Contemplación para acoger las horas graves de la vida

Mientras paseaban juntos por Galilea, Jesús les dijo: —Este Hombre será entregado en manos de hombres que le darán muerte. Pero al tercer día resucitará. Ellos se entristecieron profundamente. Mt 17, 22-23 comentar con el primer anuncio de la pasión 16, 21-22 y con el tercero Mt 20, 17-19

En esta ocasión, comentamos juntos los tres anuncios de la pasión, en este día de Lunes Santo en que la mirada de sus seguidores se nos concentra, más que nunca, en Jesús. Copio los textos a continuación.

Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Mt 16, 21-2

Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó a sus doce discípulos aparte en el camino, y les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará. Mt 20, 17-17

Esta contemplación está pensada para acoger las horas graves de la vida. Estas pueden ser las muertes de seres queridos o el dolor de nuestro mundo; las hambrunas, las guerras, las migraciones, las pandemias como la que ahora vivimos, y también las situaciones particulares de abuso, paro, soledad, incomprensión, tristeza, angustia, desvalimiento. En el modo como Jesús enfrenta el sufrimiento y la muerte encontramos la clave para vivir nuestro sufrimiento y nuestra muerte. 

Se nos dice que Jesús, por segunda vez y a pesar de haber visto que no le entienden, sigue instruyendo a los discípulos. El mensaje central es ahora esta salvación que ya no se centra en lo visible, sino que arranca del núcleo, que es la misma persona de Jesús: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días, resucitará. El mensaje que escuchamos aquí es sustancialmente el mismo que escuchamos en 16, 21-22 y que el siguiente de Mt 20, 17-19. La enseñanza dada a los discípulos se centra aquí en lo esencial: la muerte, el enemigo que vence sobre todo lo nuestro, y la vida, que va a tomar, por la entrega de Jesús, una densidad desconocida hasta ahora. Lo que íbamos reconociendo: que en Jesús la realidad queda redefinida y se entiende de un modo radicalmente nuevo, se contempla en toda su profundidad en los anuncios de la pasión.

Contempla la muerte, nuestra muerte, y contempla la muerte de Jesús: lo que la muerte hará en él, y el modo como por la resurrección resultará vencida.

Contempla la vida tal como la conoces, como anhelo de vida y tal como se da, sometida a la muerte, y contempla la Vida que se abre por la fe en la resurrección.

Contempla ahora a los creyentes para quienes esta muerte y esta Vida traída por Jesús no tienen relevancia alguna, y siguen viviendo como si no hubieran conocido este anuncio, siguen viviendo como los que no tienen fe.

Contempla ahora a los creyentes que han creído en este anuncio y el modo como esta muerte de Jesús y esta Vida que trae han transformado, van transformando, por la fe, sus propias vidas.

Así como decimos que el anuncio de Jesús es el mismo, lo que cambian son las respuestas de los discípulos. Esto habla de la fidelidad de la decisión de Jesús y de su consistencia. Y habla de nuestra inestabilidad esencial, que revela dónde estamos arraigados cuando no lo estamos en Jesús.

  • En 16, 21-22 “Pedro lo tomó aparte y se puso a increparlo”. Ceguera por parte de quien, representando a los discípulos, demuestra no haber entendido el mesianismo de Jesús, y además, intenta entorpecer el camino de Jesús, negando la realidad porque no la comprende –y mucho menos la acepta-.
  • En este segundo anuncio se nos dice, como respuesta de los discípulos a la enseñanza de Jesús: “se entristecieron profundamente”. Esta tristeza es comprensible, y pone a la luz nuestra impotencia ante la muerte, y la necesidad que tenemos de esperar en Jesús.
  • En el tercer anuncio, en el c. 20, ya no hay respuesta de los discípulos, seguramente por esa misma tristeza, o por miedo.. Jesús sigue enseñándoles, y mantener los oídos abiertos, seguir escuchando a Jesús que sube a Jerusalén, será nuestra salvación. Nuestra salvación está en no separarnos del único que puede salvarnos.

¿Cuál es, en cambio, la actitud de Jesús?

  • Ante la respuesta de Pedro, Jesús rechaza toda tentación de desviarse de su camino de padecimiento y muerte porque quiere la voluntad del Padre, que supone acoger la realidad de mal y de muerte que se da en nuestro mundo para vivir desde ella. Rechazará, por tanto, con violencia, cualquier tentativa, por “bienintencionada” que parezca, de desviarle del camino en el que camina confiado en el Padre: “¡Ponte detrás de mí, Satanás!”
  • Por el segundo anuncio, vemos que Jesús revela su fidelidad al Padre en no evadirse del camino marcado, sino que les instruye en este camino de sufrimiento en el que ha consentido, que manifiesta el amor y la entrega que son su corazón, su obediencia.
  • Por el tercer anuncio vemos a Jesús caminando hacia Jerusalén: la enseñanza de Jesús no son sólo palabras, sino acciones que manifiestan su obediencia al Padre. Esta consistencia que se manifiesta en la continuidad entre sus obras y sus palabras es enseñanza que nosotras, como discípulas, estamos llamadas a realizar.

Observa el contraste entre la actitud de los discípulos y la actitud de Jesús. Nuestra tristeza, nuestra impotencia, nuestro temor por un lado, y por otro la consistencia y fidelidad de Jesús, que vive arraigado en el Padre y se abre por tanto a la verdad de lo real desde él. Mira su vida arraigada en Dios y la nuestra, sometida al pecado.

Por la muerte y la resurrección de Jesús que aquí se anuncian, nosotros podemos vivir una existencia que no sea ya quebradiza, inconsistente, sino una vida que recibe su fundamento del arraigo en Jesús, de la fe en él.

Imagen: Jordan Whitfield, Unsplash

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