El perdón no es lo primero

El día anterior nos preguntábamos si de verdad el perdón es tan importante, y encontrábamos algunas razones:

La primera, porque en nuestra vida nos descubrimos atados (¿recuerdas al paralítico?) por causa del mal, tanto en nuestras actitudes externas como en su origen, en nuestro corazón.

También, porque veíamos que Dios, que es Amor, manifiesta de modo pleno su amor en esta acción tan especialísima que es el perdón: cuando Dios perdona, pone amor donde no lo había, en el seno de la muerte, y así, llama a esa persona/grupo a la vida.

También decíamos que el perdón es importante porque, tal como nos ha enseñado Jesús en el Padrenuestro, el perdón es uno de los elementos esenciales para vivir. Si para Jesús es esencial para vivir (y tendremos que preguntarnos por qué), sin duda, el perdón es central para la vida.

Además, si hemos experimentado que Jesús nos ha traído la vida perdonando, entonces nosotros hacemos que la vida sea, también, perdonando a los demás: en lo concreto (a los cercanos primero/a todos los demás, después; a personas/a pueblos

*

Por todo lo que hemos dicho, descubrimos que el perdón no es la primera palabra cuando hablamos del perdón… el perdón es respuesta a una realidad anterior a él: el mal viene antes que el perdón. El mal, presente en nuestro corazón y en nuestro mundo por todas partes, encuentra en el perdón una respuesta y una victoria sobre ese mal que parece asolarlo, habitarlo, anegarlo, invadirlo todo.

Por eso, para comenzar a hablar del perdón, de esa importancia que le hemos atribuido, antes tenemos que hablar del mal. Y no del mal en general, sino del mal como esa constatación que hemos hecho, en algún momento de la vida, en relación a nosotros mismos.

(…)

El perdón de Dios, derramándose en nuestra profundidad, en nuestra fractura, nos restaura desde el fondo y nos recompone en lo mejor que somos: seres creados por el Amor, para amar. La prueba de que estamos hechos para amar así es que todos, si no estamos aletargados –como está Simón- o ciegos, perdidos, reconocemos en este modo de actuar de la mujer el modo liberado, gozoso, amante, entregado que es la forma más bella de nuestro amor. Esta mujer, que de pecadora se alza ahora como amante, enamorada, creativa, libre para usar todos sus dones en favor del amor, en favor de Jesús, es la imagen de lo que el ser humano, liberado de la muerte, está llamado a ser. Nuestra verdad, nuestro ser imagen de Dios. Y todos vemos también que el modo de Simón, que cumple invitando a Jesús pero luego actúa como un ser aletargado que no lo celebra ni lo reconoce realmente, que juzga en su interior a todos –a Jesús y a la mujer-, que vive aferrado a sus conceptos, a sus medidas esquematizadas, rígidas, frías, faltas de calor y de color, de humanidad, revela un déficit grave de humanidad.

El perdón renueva a la persona y la restaura en su esencia: este dinamismo amoroso que nos saca de nosotros y que, sin perder lo mejor de lo nuestro (otras cosas sí perderemos en este proceso), nos lanza a los demás. Ese dinamismo revela a la vez cómo el pecado es muerte y cómo el perdón es el comienzo de la vida nueva que nos devuelve a Dios y a los hermanos.

Podemos preguntarnos  si en nuestra vida hemos experimentado o no este perdón que te conecta con el amor de Dios y te vuelve amor. Si no lo hemos experimentado, ¿por qué ha sido? Si lo hemos experimentado, ¿qué hizo/ha hecho en nuestra vida?

De tal manera que a la pregunta que nos hemos hecho al comienzo de esta segunda parte: ¿qué le sucede a la persona que cree en Jesús y experimenta su perdón?, respondemos que

  • En primer lugar, hemos dicho, la persona que experimenta el perdón (dar o recibir perdón) descubre que el mal no es la última palabra, sino que el perdón, que es amor sobreabundante, es victoria sobre el mal y da lugar a una vida nueva que no está sometida a él.
  • Se abre a la salvación de Dios, que implica el reconocimiento de nuestra impotencia radical y nos abre a una salvación que viene por la fe, que reconoce que todo procede de Dios y reconcilia a la persona en su raíz.
  • Se experimenta como despliegue de la persona, que puede disponer para el bien de todas las energías que antes tenía paralizadas y retraídas, o dominadas por el pecado. La persona se revela en su verdad, en su plenitud –la intuye al menos- porque se descubre perdonada y por ello amada en su totalidad, también en lo que ella misma o los demás no pueden o no saben amarla, y se experimenta así integrada y lanzada, en plenitud, hacia la vida, que es con otros, para otros.
  • En esa integración profunda que el perdón supone, la persona que experimenta este perdón y su potencia salvadora se lanza a salvar a otros, vive y se entrega a ellos llamándolos al perdón, a la reconciliación que celebra la salvación de Jesús que se aplica y libera en todas las circunstancias de la vida.

Puedes descargarte el audio aquí:  El perdón… y el mal que le precede

 

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