Sucede en medio de la vida

Lectura del libro del Levítico (13,1-2.44-46)

Sal 31,1-2.5.11

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,31–11,1)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en
descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Puedes descargarte el audio aquí: Sucede en medio de la vida

En este último domingo del Tiempo Ordinario  anterior a la Cuaresma,  se nos habla de cómo la vida que trae Jesús trastoca completamente todo lo que hasta ahora habíamos llamado vida: están las leyes que ordenan nuestro mundo, que dicen cómo hemos de hacer las cosas para tener la existencia controlada, y está Jesús, que viene a darnos vida incluso asumiendo el riesgo de  ocupar nuestro lugar en una existencia proscrita, amenazada.

Vamos a escuchar el relato de Efar, el hombre que era leproso y fue curado por Jesús.  Al escucharle,  verás cuál es la vida nueva y plena de bendición en la que Dios viene a convertir nuestra existencia cotidiana. Es un poco largo, ya lo siento… pero te mostrará otra aplicación de la lectura existencial que considero muy válida.

Solo después de muchos años he comprendido lo que aquel maestro judío hizo por mí. Yo entonces era joven, y me sentía con derecho a todo. O más bien, puesto que se me había arrebatado mi derecho fundamental, me sentía justificado para obtener de la vida todo lo posible. Qué necio fui. Y sin embargo…

Estaba recién casado cuando se declaró la enfermedad que me apartaría no solo de mi joven esposa, sino de mi familia, amigos, y de mi trabajo de escriba, por el que era tan apreciado. En cuestión de semanas, la vida me cambió de arriba abajo. Aparecieron unas manchas en mi piel que al principio traté como se tratan otras enfermedades, sin querer pensar siquiera en que pudiera ser lepra. No quise ver al médico cuando me lo propusieron, porque lo que él me hubiera dicho hubiera significado no solo la condena, en el caso que fuera lepra, sino también el que la enfermedad se hiciera pública y me viera obligado a apartarme de todo y de todos. Puedo decir que no sabía que era lepra, aunque en verdad, había visto en los ojos de mi abuela, que guardó silencio, lo que decía mi piel. Yo no quise verlo, y ahí estuvo el comienzo del mal. Al recordarlo, aún me estremezco de mi egoísmo y del riesgo que hice correr a mi esposa yaciendo a su lado cuando ya barruntaba lo que sucedía.

Aunque intenté ocultarlo –ella no hacía más que rezar y llorar-, la noticia se supo pronto, y lo imposible había sucedido: mi vida, llena de alegrías y esperanzas, había sido cortada en su trama vital y en adelante sería un extraño en la tierra de los vivos, alguien de quien solo se tiene memoria y un poco de conmiseración, pero a quien se despide como a un muerto, puesto que esta es la vida a la que la ley condena a los leprosos: la misma muerte.

La despedida fue terrible. Mi esposa no quería separarse de mí, mi madre me contemplaba con el corazón desgarrado, y todos los que me habían acompañado (ya a distancia) a la salida del pueblo se debatían entre el dolor por la despedida y la preocupación por el contagio. Caminábamos hacia el final del pueblo todos juntos, pero ya se había roto el lazo entre nosotros: en adelante, yo seguiría solo. No sé si puede haber una despedida tan dolorosa. Es verdad que la muerte lo es, pero la muerte tiene algo definitivo que te permite, al menos, despedirte y seguir adelante. Pero aquel que era yo se despedía de los vivos y pasaba, en mi vida mortal, a llevar la existencia de un muerto, o de alguien peor que un muerto: uno del que todos se alejaban al pasar, uno que se teme o se desprecia, uno al que se insulta y al que algunos llegan incluso a tirar piedras. Cuántas veces lloré, desconsolado, gritando a Yahvé, “¡yo no estaba preparado para esta vida!”. Cuántas veces pensé en quitármela, pues se me hacía intolerable el vivir. Cómo me resonaban entonces los salmos que expresan la desesperación del creyente, y cuántas veces repetí las blasfemas palabras de Job porque no había otras que expresaran con más acierto mi angustiosa situación. No sabía valerme, no sabía vivir en medio del descampado, expuesto a la noche, al frío y a las fieras.

