En la primera carta a los Corintios, Pablo nos va a hablar de cómo se vive la vida cristiana después del encuentro con Cristo. Vamos a leerla en esta clave en que ha sido escrita: mirando a Jesús para abrirnos a vivir con, por y para Dios, al modo de Jesús.
10 A los casados les ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido;11 pero si se separa, que no se case con otro o se reconcilie con el marido, y que el marido no se divorcie de su mujer.12 A los demás les digo yo, no el Señor: si un hermano tiene una mujer no cristiana y ella consiente en vivir con él, no debe divorciarse de ella;13 si una mujer tiene un marido no cristiano y éste consiente en vivir con ella, no debe divorciarse de él.14 Pues el marido no cristiano queda consagrado por la mujer y la mujer no cristiana queda consagrada por el hermano; de lo contrario vuestros hijos serían impuros mientras que ahora están consagrados.15 Ahora bien, si el no cristiano quiere separarse, que se separe: en tal caso, ni el hermano ni la hermana están vinculados. El Señor nos ha llamado para vivir en paz.16 Tú, mujer, quizás salves a tu marido; tú, hombre, quizás salves a tu mujer. 1Cor 7, 10-16
Seguimos, como la semana pasada, las cuestiones sobre las que desean discernir, acerca de las cuales preguntan a Pablo. Vemos aquí, como decíamos también la semana pasada, que cuando te vuelves a Dios, la vida entera desea y pide reorientarse a la luz de Dios. Por ello, consultan a Pablo, a quien reconocen una luz del Espíritu que no ven en ellos, para tener criterios de esta vida nueva. Como en la perícopa que ya hemos visto, Pablo comienza por darles el criterio primero, que es la Palabra del Señor: que la mujer no se separe del marido… que el marido no se divorcie de su mujer. A partir de lo cual, les da unos criterios que, derivados de esta palabra, les dicen cómo actuar: no te vuelvas a casar, no vuelvas a la relación anterior.
Asimismo, Pablo reconoce que de este criterio venido de Dios, él extrae otro que distingue como suyo, y en el que reconocemos también la luz de la revelación: … no debe divorciarse de él. Pues el marido no cristiano queda consagrado por la mujer y la mujer no cristiana queda consagrada por el hermano; de lo contrario vuestros hijos serían impuros mientras que ahora están consagrados. La unión matrimonial en la que Dios los ha encontrado es bendecida por el mismo Dios, por esa larga bendición de Dios que no se extiende solo a la persona que se ha convertido, sino también a aquellos que están unidos al cristiano, a la cristiana en quien Dios ha venido a habitar.
Cuánto bien nos hace, nos puede hacer si lo creemos, este criterio de Pablo por el cual, la salvación de Dios no solo alcanza a la persona que se convierte, sino también a los que se encuentran con ellos: Tú, mujer, quizás salves a tu marido; tú, hombre, quizás salves a tu mujer.
Reconoce aquellos elementos de este fragmento con los que el Espíritu te impulsa a vivir. No dejes de pedir, también, por las hermanas y hermanos que también buscan escuchar a Jesús para vivir de Él.
Imagen: Natalia Sorenkova, Unsplash
