De resistencias y otros obstáculos

Lectura del Deuteronomio (18,15-20)

Sal 94,1.2.6-7.8-9

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios (7,32-35)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»

Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Puedes bajarte el audio aquí: De resistencias y otros obstáculos

 

Otro elemento presente en nuestra vida cotidiana acerca del cual también nos advierte la Palabra de Dios, son las formas que toma nuestra resistencia a Dios, que van desde el temor hasta el franco rechazo. En este domingo, la Palabra nos va a iluminar sobre esta realidad presente en el tiempo ordinario, en la vida de todos los días, para que iluminados sobre estas realidades, no las neguemos ni quedemos atrapados en ellas.

El texto de la primera lectura hace referencia al temor que el pueblo de Israel tiene a escuchar directamente la voz del Señor, que perciben como un peligro mortal. Los israelitas, a través de Moisés, han pedido a Yahve que suscite un profeta entre ellos y que sea el profeta el que les transmita las palabras de Dios, del mismo modo que lo hace Moisés. Dios escucha sus súplicas al suscitar un profeta en medio del pueblo de Israel. A la vez, les comunica que ese profeta será según su modo: exige que dicho profeta diga todo lo que Dios ha dicho, y no añada nada por su cuenta, sino que tendrá que obedecer a Dios en todo, testigo suyo en medio del pueblo. Les dice que aquellos de entre los israelitas que no escuchen lo que dice el profeta, serán juzgados de ello por el mismo Dios.

Aquí escuchamos algo muy sorprendente y conmovedor. El pueblo tiene miedo de Dios, y Dios en vez de enfadarse -porque siendo tan compasivo con ellos y habiéndolos salvado de la esclavitud en Egipto, ellos siguen desconfiando-, les da lo que piden: un profeta que no se deje llevar por el miedo a Dios ni por las presiones del mundo, y que tenga el oído abierto para pronunciar la palabra de Dios y transmitirla al pueblo. Asimismo, lejos de dejar que el pueblo mantenga su resistencias en relación a la escucha de Dios, le exige que, habiendo atendido a la petición que le hacían, respondan a este profeta haciéndose, a través de él, obedientes al mismo Dios. Así es como Dios nos ayuda a enfrentar nuestras resistencias a obedecerle y servirle. Dios quiere que vivamos con Él y pone todos los medios necesarios para vencer nuestras resistencias y temores.

El salmo, por su parte nos advierte de que en las ocasiones en que escuchemos la voz del Señor – ya veíamos hace dos domingos alguna de esas ocasiones en las que puede manifestarse su voz como veíamos el segundo domingo de este Tiempo-, no endurezcamos nuestro corazón, sino que respondamos a esa palabra con toda nuestra vida: la acción de gracias, la alabanza, la dicha jubilosa son respuestas adecuadas a esa escucha de la Palabra de Dios que tantas veces se nos dirige en medio de nuestra vida cotidiana. El salmo nos advierte sobre el riesgo de endurecer nuestro corazón a pesar de tantas veces como hemos experimentado la bendición y el amor del Señor. Con esta memoria de lo que pasó en Masá y Meriba (puedes consultarlo en http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/CUARESMA/03A/1lec-comentario.htm)  se nos recuerda que también nosotros, aunque tenemos experiencia de que el Señor nos ha bendecido muchas veces, también conocemos cómo nuestro corazón se endurece y se hace insensible a las palabras que Él nos dirige en medio de la vida.

Estamos hablando de los modos que toma el rechazo de Dios en nuestra vida de todos los días. Hemos hablado en un principio del temor que nos produce la cercanía de Dios, su Santidad, tan enormes que ante su presencia nos sentimos anulados, incapaces de vivir. Otro tipo de resistencia que amenaza nuestra relación con Dios en el día a día es el endurecimiento del corazón que puede provenir de la autosuficiencia, de la rutina, de creernos que tenemos a Dios seguro o de nuestra parte, de manera que aunque en los momentos importantes de nuestra vida lo hemos reconocido, después lo olvidamos y nos volvemos indiferentes a Él en la vida de todos los días. El salmista nos aconseja que, contra esa frialdad de corazón que es el endurecimiento, nos ejercitemos en la acción de gracias y en la alabanza en medio de las situaciones cotidianas. Acción de gracias y alabanza que además nos volverán a Dios muchas veces al día.

Pablo nos habla en la segunda lectura de la necesidad de vivir con el corazón centrado en el Señor. Corremos el peligro de vivir, en el estado de vida en que nos encontramos, más atentos a lo que dicha situación vital requiere de nosotros que a reconocer a Dios en medio de todo. Sin embargo, en todas las situaciones y estados de vida en que nos encontremos, es preciso y es necesario poner en el centro al Señor.

El texto del Evangelio nos habla de un endurecimiento más grave: a través del encuentro en la sinagoga con este hombre que tiene un espíritu inmundo que rechaza a Dios, se nos ejemplifica otro modo de resistencia más grave que los anteriores. Es aquel rechazo por el cual nos enfrentamos a Jesús precisamente por ser quién es – sé quién eres: el Santo de Dios-. Se trata de aquella situación en la cual el temor que nos produce lo santo a nosotros, pecadores, no nos lleva a dirigirnos a Dios como hicieron los israelitas para pedirle alguien que mediara entre Dios y el pueblo, sino que, sometidos por la presencia del pecado en nosotros, rechazamos que venga Dios a nuestra vida precisamente por ser quién es, el Santo de Dios. Esta situación que se produce en la sinagoga cuando Jesús está enseñando, se produce también muchas veces en nuestra vida: al reconocer la sabiduría de Jesús, la autoridad, la verdad o la plenitud que trae, nos podemos ver tentadas a rechazar todo eso porque sentimos que será “o Él o yo”, es decir: si Jesús es todo esto que ahora estoy reconociendo, entonces mi vida tiene que someterse a Él, y ya no puedo ser yo quien haga de Dios -no te olvides de que nuestra mayor tentación es “ser como dioses”-. Esto no lo hacemos muy consciente, sino que lo que se nos hace consciente es el rechazo a que Dios sea Dios en nuestra vida, en la Historia.

A la luz de los textos de este domingo se nos advierte sobre distintos modos de resistirnos al Señor y se nos orienta también sobre las actitudes que nos pueden ayudar a vencer dichas resistencias para que sea Él quien ocupe el centro de nuestra vida, no solo en algunos momentos especiales, sino en la vida de todos los días.

No sé qué experiencia tienes de reconocer a Dios en tu vida cotidiana, pero si te animas a compartirla con nosotros en los comentarios, todos saldremos enriquecidos.

Imagen: Khachik Simonian, Unsplash

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