En la primera carta a los Corintios, Pablo nos va a hablar de cómo se vive la vida cristiana después del encuentro con Cristo. Vamos a leerla en esta clave en que ha sido escrita: mirando a Jesús para abrirnos a vivir con, por y para Dios, al modo de Jesús.
1 En cuanto a lo que escribíais, que es mejor que el hombre no tenga relaciones con la mujer,2 os digo que, para evitar la inmoralidad, cada hombre tenga su mujer y cada mujer su marido.3 Cumpla el marido su deber con la mujer y lo mismo la mujer con el marido.4 La mujer no es dueña de su cuerpo, sino el marido; lo mismo el marido no es dueño de su cuerpo, sino la mujer.5 No os privéis uno de otro, si no es de mutuo acuerdo y por un tiempo, para dedicaros a la oración. Después uníos de nuevo para que Satanás no os tiente aprovechándose de vuestra incontinencia.6 Lo digo como concesión, no como obligación,7 pues desearía que todos fueran como yo; sólo que cada uno recibe de Dios su carisma, unos uno y otros otro.8 A los solteros y a las viudas les digo que es mejor que se queden como yo;9 pero si no pueden contenerse, que se casen: más vale casarse que abrasarse. 1Cor 7, 1-9
En esta ocasión, son los corintios los que han escrito a Pablo sobre algunas cuestiones que les inquietan. Reconocemos así el profundo deseo que se da, en quienes se convierten a Dios, de orientar toda la vida desde Él. Así, el discernimiento se nos revela como el modo de descubrir el querer de Dios en relación a la propia vida.
Cuando Pablo responde a las cuestiones que le han planteado los corintios, tiene un criterio primero, recibido del Señor, y es que todo es don de Dios. A la vez, en el texto podemos ver cómo a veces Pablo ilumina desde dicho criterio la respuesta que les da, mientras que en otros momentos le pesa el criterio cultural, cuando asocia la sexualidad con un modo desenfrenado que se frena con el matrimonio. Por su parte, los corintios tienen esta mentalidad, propia de su cultura y de tantas otras (a todos nos pesan enormemente los criterios culturales en cualquier ámbito de realidad en que nos movamos, y podemos reconocerlo cuando en nosotros entran en conflicto la vigencia cultural y la Palabra de Dios).
En la perícopa que estamos leyendo se dan criterios preciosos que se derivan de la certeza de que cada uno recibe de Dios su carisma, a consecuencia de lo cual, como dice Pablo, la mujer entrega por el matrimonio su cuerpo (y en él, toda su persona, añadiríamos hoy), a su marido, y su marido hace este mismo don de sí mismo a su mujer que se hace visible a través de la sexualidad. Esta imagen magnífica del matrimonio y de la sexualidad que se deriva de reconocer el propio don como recibido de Dios entra en contraste con esos otros momentos, en esta misma perícopa, en que se asocia la sexualidad a una mala vivencia de esta, como cuando se asocia de modo directo a la inmoralidad.
Vemos así cómo el discernimiento lúcido que hace Pablo se ve aún contagiado de la mirada de su cultura y de tantas otras. No lo decimos así porque nosotros estemos o no de acuerdo con este punto, sino porque reconocemos, a lo largo de la tradición de la Iglesia tantas ocasiones en que la sexualidad ha sido el gran pecado, junto con otras en que se ha rescatado una visión del ser humano más global e integrada con el don de Dios que todo lo ha creado bueno, o muy bueno (cf. Gn 1, 31)
Reconoce aquellos elementos de este fragmento con los que el Espíritu te impulsa a vivir. No dejes de pedir, también, por las hermanas y hermanos que también buscan escuchar a Jesús para vivir de Él.
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