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Un ejercicio de lectura evangélica (II)

Jesús tomó de nuevo la palabra y les habló con parábolas: El reino de Dios se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Despachó a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron ir. Entonces despachó a otros criados encargándoles que dijeran a los invitados: Tengo el banquete preparado, los toros y cebones degollados y todo pronto; venid a la boda. Pero ellos se desentendieron: uno se fue a su finca, el otro a su negocio; otros agarraron a los criados, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó y, enviando sus tropas, acabó con aquellos asesinos e incendió su ciudad. Después dijo a sus criados: El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no se lo merecían. Por tanto, id a los cruces de caminos y a cuantos encontréis invitadlos a la boda. Salieron los criados a los caminos y reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos. El salón se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los invitados, observó a uno que no llevaba traje apropiado. Le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado? Él enmudeció. Entonces el rey mandó a los camareros: Atadlo de pies y manos y echadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Pues son muchos los invitados y pocos los elegidos. Mt 22, 1-14

Como hicimos la semana anterior, leemos la parábola que Jesús nos cuenta, atendiendo a leer al modo como Jesús nos la cuenta. Procuramos leerla con esa distancia crítica que se deja reflejar, en vez de leerla con la inmediatez de quien se fusiona mental o emotivamente a lo que escucha, incapaz de novedad y de respuesta. A nivel humano, esto es lo propio de la actitud adulta que sabe discernir lo que escucha y situarse ante ello del modo que percibe como más adecuado.

Ahora, Jesús nos habla del Reino. Y lo hace al modo de Dios, esto es, diciéndonos cómo se ve la realidad de la que habla, el Reino en este caso, desde la mirada de Dios. Ya solo el reconocimiento de quién nos está hablando y cómo lo hace tendría que ponernos en posición de “firmes”: despiertas, abiertos, conscientes y libres para acoger la Palabra que se nos dirige.

Un rey que celebraba la boda de su hijo. ¿De qué nos habla este comienzo? De poder, pues es un rey. De amor y de gozo, porque tu hijo va a comprometerse en unión gozosa.

El rey quiere comunicar este gozo a las gentes, a esas gentes que son sus invitados. Y los invitados ignoran la invitación (que no te salga la crítica cuando no toca: nada indica que el rey haya hecho nada malo por lo que rechazar su invitación, sino que, com se dirá al final, los invitados no se lo merecían). El rey, que quiere festejar el gozo de su hijo, al ver que los invitados rechazan ir a la boda de su hijo, los invita por lo que es menor: Tengo el banquete preparado, los toros y cebones degollados y todo pronto; venid a la boda. Qué dolor el del padre que acepta llenar la boda de su hijo querido con unos invitados que no vienen por él ni por el hijo… por un padre que intenta atraerlos por los manjares de la fiesta. Y siendo menor aquello por lo que les ha querido atraer, los invitados se desentienden: unos con excusas, otros con violencia. Todos con rechazo. Aquí tenemos señalada esa violencia que veíamos en la parábola anterior, y que vuelve a indicar cómo aquellos que fueron invitados, elegidos, privilegiados, han convertido en violencia y desprecio ese privilegio. No se engaña sobre los motivos del rechazo. No duda de sí, y por eso castiga duramente a los invitados ingratos.

Y el rey, este rey todo amoroso, todo alegría, sigue buscando invitados para la boda de su hijo. Invita ahora a los que están en los cruces de los caminos, a todos los que estén por las calles, para que vayan a la boda de su hijo, y los criados llaman a todos, malos y buenos. En esta segunda invitación, el rey se ha hecho, podríamos decir, más humilde (ya lo era, y aún no lo sabíamos): invita a todos, malos y buenos, a participar del gozo de su hijo que se casa con toda la humanidad.

Entra a la sala a ver a los invitados, para estar con ellos, para gozarse con ellos y celebrar su mutuo amor, y repara en que uno no lleva traje de fiesta. Y es que, seas bueno o malo, la invitación real te transforma en un elegido, y como elegido, has de responder a la llamada, a la invitación, al amor. El que no se ha vestido de fiesta se ha colado en la fiesta sin dejarse alcanzar por el amor. Ha venido por la comida, o para curiosear, para nada. Si no te dejas alcanzar por el gozo, por el amor, no participas en la fiesta. Y entonces –palabra de la parábola, palabra de Jesús, palabra de Dios-, eres echado fuera. En realidad, en lo profundo, solo hay esto: o el amor y la relación con Dios, que es fiesta incluso si tienes que luchar con tu mal, incluso si no te van bien las cosas, o las tinieblas que disuelven en la oscuridad todo lo que hagas.

Cuando llegamos a estas parábolas del juicio que son y van a ser las de Mateo durante algunos capítulos, solemos suavizar o minimizar lo que se dice aquí porque nos parece “excesivo”: “el infierno no existe”, “esto es una metáfora para…”, “esto ha hecho que la Iglesia haya sido tan dura en otros tiempos…”… y yo me pregunto, desde el aprender a leer que estamos practicando en estas entradas: “¿tiene derecho el discípulo a desoír la palabra del maestro cuando le disgusta, cuando no la entiende? ¿no será más humilde y más honesto preguntarle a Jesús qué quiere decir? Además, si desoímos sus palabras porque no nos gustan, ¿no estaremos haciendo como esos invitados a quienes se les ofrece algo grande y rechazan por sus excusas o sus violencias propias? Y si desoímos sus palabras porque no cuadran con nuestra idea de Dios, ¿no estamos prefiriendo nuestra idea de Dios a lo que Dios nos dice de sí?  ¿Tanto importa no ser molestados en nuestros asuntos que nos cerramos al dolor/amor de Dios? ¿No estaremos desoyendo esta injusticia manifiesta por no vernos molestados en nuestro interés, en nuestra mentira?

Si la Palabra de Dios se dirige a nosotros, ¿no es para que pongamos todo nuestro corazón, nuestras fuerzas, nuestra alma y nuestro entendimiento (cf. Dt 6, 4) en responder a Dios en lo que él ha dicho? Luego será tiempo de preguntar si no entendemos o de ser instruidos en lo que se nos resiste. Pero si para afirmar lo que entendemos nos cerramos a Dios, ¿no estamos ya en esas tinieblas a las que el rechazo del amor nos ha arrojado?

Imagen: NordWood Themes, Unsplash

1 comentario en “Un ejercicio de lectura evangélica (II)”

  1. GRACIAS SEÑOR POR ESTE MOMENTO DE REFLEXION EN TU PALABRA.PORQUE ATRAVES DE ELLA NOS MUESTRAS EL GRAN AMOR QUE NOS TIENES GRACIAS POR PERMITIRNOS ESCUCHARTE Y ENSEÑARNOS QUE ES LO MEJOR PARA TUS HIJOS
    GRACIAS POR TERESA PORQUE ATRAVES DE SUS ENSEÑANZAS HEMOS APRENDIDO A LLEGAR MAS A TI.NO PERMITAS QUE ME APARTE DE TI….🙏🙏🙏🙏

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