Desde bien pequeña empecé a ir a misa a veces entre semana; no alcanzaba a comprender muchas expresiones pero había algo que me atraía; una fuerza interior me iba habitando, una potencia de vida que agrandaba la vida en mí, yo no sabía cómo, “es Dios” (me decía yo misma) y después lo que iba sintiendo por dentro… “yo soy tuya, Señor”. La Eucaristía era mi casa, mi lugar, mi alimento.
El paso del tiempo, el hábito y también la rutina fueron a veces desdibujando el poso que la Eucaristía fue dejando en aquella niña, adolescente, joven… Después de años, han ido despertándose en mí otros significados y experiencias que, aunque interferidas por la medida razón y la adulta exigencia, nunca han tapado aquella experiencia primera y original (de origen). Dios es más fuerte.
“Una palabra tuya bastará para sanarme”: siempre ha quedado esta expresión resonando en mí en relación a la Eucaristía, hasta hoy. Tú desde aquí puedes, Señor, acercarme a ti, tirar abajo mis muros, regalarme la vida… yo no veo cómo esta Eucaristía actúa en mí, no comprendo cómo este pan y vino son tu cuerpo y sangre… pero confío en Ti, Jesús.
Después de muchos más años sigo celebrando confiada, muchas veces desde mí y con lo mío, la imposibilidad, los proyectos, mis conflictos, el dolor de los que sufren, la gratitud por el encuentro con la comunidad, la dura realidad, los pequeños rayos de luz y las contrariedades en tantos ámbitos… A veces queriendo saciar mi sed, o queriendo descansar para seguir caminando en esta o en esta otra Eucaristía de hoy, mañana, pasado… y Dios algún día me regala una Palabra, algún otro día me trae un nombre, otro día levanta en mí una compasión, o se me ilumina Su Nombre de un modo nuevo. Otros muchos días no encuentro “algo” concreto, pero siento una fuerte llamada a permanecer aunque parezca que todo siga igual.
Y a veces, en medio de lo acostumbrado, puedo escuchar un rumor nuevo, una punta de color diferente que se asoma y me lleva a otro lugar. De repente me encuentro cantando con otros ¡Gloria! con alegría inexplicable. Y eso es verdad. De repente me encuentro celebrando con otros de quienes me siento distante. Y estoy en paz. Y eso es verdad. De repente me doy cuenta que estoy sentada en un banco, como todos los demás. Y veo a Dios contemplándonos, paciente y misericordioso, cada uno en una circunstancia, en una confianza, en un pecado, en un tiempo, en una salvación… todos en la comunión que es Dios, así Él nos va haciendo suyos, unos con otros en Él. ¡Un auténtico banquetazo! Y alabamos, y damos gracias… y desde ti esto se me hace más verdadero y real.
La Eucaristía me muestra cómo es que estoy hecha -estamos hechos- para alabar, agradecer, perdonar, hacerme prójima, escuchar, ofrecer, sufrir o amar… y se me muestra de manera especial cuando soy llevada ahí sin que esto nazca de mí. Me sitúa en mi vocación primera.
La Eucaristía me ayuda a descubrir la vida en la verdad de lo que es. En cada celebración, Jesús me va llevando suavemente a acoger y entregar con más verdad ese regalo que es su amor. Suavemente, sin saber yo cómo, porque tantas veces no acepto, no espero ya más, quiero sólo lo grato… y ahí al lado tengo a los demás, la vida concreta, ahí o en otros lugares, a tantos… estamos todos. La Eucaristía va poniendo verdad en mi vida, va labrando en el claroscuro de mi/nuestra humanidad; la Eucaristía pone corporalidad en mi vida, y cuando me voy “por las nubes” me ayuda a no escapar.
La Eucaristía me muestra la verdad que es Jesús, la verdad que es su Amor entregado y sufrido en su propia carne de manera real por causa nuestra, también por mí. Veo allí sentados en los bancos nuestros cuerpos, nuestra humanidad, nuestra historia. Tú vienes a ella, Jesús; la acoges, la sufres –era necesario-, y la salvas. Y una vez más digo soy tuya, Jesús; por mis venas corre tu sangre; en tu carne, por tus venas corrió nuestra sangre; en tu cuerpo y por tu sangre –era necesario-, me das la vida, así de real, así de verdad. En tu Amor haces posible el amor. Gracias, Jesús.
Dios se cuela a veces así en la Eucaristía para mí, y me siento entonces regalada por Dios, como salpicada a gotitas de su amor. Y miro a los demás, y viene a mí toda la humanidad inundada en una corriente de esperanza. No alcanzo mucho qué ni cómo, pero el destello me dice que TODO ES SALVACIÓN, y que esa es la verdad de todo, tantas veces oculta a mis ojos, imperceptible de cualquier otro modo.
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