Si vuestro corazón busca a Dios, ¡¡dichosos!!

Habíamos empezado a comentar, no sé si recuerdas, las bienaventuranzas… Hoy Jesús nos empieza a contar cómo mira él la vida, a qué llama dicha… contrástalo con lo que ves tú, con lo que miras y vives tú…

¡seguro que tenéis mucho de qué hablar!

Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.

Los que tienen un corazón limpio ven la brizna de esperanza que aletea en el corazón de la muerte. Ven el bien que permite seguir luchando cuando el mal nos llevaría a tirar la toalla, a abandonar, a darlo todo por perdido. Los que tienen un corazón limpio mantienen la fe, ven la luz, cuando las tinieblas parecen anegarlo todo. Su mirada les permite reconocer a Dios en medio de nuestro mundo que tan a menudo no lo reconoce, lo niega, lo oscurece. Los que tienen un corazón limpio son los niños, los viejos y los tontos, y también los que parecen niños, o viejos, o tontos. Esos que no tenemos en cuenta, esos cuyo modo de mirar no tenemos en cuenta. Sin embargo, su mirada es capaz de ver a Dios, y señalárnoslo para que sepamos hacia dónde caminar. Y si su mirada limpia puede ver a Dios, su mirada limpia nos encamina hacia la verdad, nos señala las briznas de luz, de esperanza, de vida que nos sostienen en el camino hacia Él. La luz de su corazón, de su mirada, es lugar de Dios en medio de la oscuridad de nuestro mundo.

Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Los bienaventurados, los que Jesús llama dichosos, no son solo un tipo de gente. Son gente de muchas clases que, a lo largo del mundo, vive del fuego que Dios ha prendido en su interior. Son gente distinta, pero tienen esto en común: que todos ellos, que todas ellas nos recuerdan esa luz que ha sido Jesús, esa luz que ha dado vida y esperanza en medio de nuestro mundo, esa luz que estaba en medio de nuestro mundo, pero venía de más allá de nuestro mundo, latía con la fuerza, el poder, el vigor de Dios.

Mira a estos nuevos “dichosos”, los que construyen la paz… hacen fructificar la semilla que Dios ha sembrado en ellos, a pesar de que luchar por construir la paz en medio de nuestro corazón en guerra, en medio de tantas situaciones de conflicto, en medio de tanta mentira y tanta violencia, va a hacer de ellos, de esos hombres y mujeres personas con un anhelo, sí, y con un dolor, el de contemplar cuántos focos de guerra para tan poca paz que se genera…

Y sin embargo… serán llamados hijos de Dios, porque no miran ni viven las cosas al modo del mundo, sino que las miran y las viven al modo de Jesús, el Hijo, que se ha entregado en nuestro mundo para vencer al mal, y al final lo ha vencido, sin resistirse siquiera a que la paz, la paz definitiva fuera al precio de su vida (Ef 2, 14-16).

Estos dichosos tendrán su dicha en el parecerse a Jesús, a quien reflejan, a quien viven unid@s. ¿Ves que no son todos iguales, sino que en lo que vive unido a Dios hay muchos motivos de dicha, tantos como formas tiene Dios de venir a nosotros?

Sin duda, l@s que viven así hacen presente a Dios en medio del mundo. Ya vamos viendo que esta es una humanidad como la nuestra, pero más densa que la nuestra, más profunda, más radicalmente dispuesta a vivir de lo que importa. Y cuando vives así, buscas, y encuentras, a Dios como referente. Necesitas de Dios para vivir. Descubres, y esto es inaudito, que Dios quería vivir contigo, para ti, para muchos.

Ahora, te presento a personas que viven así: 

Un corazón limpio

Luisinho es un hombre de 58 años al que se le nota la bondad en los ojos. Una bondad llena de inocencia, como la que vemos en los ojos de los niños. Y no te la explicas, porque le ha pasado de todo. Lo mandaron sus padres a trabajar a la ciudad con seis años, porque no podían mantener a los hijos y en la ciudad tenían un tío que les iba a buscar algo. Luego no fue así, sino que Luisinho tuvo que buscarse la vida: hacer recados cuando se podía, limpiar zapatos cuando se hizo un poco mayor, y todo en medio de mucha soledad y miseria. Y así siguió la vida, porque no lo ha tenido fácil después: siguió, y sigue, limpiando zapatos, pero cada vez hay menos gente que quiera que le lustren. Y en medio ha repartido periódicos, tuvo una camioneta de un amigo un tiempo, pero aquello falló… tampoco ha tenido niños, como le hubiera gustado, porque la mujer a la que quiso murió joven y te dice, como disculpándose: “uno es hombre de una sola mujer”.

