Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11
Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28, 16-20
Grandes son las palabras que escuchamos en la Escritura. Más grandes, aun, cuando las escuchamos en comunidad y podemos hacernos conscientes de que esta es la vida que Jesús, al encarnarse, la vida que él mismo ha vivido y que por su muerte y su resurrección, nos ofrece para vivir. Una vida que no se puede expresar con palabras, y que requiere que creamos en Él, en las palabras que nos ha dicho, en las obras que hemos visto (Jn 14, 10-11).
Conozco a una persona que, después de pasar un sufrimiento grande, recibió una palabra de Dios que le decía que estas realidades que conocemos porque Dios nos las ha revelado (las fiestas que ahora vamos a celebrar: Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, así como esas otras verdades de nuestra fe que son la Encarnación, la Pasión y la Muerte de Jesús, la Resurrección) eran la verdadera realidad, la realidad por la que vivimos, más real que esas otras que vemos cada día. Desde esta palabra de luz, tan difícil de expresar, vamos a referirnos a este día de la Ascensión del que nos hablan las lecturas como una de esas realidades que vienen a iluminar nuestra vida.
La Ascensión de Jesús manifiesta la plenitud de su victoria. Después de haber resucitado y de habernos instruido sobre esta vida nueva que se nos ofrece en adelante en virtud de su victoria, Jesús asciende al cielo, de donde descendió un día para llevar a plenitud el proyecto salvador de la Santísima Trinidad sobre nosotros: hacerse carne de nuestra carne para así salvarnos desde dentro de nuestra condición pecadora, haciéndose semejante a nosotros en todo, menos en el pecado.
De este modo, la victoria definitiva de Cristo al volver al Padre, de quien procede, realiza la salvación en nuestra vida al prometernos su Espíritu para prolongar, por Él, con Él y en Él, la existencia hecha misión en favor de todos los seres humanos que ha sido la suya.
La promesa del Espíritu Santo prolonga así, entre los que hemos creído en él, la vida que Jesucristo ha hecho posible para nuestra vida. Es por eso que la carta a los Efesios que hemos proclamado como segunda lectura nos revela, en esta fiesta que sobrepasa todo lo que podemos desear y contemplar, la realidad de lo que Dios nos ha obtenido en Jesucristo: la esperanza a la que os llama, la riqueza de gloria que Dios da en herencia a los santos, la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, desplegada en favor de Cristo para nuestra salvación.
… por no hablar de la última palabra, profundamente consoladora y transformadora, que se pronuncia en el evangelio de Mateo: Y sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin de los tiempos.
Por esto te exhortaba a caer en la cuenta, al comienzo, de la realidad de las verdades que la Palabra nos presenta, y que aunque a veces nos parecen tan grandes que superan nuestra pequeña vida por todos los costados, son lo que Dios nos ha regalado para vivir, por su pasión, su muerte y su resurrección. Y son tan enteramente plenas, que el vivir creyendo en estas palabras, hace que las reconozcamos como vida que transforma nuestra vida.
¡Pidámoslo unos para otros!
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Imagen: Bennet Tobias, Unsplash

Muchas gracias Nieves por el poema, ayuda mucho!
Se vislumbra q el milagro de la Pascua es en cada uno, y así compartiéndolo nos introducimos también, en lo q podemos, unos a otros en esa Pascua q es Jesús. Un regalo como lo expresas..