1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 2, 42-47
Salmo 117, 2-4. 13-15. 22-24
2ª lectura: 1 Pedro 1, 3-9
Evangelio: Juan 20, 19-31
Estamos celebrando el tiempo de Pascua. ¿No lo has olvidado, verdad? A menudo nos ocurre que, después de felicitarnos la Pascua, volvemos a la vida de siempre. A esa vida que no nos da muchas alegrías y sí más tristezas de las que suponemos. Esa vida que no es para tanto, pero que es la vida que llamamos “normal”, y que nos parece buena mientras no pasen cosas muy malas.
La liturgia nos trae esta vida, la vida de la que la Palabra nos habla. La Vida Nueva que viene de Dios y que nos ofrece por la Victoria de Jesús sobre la muerte para siempre.
La reconoces en la primera lectura: en esa transformación de los discípulos cuya vida despierta la admiración de los que los rodean. Cuando se nos cuenta cómo viven, entendemos esa admiración: no es corriente entre nosotros la perseverancia en estas realidades que nos sobrepasan; no es habitual tenerlo todo en común, ni con los de dentro ni con los de fuera, es muy poco corriente compartir lo propio según la necesidad de cada uno; es extrañísimo que ese compartir se extienda al Espíritu, que sea el Espíritu el que nos lleve a compartir lo demás, que lleguemos a experimentar que ese gozo mantenido se viva con esa alegría que se contagia, con la sencillez de quien responde a la acción de Dios en sí; no pasa nunca, o casi nunca, que veamos los frutos de esta vida en la vida de los demás.
A esto es a lo que llamamos vida nueva, que manifiesta de modo visible en la vida de los que han acogido la resurrección de Jesús. En aquellas y aquellos que, iluminados por esta plenitud de la salvación que es la resurrección de Cristo, viven en adelante mirando a Dios más que a sí mismos, viven mirando a Dios llenos de gozo porque esta es la culminación de esta vida siempre rodeada de amor: Porque es eterna su misericordia.
Quizá digas que esto les pasa porque así, con ese amor, es fácil vivir. Lo cierto es que esta vida que nos ha traído Cristo es poderosa para vivir en medio de las dificultades. La prueba más clara, su entrega en la Cruz, en la que, porque se abajó por debajo de todos, ha sido levantado sobre absolutamente todo lo que existe (por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclame que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre Flp 2, 9-11), victorioso también sobre todo mal y sobre toda muerte.
Así Pedro, cuando escribe, se dirige a cristianos que sufren y que pueden, por la resurrección de Cristo, permanecer alegres en medio de las pruebas: Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas, y esto porque la alegría de la resurrección es tanta como para relativizar lo demás, también, dándole sentido: así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo.
En cuanto al camino por el que se obtiene la certeza de la resurrección. Este camino es la fe. Esa fe que Tomás aún no ha tenido que ejercitar cuando sus compañeros se encuentran por primera vez con Jesús, esa fe que a él le hace caer de rodillas ante el Señor en adoración, esa que vemos también en los primeros cristianos de Jerusalén: ¡Señor mío y Dios mío! Ese momento en que podemos ver, por la fe, que Jesús es el Señor, es el comienzo de la vida nueva: una vida que se vive en este mundo y se vive transfigurada por la fe, que nos lleva a los hermanos, que nos hace memoria agradecida, que nos da otra mirada sobre las pruebas, que nos postra en adoración.
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Imagen: Matt Flores, Unsplash

Si, Señor, quédate junto a nosotros que atardece. ¡Qué alegría tan inmensa saber que recorres el camino con nosotros!, ¡Qué torpes que tantas veces no te reconocemos!, pero sabemos como arde nuestro corazón cuando sentimos tu presencia, cuando nos hablas al corazón.
Pase lo que pase en nuestra vida, todo lo podemos vivir contigo… Ojalá vivamos con esta esperanza y esta confianza ciega de que nunca nos abandonas, de que siempre caminas con nosotros, de que tu amor fiel ha vencido sobre todo mal y toda muerte.
Gracias Señor, por haber puesto en nuestro corazón ese anhelo infinito que solo tú puedes llenar. ¡Qué hermosa es la vida si caminas con nosotros. Qué nos dejemos llevar por el gozode la Resurrección!