Estaban así las cosas cuando un día mi hermano Natán me dijo que iba a pasar por el pueblo un rabbi del que decían que tenía poder para curar a la gente. Esto sería en tres o cuatro días, porque aún no había llegado al pueblo vecino, donde conocía a alguien que le ofrecería un lugar para dormir. Me dijo que podía burlar la vigilancia fácilmente y acercarme a él, y pedirle que me curara. Entre los dos planeamos cómo podía hacerlo, y estuve varios días apostado acechando el lugar por donde tenía que pasar. No tenía nada que perder, y me daba un motivo para afrontar el día. Aunque no consiguiera nada, había que intentarlo. El mal, sin remedios para aliviarlo, iba aumentando de día en día, afectaba a mis nervios y me tenía en un estado de excitación que me impedía dormir y descansar, además de no haber encontrado un lugar donde dormir serenamente, en medio de tantas amenazas como acechan en la oscuridad. Mi identidad humana se iba resquebrajando a medida que pasaban las semanas, los días. Pensaba que me iba a ir volviendo un animal, viviendo entre ellos como me encontraba. Los sentimientos humanos de los que antes tanto me enorgullecía se iban alejando de mí, y dejaban en su lugar una dureza helada que solo deseaba desgarrar, destruir. A veces me asustaba ver en qué me estaba convirtiendo, y lloraba por mi vida pasada y por lo que había perdido. Pero cada vez eran más los días en que ese sentimiento que no sé definir y que escapa de los límites de lo humano, ese sentimiento hecho de odio y resentimiento, de furia destructiva y del dolor que te lleva a la desesperación, me invadía y zarandeaba, dejándome exhausto. El dolor insoportable y la ausencia de alivio me iban asemejando a las fieras.

Al final no pasó en tres o cuatro días, sino que tuve que esperar casi el doble. Cuando por fin apareció, a lo lejos, caminando por donde Natán y yo habíamos previsto que pasaría, en el centro de un grupo de gente, supe al instante que era él. Era lo opuesto a lo que yo era, a aquello en lo que yo me había convertido. Violentamente deseé arrebatarle todo aquello que poseía y dejarlo en mi lugar. Eso es lo que pensé, y después, con mis fuerzas menguadas, me dirigí corriendo, con mi cencerro colgado del cuello, al lugar donde se encontraba. La gente que le rodeaba, al verme llegar se alejó rápidamente, dejándolo a él solo, con su mirada abierta, esperándome. Llegué y me postré a sus pies, y le dije, como pude, que me curara. No sé ni qué dije, solo tuve que expresar la angustia que me dominaba, el terror a que la vida durara un minuto más, la desesperación con que me enfrentaba cada día. Caí al suelo y dije algo que, como percibí en seguida, llegaba a lo profundo de su corazón y le hacía respuesta, acogida. Ante mis palabras, él alargó su mano y me tocó. Era el primer contacto humano que experimentaba en todo este tiempo, y ahora puedo ver hasta qué punto fue sanador. Me sacaba de la soledad, de la angustia, del terror, y me devolvía al contacto con los humanos. Cuando me tocó, sentí cómo si su carne limpia, sagrada, santificara la mía y la volviera de nuevo a su pureza original, la que había perdido. Al instante cesó el dolor, la angustia se disipó y quedó solo la memoria de lo vivido, de la que también he querido despojarme rápidamente como de un manto inútil. Supe que me había curado, y una alegría seca, posesiva, se instaló en el lugar de los dolores antiguos. Quise marchar de ahí cuanto antes, del desierto en que había vivido y no volver jamás. Ya no lo veía como lo opuesto a mí. Había recuperado mi figura humana, y solo quería recuperar mi vida sin perder un instante. Quise salir corriendo, pero él me estaba hablando con gravedad: No se lo digas a nadie; ve al sacerdote… Le dije que sí a duras penas, murmuré un gracias apresurado, desatento… y salí corriendo. Claro que se lo iba a decir al sacerdote, ¡la sorpresa que se iban a llevar todos los que me habían rechazado como a un apestado, como a un muerto! Y yo, en cambio, volvía, ¡y quería vivir! Crucé el pueblo corriendo hasta llegar a la casa del sacerdote, y mostré mi ropa hecha jirones y mi cuerpo limpio, y exigí a gritos a Jehudá, el mismo sacerdote que había declarado mi impureza, que reconociera ahora mi curación. Para entonces, mucha gente se había congregado a mi alrededor y me miraban con temor, por lo que tuve que explicarles lo que había sucedido. En algún momento me vino a la memoria su prohibición, pero la deseché enseguida porque ya había sufrido bastante, me dije. Y a todo el que me preguntaba, le decía qué había sucedido y cómo aquel rabbi me había tocado y había vuelto a la vida.

