En estas entradas leeremos el capítulo 22 del evangelio de Lucas. De las muchas cosas que podemos aprender en cada uno de los textos, hay una que es esencial: escuchar esta palabra como Buena Noticia que es, de manera que ilumine y configure nuestra vida al modo de Dios.
En esta entrada y en las que siguen, leeremos la Palabra así, como Buena Noticia.
Todavía estaba hablando, cuando llegó un gentío. El llamado Judas, uno de los Doce, se les adelantó, se acercó a Jesús y le besó. Jesús le dijo:
—Judas, ¿con un beso entregas a este Hombre? Viendo lo que iba a pasar, los que estaban con él dijeron:
—Señor, ¿herimos a espada? Uno de ellos dio un tajo al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús le dijo:
—Ya basta.
Y tocándole la oreja, lo sanó. Después dijo Jesús a los sumos sacerdotes, guardias del templo y senadores que habían venido a arrestarlo:
—¿Habéis salido armados de espadas y palos como si se tratara de un asaltante? Diariamente estaba con vosotros en el templo y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora, el dominio de las tinieblas. Lo arrestaron, lo condujeron y lo metieron en casa del sumo sacerdote. Pedro le seguía a distancia. Habían encendido fuego en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos.
Una criada lo vio sentado junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:
—También éste estaba con él. Pedro lo negó diciendo:
—No lo conozco, mujer. A poco, otro lo vio y dijo:
—También tú eres uno de ellos.
Pedro respondió:
—No lo soy, hombre. Como una hora más tarde otro insistía:
—Realmente éste estaba con él, pues, también es galileo. Pedro contestó:
—No sé lo que dices, hombre.
Al punto, cuando aún estaba hablando, cantó el gallo. El Señor se volvió y miró a Pedro; éste recordó lo que le había dicho el Señor: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Salió afuera y lloró amargamente. Lc 22, 47-62
Cuando escuchamos el relato de la Pasión, por una parte sentimos dolor por lo que está viviendo Jesús; por otra parte, alejamos de nuestra vida este dolor que, decimos, Jesús, que es alguien superior a nosotros, seguramente no sufre.
Sabemos, a la vez, que Jesús se ha encarnado y con ello nos muestra el verdadero modo de vivir nuestra humanidad, que se vive con él. A la vez, Jesús se ha hecho semejante a nosotros en todo menos en el pecado, y eso hace que veamos que él vive de otro modo que nosotros, pero no porque no sufra como solemos pensar, sino porque ha asumido nuestra humanidad a la vez que la vive sin la epidemia que el pecado es, y eso hace que lo viva todo de otro modo que nosotros.
Así vemos cómo se vive en relación con el Padre en medio de nuestro mundo. Vemos así cómo se vive en nuestro mundo desde la vinculación con él.
Lo primero que se nos presenta es la traición de Judas. Reconoce la diferencia entre el modo de relacionarnos con esta traición, y la verdad desde la que Jesús se sitúa. Nosotros hubiéramos reaccionado, desde el cerramiento de cualquier tipo, desde la venganza con que reacciona después (entendiéndola como amor seguramente), uno de los discípulos, y Jesús corrige su acción curando al criado. Lo que ha hecho siempre, sanando nuestras heridas. Aquí entendemos qué significa hacer la voluntad del Padre.
Después se enfrenta a los sacerdotes, guardias y senadores que han venido a arrestarlo, cuando él ha estado entre ellos en el templo y no han hecho nada. Jesús denuncia este gesto de los sacerdotes, de los senadores, de los guardias, como una forma concreta del dominio de las tinieblas que los tiene dominados. Ellos no entenderán nada de lo que dice, porque es la hora del dominio de las tinieblas.
Lo mismo en relación a Pedro. Jesús ha sido conducido a la casa del sumo sacerdote, y se nos muestra cómo está en medio de nuestras mentiras, mientras que Pedro, que ha amado tanto al Señor, se ha visto sometido al miedo, al ser como otros, que le llevan a negar a Jesús. Vemos así qué es hombres y mujeres al modo de Jesús, que también en esta hora, ha vivido para salvarnos.
Imagen: Weronika-Karczewska, Unsplash
