1ª lectura: Ezequiel 37, 12-14
Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8
2ª lectura: Romanos 8, 8-11
Evangelio: Juan 11, 1-45
No sé si te has ido fijando, pero los textos del tiempo de Cuaresma, en los que está bien presente el sufrimiento, nos hablan profusamente de esperanza. Hoy lo escuchamos, para empezar, en el texto de la primera lectura: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Nosotros, cuando nos enfrentamos al sufrimiento en el tiempo de Cuaresma (y más aún al de los días de la Pasión tan próximos), tendemos a replegarnos para evitar dicho sufrimiento, que a menudo contemplamos solos. En cambio, la Palabra de Dios insiste en hablar del sufrimiento como una realidad que vendrá, y nos muestra en él la promesa de Dios (yo mismo os sacaré de vuestros sepulcros, pueblo mío) que nos traerá otra realidad: cuando experimentemos en medio del sufrimiento, del mal, de la persecución o la tristeza la presencia de Dios, no será el sufrimiento lo que coja nuestra atención, sino que lo que cogerá nuestra atención será la revelación del amor de Dios: comprenderéis que soy el Señor. Esta es la verdadera promesa: no la salvación de nuestros sufrimientos, sino la fidelidad de Dios que lo prometió y lo hizo, que le hace grande, formidable.
El salmo nos dice cómo vivir estas realidades dolorosas: desde la súplica confiada en Dios, en el Dios de las promesas, mostrándole el estado de nuestro espíritu, para dejarnos conducir por él. Nuestra respuesta humilde nos indica de qué modo hemos de orientarnos hacia Dios en los momentos de prueba. El mismo modo que hemos visto a lo largo de la vida de Jesús, nuestro Salvador.
La Buena Noticia del evangelio que hemos proclamado hoy nos relata la resurrección de Lázaro. En él se nos describen nuestras actitudes ante la muerte, y las de Jesús. Se nos muestran las actitudes de las hermanas de Lázaro, y de la gente que llora al muerto, y la de Jesús, que nos muestra cuál es la mirada de Dios ante un hecho tan tipificado familiar y socialmente.
Como vemos, la mirada de Dios es otra: es una mirada, la de Jesús, que obedece a cada momento lo que le toca vivir, primero comprendiendo cuál es el sentido de esta muerte: Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Nosotros, ante la muerte, muchas veces no encontramos sentido porque le buscamos sentido desde nuestra propia lógica, que se revela en estas ocasiones tan corta. En cambio, Jesús contempla desde la mirada de Dios, que es el que nos revela la verdad de aquello que está solo bajo su señorío. Esta certeza de Jesús se manifestará de principio a fin del relato: tanto en sus palabras a los discípulos, como en los encuentros con las hermanas en Betania, como al resucitar a Lázaro. Se nos describe también cómo hay judíos que miran desde nuestra corta mirada natural, y estos no comprenderán nada. Asimismo, muchos de ellos creerán como consecuencia de esta resurrección de Lázaro. Vemos así cómo las palabras de Jesús, las que pronuncia desde la íntima vinculación al Padre, son las que nombran la verdad de lo que vivimos.
La segunda lectura lee para nosotros, los que no hemos conocido a Jesús, cómo se va desarrollando esta mirada: desechando el vivir en la carne (el miedo, los propios intereses, la desconfianza, el desamor, etc… todos los modos en los que manifestamos estar sometidos al pecado) para vivir según el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos y que es quien puede darnos vida a nosotros, puesto que está en nosotros y podemos reconocerlo y vivir unidas, unidos a él.
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Imagen: Alessio Lin, Unsplash

La muerte es un sinsentido si no la vivimos de la mano de Dios. Puede ser un agujero negro que nos atrapa y nos deja sin respiración. O puede abrirnos un tiempo duro de muchos matices, entre los que está descubrir una nueva relación con la persona que hemos perdido y que seguimos amando. Y donde hay amor, hay vida, por eso, sigue viviendo en nosotros y nosotros en ella. Sin entender y fiándonos, se abre otra dimensión, un amor más profundo y nuevo.
Las lecturas de este domingo nos dan luz sobre esta parte de la vida tan áspera humanamente, tan dolorosa, porque nos duele profundamente perder a quien amamos. Cómo no. En cualquier caso nos dan esperanza. Cada uno y cada una en nuestro camino diario. Tanto si nos ha tocado la muerte de cerca o si no, porque también morimos un poco cuando no vivimos la vida plenamente.
Hay una frase, de Helen Keller que en medio del dolor me ha dado paz: “Todo lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente, se convierte en parte de nosotros mismos”.
“Morimos un poco cuando no vivimos la vida plenamente”. Ahí está esa muerte que, tantas veces sin darnos cuenta, esquivamos.
Vivimos, en cambio cuando nos atrevemos a vivir de lo que nos ha dado vida. Cuando nos abrimos plenamente a la vida, en toda su densidad -la vivimos en toda su densidad cuando la recibimos como regalo de Dios que es- y no nos negamos a saborearla siquiera cuando aquellos a los que quisiéramos abrazar no están ya entre nosotros.
Cuando vivimos así, nos unimos realmente a los otros, y lo que hemos amado profundamente, se convierte en parte de nosotros mismos, como dice Helen Keller. Ese modo de vivir que no se resiste al dolor sino que lo acoge como parte del amor, y se abre así a una dimensión nueva, a una vida nueva.Como intuyes que será para ti, Aurora.Como pedimos que sea para ti, y para muchos.