Le tenías que oír hablar de Dios. Oír no le oirás, no sabe qué decir. Pero cuando te cuenta cosas de pequeño, o cuando te habla, mientras saca brillo a los zapatos, de cómo empezó con el negocio… no se le va Dios de los labios, porque en todo lo ve, y se alegra: “en aquella ocasión que salió cuando ya no teníamos qué comer, en ese curro que no salió y menos mal, porque hubiéramos acabado en una banda”; “si no es por Dios, ya te digo que yo no estaría aquí, y contento de todo lo que he vivido”; “contento de la mujer que amé, y de los hijos que no he tenido porque, mire usté, aunque me pena, sé que Dios me tiene muchos hijos preparados para jugar con ellos en el cielo”. Una vida preciosa, si lo puedes ver. Un lugar donde encontrar a Dios, cuando tu mirada es tan transparente que te deja ver a Dios en ella.

Dichosos los que construyen la paz

“El mundo en el cual crecí estaba dominado por principios e ideales de un tiempo lejano que puede parecer muy aislado de los problemas a los que se enfrenta el hombre de mediados del siglo XX. Sin embargo, mi camino no ha significado un alejamiento de estos ideales, al contrario, he sido llevado a un entendimiento de su validez para el mundo de hoy, así un esfuerzo nunca abandonado de construir franca y firmemente una creencia personal a la luz de la experiencia y del pensamiento honesto me ha llevado en un círculo; ahora reconozco y avalo sin reserva aquellas creencias que una vez me fueron dadas por otra generación. De generaciones de soldados y funcionarios públicos por parte de mi padre heredé la creencia de que ninguna vida era más satisfactoria que aquella de servicio altruista por su país o por la humanidad, este servicio requería un sacrificio de todos los intereses personales y también el valor de ponerse de pie para defender sin duda alguna sus convicciones.

De estudiosos y clérigos, por el lado de mi madre, heredé la creencia que en el sentido radical de los Evangelios todos los hombres son iguales como hijos de Dios y deben ser encontrados y tratados por nosotros como nuestros “señores” en Dios.

La fe es un estado de la mente y del alma, en este sentido podemos entender las palabras del mítico español San Juan de la Cruz: “la fe es la unión de Dios con el alma”.

Tardé en entender lo que esto significaba, cuando finalmente llegué a este punto las creencias en las cuales fui educado y que de hecho habían dado dirección a mi vida aun mientras mi intelecto todavía desafiaba su validez, fueron reconocidas por mí como mías por propio derecho y por libre elección.

Los dos ideales que dominaron mi infancia se encontraron completamente armonizados y ajustados a las demandas de nuestro mundo de hoy en la ética de Albert Schweitzer, en la que el ideal de servicio es apoyado y a su vez apoya la actitud básica del hombre señalada en los Evangelios. En su trabajo también encontré para el hombre moderno la llave del mundo del Evangelio. «En la búsqueda de la paz y el progreso, … nunca podemos relajarnos y nunca podemos abandonar».

 

Pero la explicación de cómo el hombre debe vivir una vida de servicio social activo, en armonía total consigo mismo como miembro de una comunidad del espíritu, la encontré en los escritos de aquellos grandes místicos españoles para quienes la “autorrendición” había sido el camino para la “autorrealización”, y quienes en unidad de mente y en interioridad habían encontrado la fuerza para decir “sí” a todas las demandas que las necesidades de sus prójimos los habían enfrentado, y decir “sí” también a todo destino que la vida tenía preparado para ellos cuando seguían la llamada del deber como ellos la entendían.

El amor, esa palabra tan frecuentemente mal utilizada y mal interpretada, para ellos significaba simplemente el sobrefluir de la fuerza con la cual se sentían llenos en plenitud, cuando vivían en el verdadero autoolvido y este amor encontraba expresiones naturales en un cumplimiento sin dudar de su deber y en una aceptación sin reservas de la vida, fuese lo que fuese que les trajera personalmente, trabajo, sufrimiento o alegría. Creo que sus descubrimientos sobre las leyes de la vida interior y sobre la acción no han perdido su significado.

Son las palabras de Dag Hammarskjōld, un político sueco que fue Secretario de la ONU en la segunda mitad del siglo XX.

 

¿Conozco personas así, que desde alguna de las bienaventuranzas vivan todas las demás? Si es así, ¿qué despierta esa persona/grupo en mí, tanto de deseos como de resistencias? (los deseos, avivarlos, las resistencias, trabajar en ellas para que sean vencidas).

La imagen es de Nathan Dumlao, Unsplash

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