En estas entradas leeremos el capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles, que prolonga las promesas hechas en el evangelio de Lucas y está escrito por este evangelista. De las muchas cosas que podemos aprender en cada uno de los textos, hay una que es esencial: escuchar esta palabra como Buena Noticia que es, de manera que ilumine y configure nuestra vida al modo de Dios.
En esta entrada y en las que siguen, estamos leyendo la Palabra en esta clave de Buena Noticia.
Pedro se puso de pie con los Once y alzando la voz les dirigió la palabra:
—Judíos y vecinos todos de Jerusalén, sabedlo bien y prestad atención a lo que os digo. Éstos no están ebrios, como sospecháis, pues no son más que las nueve de la mañana. Sino que está cumpliéndose lo que anunció el profeta Joel: En los últimos tiempos –dice Dios–
derramaré mi espíritu sobre todos:
vuestros hijos e hijas profetizarán,
vuestros jóvenes verán visiones
y vuestros ancianos tendrán sueños; también sobre mis siervos y siervas
derramaré mi espíritu aquel día
y profetizarán. Haré prodigios arriba en el cielo
y abajo en la tierra:
sangre, fuego, humareda; el sol aparecerá oscuro,
la luna ensangrentada,
antes de llegar el día del Señor,
grande y patente. Todos los que invoquen
el nombre del Señor se salvarán. Israelitas, escuchad mis palabras:
Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio, como bien sabéis. A éste, entregado según el plan previsto por Dios, lo crucificasteis por mano de gente sin ley y le disteis muerte. Pero Dios, liberándolo de los rigores de la muerte, lo resucitó, pues la muerte no podía retenerlo. David dice refiriéndose a él:
Pongo siempre delante al Señor:
con él a la derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón,
y goza mi lengua
y mi carne descansa esperanzada: porque no me dejarás en la muerte
ni permitirás que tu devoto
conozca la corrupción. Me enseñaste el camino de la vida,
me llenarás de gozo en tu presencia. Hermanos, puedo decíroslo con toda franqueza: el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva hasta hoy entre nosotros. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente carnal suyo se sentaría en su trono, previó y predijo la resurrección del Mesías, diciendo que no quedaría abandonado en la muerte ni su carne experimentaría la corrupción. A este Jesús lo resucitó Dios y todos nosotros somos testigos de ello. Exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado. Es lo que estáis viendo y oyendo. Porque David no subió al cielo, sino que dice:
Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi derecha, hasta que ponga tus enemigos
debajo de tus pies. Por tanto, que toda la Casa de Israel reconozca que a este Jesús que habéis crucificado, Dios lo ha nombrado Señor y Mesías. Lo que oyeron les llegó al corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles:
—¿Qué debemos hacer, hermanos? Pedro les contestó:
—Arrepentíos, bautizaos cada uno invocando el nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Pues la promesa vale para vosotros y vuestros hijos y los lejanos a quienes llamará el Señor nuestro Dios. Y con otras muchas razones les argüía y los exhortaba diciendo:
—Poneos a salvo, apartándoos de esta generación malvada. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron y aquel día se incorporaron unas tres mil personas. Hch 2, 14-41
El largo discurso de Pedro y los bautismos que se nos relatan en respuesta describen un episodio más de la conversión que se ha dado entre los judíos ante las palabras de Pedro, llenas de Espíritu.
Lo primero que hace Pedro en su discurso es explicarles aquello que no entendían: los que así actúan no están bebidos, sino que es el Espíritu de Dios quien los ha poseído y hecho hablar así. Lo que está sucediendo es que se cumple, ante vuestros ojos, la profecía de Joel, que anunciaba, de parte de Dios, que En los últimos tiempos derramaré mi espíritu sobre todos:
vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos tendrán sueños; también sobre mis siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día y profetizarán.
Esta efusión del Espíritu está sucediendo ante sus ojos, y Pedro les explica que esto significa un preludio de la llegada del día del Señor, grande y patente.
A partir de ahí, proclama la salvación de Jesús, en quien ha llegado el Mesías al que Israel espera desde siglos, y que Dios, por fin, ha enviado: Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio, como bien sabéis. A éste, entregado según el plan previsto por Dios, lo crucificasteis por mano de gente sin ley y le disteis muerte. Pero Dios, liberándolo de los rigores de la muerte, lo resucitó, pues la muerte no podía retenerlo. … Por tanto, que toda la Casa de Israel reconozca que a este Jesús que habéis crucificado, Dios lo ha nombrado Señor y Mesías
De nuevo, cita a Isaías para mostrar la victoria de Dios en Jesús de Nazaret, y exhorta a los judíos que le escuchan a la conversión: Arrepentíos, bautizaos cada uno invocando el nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Pues la promesa vale para vosotros y vuestros hijos y los lejanos a quienes llamará el Señor nuestro Dios. Y con otras muchas razones les argüía y los exhortaba diciendo: —Poneos a salvo, apartándoos de esta generación malvada. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron y aquel día se incorporaron unas tres mil personas.
La promesa de Dios se ha cumplido en Jesús y ya está aquí la salvación, a la que debes entregarte renunciando, por el bautismo, a todo pecado, que es muerte, y abriéndote a la vida y a la salvación que Dios nos da en Jesucristo.
¡No me digas que esta no es una Buena Noticia, para nosotros y para todos aquellos, cercanos y lejanos, como dice la Escritura, a los que llegará esta salvación!
Pedimos al Espíritu que ilumine y transforme nuestras vidas, en favor de muchos, a la luz de lo que la Palabra que Dios viene a mostrarnos. Que la lectura de esta Buena Noticia te ayude a reconocerla en otros textos también.
Imagen: Nordwood Themes, Unsplash
