Dichosos los pobres en el espíritu, porque…

Como ya te dije, en estas entradas de los lunes vamos a ir comentando el evangelio de Mateo, y en esta ocasión, las bienaventuranzas. Vamos con la primera. Ojalá te haga desear esa vida que en principio solo nos produce rechazo…

Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el reino de los cielos.

¿Te acuerdas que habíamos dicho que para recibir el reino de los cielos había que arrepentirse, verdad? ¿Y que para arrepentirse era preciso dejar fuera lo propio para ser llenados por Dios? Los pobres de espíritu, que coinciden o no con los pobres materiales (aunque qué duda cabe que el haber padecido despojo, carencia, ausencia, es una ventaja de cara a este vaciamiento que todos tenemos que padecer) son los que están vacíos de lo suyo y pueden, por eso, acoger lo que Dios viene a traer. El rico de espíritu, y el que es rico de cosas, está tan lleno de lo suyo que a menudo ni siquiera tiene oídos para escuchar este mensaje, pero sin duda, no lo puede acoger, porque está ya lleno de lo que no importa, y no sabe o no quiere soltarlo, y se pierde lo que importa. Mira en qué te pasa esto a ti.

Como ves, estamos hablando de humanidad: gentes que están tan llenas de lo suyo que han dejado de sentir el anhelo de esa vida que llena (y dicen “esto no llena”, pero no lo sueltan y siguen vacíos-con-cosas-en las manos), y gentes que van soltando eso que creían que les llenaría y no les llena, y prefieren no tener a tener cosas, o ideas, o proclamas, que no son nada.

Y ahora, ¿quieres conocer a personas que son así, que viven así?

Te presento a Thor…

Me llamo Thor y vivo en Oslo, Noruega. En una de las ciudades más ricas del mundo, vivo de regalo. Empecé a vivir así cuando tenía muchos menos años que ahora. Mis padres no se querían, o eso dijeron, y se fueron cada uno por su lado, tendría entonces trece o catorce años. Yo me quedé al cargo de mi abuela. Al principio lloré mucho, no porque ella fuera una mala mujer ni nada de eso, sino porque echaba de menos a mis padres y no entendía el que se hubieran ido para siempre (luego no ha sido para siempre, pero cuando han vuelto yo ya era mayor). Mi abuela me daba de comer y todo eso, y al principio, a mí no me bastaba, pero poco a poco, empecé a alegrarme de cosas que pasaban en el día, cosas que me llenaban el corazón inexplicablemente, y notaba por dentro que podía elegir: o la pena que llevaba todo el tiempo por mis padres, o abrirme a esas alegrías pequeñas que eran solo para un rato, pero que se mostraban en su intensidad y me alegraban de verdad. Por ejemplo, estar en clase y pensar en que íbamos a salir al recreo, era una de esas alegrías. Si me alegraba de eso pequeño que se pasa en media hora, si me dejaba alegrar, la pena se desplazaba, no como cuando la olvidas, sino como cuando aceptas. Eso lo he aprendido después, porque esto se ha repetido desde entonces muchísimas veces, siempre en realidad: no suceden nunca las cosas que yo quiero, hasta el punto que he dejado de querer cosas, proyectos o lo que sea. Pero he descubierto que si me abro a lo que sí se da, sea una persona en la que no había reparado (nunca es la que yo elegiría), sea lo que había previsto hacer esta tarde o cualquier otra cosa, si me abro a lo que viene, recibo ahí algo mucho más grande que todo lo que yo hubiera podido imaginar. Ahora ya he aprendido que se trata de danzar con Dios, porque en estas cosas inesperadas, el que se me da es el mismo Dios, y cuando consiento a lo que me dice (que a veces es nada), mi corazón se alegra porque ha recibido un tesoro, mientras que cuando me empeñaba en lo mío, casi nunca lo lograba y nunca era como había imaginado… por este camino de vaciamiento concreto, preciso, constante, he sido vaciado de lo que pude considerar mío. Por este camino, Dios mismo ha venido a habitarme de Sí.  A pesar de las dificultades del camino, hoy puedo decir que soy dichoso. Dichoso, porque en este camino he aprendido a no desear sino lo que Dios me da.

La imagen es de Mark Daynes, Unsplash

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