Adviento (I). ¿Qué hacer?

Lectura del libro de Isaías (63,16b-17.19b; 64, 2b-7)

Sal 79,2ac.3b.15-16.18-19

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,3-9)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,33-37)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

Una vez más, el tiempo de Adviento. Ese tiempo en el que nos  orientamos a celebrar el nacimiento de Jesús. Este tiempo en el que volvemos a caer en la cuenta, o lo intentamos al menos, de que el Hijo de Dios vino a habitar en nuestra tierra y lo hizo como uno de nosotros. Los domingos del Adviento nos quieren volver a poner en sintonía con eso que celebramos el año pasado, y seguramente, el anterior año y el anterior… y que hemos olvidado.

¿Por qué digo que lo hemos olvidado?  Porque todos los años escuchamos decir,  o incluso decimos eso de “todos los días tendrían que ser Navidad” o cosas parecidas, aunque no lo estamos pensando en serio. De hecho, ¿cuántas veces hemos intentado que fuera Navidad a lo largo de este año?  No seré yo quien te lo diga, puesto que tenemos la palabra de Dios, la experiencia de tantos creyentes a lo largo de los siglos, que una y otra vez, como nosotros, se vuelven a Dios y reconocen -siendo nuestro Dios tan bueno como es y estando siempre a nuestro lado como está-,  se han olvidado de él, nos hemos olvidado de Él.

Así lo dice el texto de Isaías que tenemos cómo primera lectura: jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera  en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Después de este año que acaba de transcurrir, en el que reconocemos que hemos intentado vivir desde nuestro yo, sin Dios, y la verdad es que no nos ha ido nada bien, nos volvemos a él con las palabras de Isaías: nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa.

Quizá estas palabras no te dicen mucho todavía. Quizá te suenan a lenguaje de otro tiempo,  y eso te distrae de la súplica y el lamento que expresa el profeta. Y es que quizá, para entender estas palabras, hace falta también situarse en contexto – como sucede, por otra parte, en todas nuestras conversaciones-. El contexto en el que hay que situarse es este: el reconocimiento interior de que cuando vives desde tu yo, yerras el camino. Esto no son rollos para cargar conciencias, o decirte que te tienes que sentir mal. El profeta, el hombre de Dios que habla en favor de su pueblo y  pronuncia palabras que gritan lo que debería haber en nuestro corazón. Por eso, déjate decir, a través de las palabras de Isaías, lo que de verdad hay en tu corazón, aunque igual estás tan lejos de escucharlo que no lo reconoces.

El contexto es que la Palabra de Dios se hace verdad, se hace real para quienes conocen su pequeñez, para quienes han experimentado que solo con Dios aciertan en el camino de la vida. No sé si esto te pasa a ti. No es tan corriente entre nosotros. Isaías lo tiene muy claro: él personalmente, y sin duda el pueblo de Israel, a pesar de tanto cómo ha recibido de Dios a lo largo de este año y de todos los años, ha vuelto a dejarse engañar por la ilusión de que puede hacerlo solo, de que no necesita de Dios… y ha  fracasado. Por eso, Isaías, en nombre del pueblo (que es lo mismo que decir por amor a su pueblo con el cual se identifica), vuelve a nombrar la relación de origen, esa en la cual cada uno de nosotros descubre su lugar, esa que permite que volvamos a la vida: Y, sin embargo, Señor, Tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. Cómo se abre la vida cuando volvemos a caer en la cuenta de esta vinculación fundamental que nos sostiene. A esta luz, todo vuelve a tener sentido, tu vida descansa en la confianza y te abres a dejarte conducir. Una vida en la que nos hacemos de nuevo niños, para contemplar al Niño.

Ahora bien, vivir de este modo supone que Dios este en el lugar que ha estado ocupando nuestro ego. Vivir de este modo supone volver al propio interior, reconocer la propia culpa, los caminos por los que nos hemos extraviado, y pedirle a Dios que nos vuelva a poner en el camino que abre a la vida. Vivir de este modo supone volverse a Dios y vivir atentos en adelante.

Es por esto que el Evangelio nos habla de vigilancia. Porque ya nos hemos equivocado muchas veces, y hemos intentado construir una vida según nuestra idea, según nuestro yo, y hemos errado. Igualmente, tenemos experiencia de haber vivido la vida con Dios y sabemos que es la vida más dichosa que cabe, la que de verdad sabe a vida, la que te muestra el sentido, la luz, el color y el sabor de las cosas. Pero, por nosotros mismos, no podemos mantenernos en este modo de mirar que solo es posible si Dios nos lo concede a cada paso, esto es, si vivimos con Dios. Por esto, al comienzo de este Adviento, el Evangelio nos hace esta llamada a estar vigilantes. Tanto si te sientes desorientad@ y no sabes para dónde tirar, como si te encuentras tan lejos de Dios en tu corazón que crees que ya no va a venir, o si estás en un momento de esos que te parece estar en “la cresta de la ola” y piensas que no necesitas a Dios para nada…  vigila, estate atento, que no se descentre tu corazón si estaba centrado, que no dejes de confiar en que Dios vendrá en algún momento a mostrarte el camino si no lo estás. Vigila, vela, que la mirada no se pierda en lo inmediato, atiende a lo importante… para no perder la vida.

Para no perder la vida es por lo que después de todo este año, uno recuerda ese hecho que hace muchos, muchos, muchos años, cambió por completo nuestra historia (esto lo decimos muchas veces, pero en este caso es verdad). El Hijo de Dios vino a habitar entre nosotros  y nos mostró un modo nuevo de ser, de vivir, de relacionarnos, de implicarnos en el mundo. Pero esto que nos ha cambiado la vida requiere de nosotr@s una respuesta que se sitúe en tensión hacia Jesús, en tensión hacia la vida, en tensión que va de vivir apoyados en Jesús ante la realidad que nos rodea.

Esto ya es muy grande, ¿verdad? Pues no es todo… aún hay más.  Es más el que este modo de ser y de vivir es un modo que se fundamenta en un amor. Lo que más deseamos cuando conocemos a Dios, cuando descubrimos lo grande que es su amor por nosotros, lo grande que es amarle, lo que más deseamos es encontrarnos con él, vivir con él. Es lo que expresa tan intensamente Isaías en la primera lectura: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases,  derritiendo los montes con tu presencia!

Podemos vivir una vida con Dios porque Dios ha venido a habitar entre nosotros.  Él quiere, ¿quieres tú? Este primer domingo se nos ha dicho cómo mantenerse en esta relación que cambia la vida. Tu vida y la vida del mundo que te rodea.

Si te parece, cuéntanos tu experiencia en los comentarios.

Imagen: Artem Sapegin, Unsplash

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