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Miradas (III)

Estando él una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él los interrogó: —¿Quién dice la multitud que soy yo? Contestaron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos. Les preguntó: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: —Tú eres el Mesías de Dios. Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Y añadió: —Este Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Y a todos les decía: —Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí la salvará. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se malogra él? Si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con su gloria, la de su Padre y de los santos ángeles. Os aseguro que algunos de los que están aquí presentes no sufrirán la muerte antes de ver el reinado de Dios. Lc 9, 18-27

Seguimos poniendo nuestra escucha para aprender del modo de mirar de Jesús y de los otros modos de mirar que se entrecruzan en el evangelio, a partir del c. 9.

En esta ocasión, Jesús está orando y los discípulos se acercan a él en su deseo de conocer más de él, de sentir cerca esa presencia suya. En esta situación, quizá Jesús está hablando con el Padre, con el Espíritu, acerca del modo como le miramos. Esto nos enseña varias cosas acerca de la oración: una, la necesidad de volver a nuestro interior y dialogar con Dios de lo que hay en nosotros. También la necesidad de venir en oración a estas preguntas. Y también del necesario contraste con la realidad para alimentar esas preguntas.

Jesús les pregunta primero a los discípulos acerca de su identidad. Hay mucho para sobrecogerse en el hecho de que este hombre enorme al que asocian a Elías o los profetas nos pregunte a nosotros. Detente en esto si te resuena.

Pero aún hay más. Después de estas respuestas, viene la respuesta de Pedro: Tú eres el Mesías de Dios.

Aquí encontramos algo que se refiere a las miradas. Quizá, cuando nosotros miramos esto que se dice aquí, sentimos temor porque pensamos que no sabríamos responder a esta pregunta de Jesús, o sentimos envidia de la respuesta de Pedro, o nos asimilamos a él pensando que “yo también hubiera sabido”. Estas miradas, todas ellas, dicen que aún no miramos desde Jesús, sino desde lo nuestro. La respuesta de Pedro, acertada, lo es porque el mismo Dios se la ha inspirado, y no por nada de Pedro. Así vamos distinguiendo un modo de mirar y otro.

Desde aquí, escuchando a Jesús, nos dejamos enseñar por sus palabras, que ordenan guardar silencio y nosotros vamos aprendiendo a dejarnos conducir por él, y no por lo nuestro. Así seguimos “en línea” con él, vinculados a él, no porque entendamos nada, sino porque hemos descubierto que en Jesús está la vida: Este Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Es muy duro escuchar y acoger estas palabras, pero guardar sus palabras en el corazón es el modo de dejarnos transformar por él. Además, por este camino aprendemos quién es el Mesías: el Mesías no es como tú piensas, sino como Jesús, que acaba de manifestarse como tal, te va revelando. Dejarnos conducir es amarle, y obedecerle. Es el camino para creer en él.

Desde aquí podemos entender las palabras que siguen acerca de este que ha de ser nuestro camino. Nuestra mirada quiere salvar la propia vida. La mirada de Jesús nos va mostrando que él es la salvación, y que solo creyendo en él, en el camino que pone ante nosotros, encontramos la vida.

Que este evangelio sea ocasión para que se imprima en ti la mirada de Jesús.

Imagen: Christina Rumpf, Unsplash

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