¿Normalidad, o maravilla?

La barca estaba ya a buena distancia de la costa, batida por las olas, porque tenía viento contrario. Ya muy entrada la noche Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. Al verlo caminar sobre el lago, los discípulos comenzaron a temblar y dijeron: —¡Es un fantasma! Y gritaban de miedo. Pero [Jesús] les dijo: —¡Animaos! Soy yo, no temáis. Pedro le contestó: —Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti. —Ven, le dijo. Pedro saltó de la barca y comenzó a caminar por el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir el [fuerte] viento, tuvo miedo, entonces empezó a hundirse y gritó: —¡Señor, sálvame! Al punto Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: —¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Cuando subieron a la barca, el viento amainó. Los de la barca se postraron ante él diciendo: —Ciertamente eres Hijo de Dios. Terminaron la travesía y atracaron en Genesaret. Mt 14, 24-34

A veces, lo que hace Jesús es tan enorme que nos resistimos a creerlo. El relato de hoy puede ser un buen ejemplo de esta resistencia: Jesús caminando sobre el lago en medio de una tormenta que sacude la barca y las olas.

Normal, podemos decir, que los discípulos se asusten por la tormenta y que duden de que es Jesús ese que, a oscuras, se acerca a ellos sobre el agua.

Pero entonces, ¿qué es lo que pasa cuando Jesús les dice que es él? También tiene sentido que se les vaya el miedo y se tranquilicen. Tanto se anima Pedro, que le pide caminar sobre el agua. Y Jesús le dice que sí, y Jesús empieza a andar.

Si la del miedo y el pensar que es un fantasma es esa reacción que llamamos normal, ¿cómo llamaremos a esa otra que se da después de escuchar a Jesús? Seguramente nos resistimos a llamarla “normal”, porque rompe nuestra normalidad (la de reaccionar desde el miedo y la amenaza… qué llamativo que sea tan común, tan… normal).

La podríamos llamar… ¿maravillosa? Seguramente sí. Y sin embargo, esta maravilla es la que se inicia cuando uno cree a Jesús: al ver que es él, confías, y te alegras tanto que hasta le pides que te haga ir a él andando sobre el agua. Y cuando él te dice ven, ¡caminas sobre las aguas!

Sí, hay motivos para llamarla maravillosa. Aunque seguramente, desde el lado de Jesús, esta es la normalidad de Dios. O, dicho de otro modo: lo maravilloso es lo normal cuando Dios entra a nuestra vida.

Y sin embargo, nosotros, seguimos con nuestra tendencia a la baja: ahí está Pedro, que después de experimentar la maravilla de creer en Jesús y vivir a su modo, de pronto siente el viento recio, y… cree más al viento que a la palabra de Jesús.

Ya sabíamos que de nuestra normalidad a la maravilla de la vida al modo de Jesús se pasaba a través de la fe.

Ahora sabemos que también se puede pasar de la maravilla a esta normalidad nuestra que tira a la baja… solo hace falta dejar de creer: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? 

Aquí tenemos, por tanto, un misterio resuelto -el de por qué nuestra vida, pudiendo estar abierta a la maravilla, sabe tantas veces a una normalidad ceniza-, y una propuesta de vida: lo que llamamos normalidad, o la maravilla de abrirse a la vida desde la fe en Jesús.

Imagen: Adrien Olichon, Unsplash

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