159 de este libro.
Sé que resulta imposible explicar todo esto a quienes no creen. Me temo que incluso para muchos cristianos la idea del Santísimo Sacramento como pan de vida no es, en cierto modo, más que una frase poética o simbólica utilizada por Jesús en el evangelio. Sin embargo, ¡qué fuente de alimento fue para nosotros entonces! ¡Qué importante era disponer del Cuerpo y la Sangre de Cristo como alimento de nuestra vida interior en el sacramento del amor y la alegría! La experiencia era muy real: podías sentir sus efectos en la mente y en el corazón, en tu vida diana. Para nosotros era una necesidad alimentar la vida del alma: tan necesario como el pan de cada día para sostener el cuerpo. En el exilio de los Urales había mucha gente privada de él que parecía indiferente. No me cabe duda de que Dios cuidaba a su modo de aquellas personas espiritualmente hambrientas, igual que cuidaba de nosotros de una manera especial. ¿Quién es capaz de entender del todo los caminos del Señor? No obstante, ese pan de vida, esa Eucaristía, era para nosotros una auténtica fuente de comunión con El y con quienes deseábamos acercar a Él.
Los cinco largos años de Lubianka me hicieron darme cuenta de ello con más contundencia que nunca. Carecía de ese alimento espiritual y de la realidad de esa comunión. Acudía a Dios en la oración, recitaba frecuentes comuniones espirituales a lo largo del día, pero estaba literalmente hambriento de poder recibirle. Todos los días decía de memoria las oraciones de la misa y a veces creo que eso solo servía para intensificar mi sensación de carencia. En aquellos días de tormento y tensión, de oscuridad y humillación, sabía que necesitaba desesperadamente de la fuente de fortaleza que el pan de vida habría sido capaz de proporcionarme, y no disponía de ella. Oraba a Dios, hablaba con Él y le pedía fuerza y ayuda; sabía que estaba a mi lado. Contaba con todo eso, pero no podía tenerlo en mis manos, no podía tener su presencia sacramental. Y para mí la diferencia era muy real. Era un hambre del alma tan real como el hambre física que me atenazó permanentemente durante aquellos años. Años después, muchas veces me he preguntado si habría fallado tan estrepitosamente, si habría estado tan cerca de la desesperación, de haber contado de alguna manera con el pan de vida.
Cuando llegué a los campos de Siberia, para mí fue una inmensa alegría saber que podía volver a celebrar misa a diario. En todos los campos, los sacerdotes y los presos hacían cuanto estaba en su mano y se arriesgaban sin vacilar con tal de contar con el consuelo del sacramento. Para los que no podían asistir a misa, todos los días consagrábamos hostias y nos las arreglábamos para distribuir la comunión entre quienes lo deseaban. En los barracones la falta de intimidad y la presencia de los confidentes incrementaban el riesgo de que nos descubrieran Por eso normalmente celebrábamos nuestra misa diaria en el mismo lugar de trabajo durante el descanso de mediodía. Pese al esfuerzo añadido que suponía, todo el mundo observaba estrictamente el ayuno eucarístico desde la noche anterior, prescindiendo de la oportunidad de desayunar y trabajando toda la mañana con el estómago vacío. Pero nadie se quejaba. En pequeños grupos, los presos arrastraban los pies hasta el lugar convenido, donde el sacerdote decía misa con su ropa de trabajo, sucio y desaliñado, envuelto en ropa para protegerse del frío. Celebrábamos misa en casetas de almacenamiento expuestas al viento, o apiñados entre el barro y la nieve semiderretida en un rincón de los cimientos de un túnel subterráneo. La intensa devoción ele sacerdotes y prisioneros suplía todo lo demás: no había altar, ni velas, ni campana, ni flores, ni música, ni níveos lienzos blancos, ni vitrales, ni siquiera el mínimo calor que la parroquia más sencilla puede proporcionar. Pero incluso en esas condiciones rudimentarias la misa te acercaba a Dios más de lo que nadie sería capaz de imaginar. La constatación de lo que estaba ocurriendo sobre el tablón, la caja o la piedra utilizados como altar penetraba hasta lo más hondo del alma. Las distracciones originadas por el miedo a ser descubiertos que acompañaban cada celebración en esas condiciones no disipaba en absoluto el efecto que ejercían en el alma ese minúsculo trozo de pan y esas pocas gotas de vino consagrado.
Muchas veces, mientras doblaba el pañuelo sobre el que había descansado el Cuerpo del Señor y secaba el vaso o la tacita usados como cáliz, el sentimiento de haber llevado a cabo algo de inmenso valor para la gente de ese país sin Dios era abrumador.
Imagen: Mockup Graphics, Unsplash

Me ha impresionado este testimonio.Que grande es el Señor y como cuida de los que a EL se acogen.
Cuanto deseo hay en estas líneas de vivir en Él, vivirlo todo con Él.
¡Es preciosamente sobrecogedor !