Porque eso hice. Volver a mi vida. Recuperar lo que había perdido, que ahora defendía y apreciaba más celosamente. Antes no lo sabía de este modo, pero me volví tan egoísta que, en medio de los humanos, seguía solo. No importaba más que mi deseo, mi criterio, mis modos de hacer las cosas. Rodeado de otros, me fui quedando solo. Hasta mi mujer, tan amante, tan paciente, me miraba con temor y diría que con un cierto hastío. Me había vuelto intratable y el miedo, un miedo muy semejante al que sentía en el desierto, se adueñó de mí. Todos se alejaban, y ya no era por mi lepra visible, sino por otra enfermedad invisible que hacía de mí, de nuevo, un apestado. Al principio no quería reconocerlo, pero era así. Ahora no me faltaba comida, no tenía dolor y no vivía entre las fieras. Ahora, la fiera era yo y se alejaban de la tristeza, la amenaza, la angustia que les producía mi presencia. Al principio no hacía más que quejarme, furioso, de su mirada temerosa que me hacía despreciarlos, del miedo en la mirada de los niños, de los múltiples sermones de Natán sobre mi modo de ser y del silencio impotente que se había instalado en nuestra casa.

Fue entonces cuando recordé al Maestro. Lo había olvidado, dejado atrás como había dejado todo lo que se refería a aquellos meses de pesadilla. Lo primero que recordé fue aquella certeza de que ese hombre era la antítesis de lo que yo era. Ahora pude comprender mejor hasta qué punto era así. No era solo que entonces hubiera cambiado mi lugar por el suyo, como creí entonces. Él, al contrario de mí, estaba dispuesto a dejarse alcanzar por mi dolor, a tocarlo y sacarme con ello de la soledad y la muerte en que vivía. Tocándome, me había traído una curación para mi lepra visible, pero me había alejado de su lado con mi lepra invisible, esa que era contagiosa y nociva para mí y los que estaban conmigo.

Recordando, caí en la cuenta de que me habían dicho que él había pasado a frecuentar los lugares por donde yo andaba entonces, inhóspitos y temibles como eran, y supe que yo había sido la causa de que él no pudiera ya volver a la ciudad. Iba descubriendo la enormidad de mi mal, un mal más grave que la lepra, que me invadía y me cegaba para toda otra cosa fuera de mi voluntad, mi egoísmo mortal. Y empecé a desear que me tocara de nuevo, no solo la piel, sino mi alma también leprosa. Rehacer el camino, volviendo al desierto, al lugar del sufrimiento, y encontrarme con ese hombre que no solo se había compadecido de mí y me había curado, sino que era capaz de vivir en descampado, como había vivido yo, en mi lugar… Deseé volver al desierto, dejarme tocar por él, y ser sanado de mi verdadera muerte.

Imagen: Om Prakash Sethia, Unsplash

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