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Comunión

Lectura del libro de los Números (11,25-29)

Sal 18

Lectura de la carta de Santiago (5,1-6)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,38-43.45.47-48)

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»

Puedes descargarte el audio aquí.

Nosotros vemos la realidad encapsulada, aislada, atomizada. Pero la realidad no es así. La realidad en que vivimos, nuestra vida, nuestra historia, está enteramente atravesada por Dios.

¿Quieres que lo veamos con un ejemplo? El de la primera lectura nos viene muy bien.

Moisés tiene un espíritu que ha recibido de Dios. Ese espíritu que está en Moisés se lo comunica el Señor a los setenta ancianos del campamento, de modo que todos ellos empiezan a hablar en nombre de Dios -en eso consiste el espíritu de profecía, en ver y proclamar lo que has recibido de Dios-. Se da la circunstancia de que dos de esos ancianos, que no habían acudido a la tienda del encuentro, se ponen también a profetizar: es decir, el espíritu de profecía les alcanza también a ellos, aunque no están reunidos con los demás.

¿Qué significa esto? Que cuando Dios derrama su espíritu, este alcanza a todos aquellos a los que él quiere, de tal modo que los que son alcanzados viven en comunión con Dios porque participan de su espíritu.

Ocurre entonces que Josué, ayudante de Moisés, se molesta por esto: “¿Cómo es que están profetizando estos? ¡Moisés, prohíbeselo!”

Por el contrario, Moisés celebra que estén profetizando los ancianos que están en el campamento, y aún desea más: ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu! El deseo de Moisés, que está habitado por el espíritu de Dios, es desear según el modo de Dios. Por eso, lo que Moisés desea es que el espíritu de Dios se infunda, no solo a todos los ancianos, sino a todo el pueblo. Moisés desea, con el espíritu de Dios, que el espíritu de Dios se infunda, no solo en todos los ancianos, sino en todo el pueblo.

Eso mismo desea Jesús, como hemos escuchado en el evangelio: Jesús ve cómo el que actúa en nombre de Jesús manifiesta la comunión con él, también si no es de nuestro grupo. Porque quien realiza la comunión es Dios en nosotros.

Por el contrario, es el pecado el que crea división. Y también de esto tenemos un ejemplo: en esta realidad tan integrada que tendría que ser nuestro cuerpo -nuestras manos, nuestros pies, nuestros ojos-, hemos de arrancar de nosotros lo que no sirva a la comunión, por amado, por “nuestro” que sea. La comunión no se da entre los miembros del cuerpo por muy unidos que estén entre sí, sino que lo que trae la comunión es servir a Dios. Por el contrario, lo que no está unido a Dios está sometido al pecado. Y lo que está sometido al pecado, por necesario y valioso que parezca, hemos de arrancarlo de nosotros. Tanto a nivel social o eclesial- Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar-, como a nivel personal – Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno-.

Esta enseñanza suena dura, sin duda. Pero tanto en su grandeza -la promesa de comunión a la que se nos llama- como en su abismo -el riesgo de perder la vida para siempre-, la comunión se nos ofrece como una oferta inmensa… o la irreparable pérdida de su ausencia.

No solemos hablar mucho de comunión los creyentes. Y sin embargo, Dios es Relación, Dios es Comunión, y nos llama a una relación que es comunión con Él mismo y con todo lo que Él ha creado.

Este domingo puede ser una buena ocasión para empezar a reconocer que Dios, que es Comunión, realiza y produce la Comunión en todos los seres que ha creado. La Comunión nos muestra una vez más este modo suyo que es Palabra que se hace Vida.

¿Qué te parece si lo compruebas tú mism@ en el salmo y la segunda lectura?¡ Y luego nos lo cuentas en los comentarios!

Imagen: Idella Maeland, Unsplash

4 comentarios en “Comunión”

  1. Muchas gracias, Teresa!!!!!!!
    Este comentario me ha dado mucha luz. Me cuesta el conflicto, y cuando leo el texto muchas veces me quedo enganchada en eso pequeño que es la corrección. El comentario me ha ampliado la mirada y me ha llevado más allá, a eso más grande que es el Amor, a poner la mirada en ayudar a que el hermano tenga Vida, en que se salve…. Me quedo con ello en el corazón para ir pidiendo a Jesús que me enseñe.
    Un besico y muchas gracias!!!!

    1. Qué bueno cuando el evangelio nos ilumina la vida así, en lo concreto. Así nos iba enseñando Jesús. Gracias, Maider, por contarnos cómo te ha servido. Un abrazo!

  2. Las lecturas, el salmo, el evangelio y tu comentario me invitan a reflexionar y rezar sobre esas cosas que me impiden el encuentro con el otro… estar en comunión con mis hermanos, con la naturaleza, con Dios que se manifiesta en la vida. Sin rollos de culpa, pido valentía y luz para mirar el pecado de frente y ayuda de Dios para erradicarlo de raíz.

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