Los tristes y los humildes, ¡dichosos!

Habíamos empezado a comentar, no sé si recuerdas, las bienaventuranzas… Hoy Jesús nos empieza a contar cómo mira él la vida, a qué llama dicha… contrástalo con lo que ves tú, con lo que miras y vives tú…

¡seguro que tenéis mucho de qué hablar!

 

Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.

Fíjate qué distintas vemos nosotros las cosas. Nosotros, cuando vemos a alguien triste, sentimos pena según y cómo (hay cosas que no nos dan pena), pero nunca se nos ocurriría decirle a esa persona que está triste, a los que están tristes en general, que se sientan dichosos, bendecidos, porque Dios los va a consolar… Dios será su consuelo.

Y sin embargo, el motivo de dicha no es, sin duda, estar tristes, ni siquiera que un día dejarás de llorar, sino que Dios se compadece tanto de tus lágrimas (y no hace distinción de tristezas, esto habría que preguntárselo a Él), que desea venir corriendo a consolarte… y eso va a hacer. Y si en tu tristeza percibes el consuelo de Dios, eso es tan bueno que merece la pena haber estado triste. Eso dice esta segunda bienaventuranza, y así es: porque tu dolor, cuando veas a Dios que viene a consolarte, encontrará algo mejor que el consuelo al dolor. Se encontrará con el amor solícito y tierno de Dios, y no hay nada mejor que eso.

Ser humanos es también esto… vivir una vida en que tus lágrimas, si te dueles y permaneces en tu tristeza, vendrá a enjugarlas el mismo Dios.

Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra.

Humilde viene de “humus”. El humilde es el que está abajo, al nivel del suelo. No es el que quiere humillarse, es el que se sabe debajo de verdad. Esta es una experiencia humana real, la de todos, aunque tantos nos resistamos a ella. Somos criaturas, tan frágiles como las demás criaturas que vemos nacer y morir cada día. Cuando aprendemos a vivir desde nuestro no poder, no saber, no tener, cuando vivimos agradecidos por todo lo que Dios nos está regalando para vivir, estamos recibiendo en herencia la tierra, que es la dicha de los que, sabiendo que no tienen derecho a nada, pueden recibirlo todo como don, como regalo de este Dios que lo ha hecho todo para nosotros, y goza en regalárnoslo por amor. Sólo el humilde puede recibir las cosas del modo como Dios quiere dárnoslas.

Como en la entrada anterior, te presento a algun@ de estos tristes, de estos humildes…

Tristes

Nosotros somos muchos. Nos hemos encontrado por muchos caminos misteriosos, y nos hemos confesado la tristeza de nuestro corazón, la tristeza de nuestra vida. Está Lena, que arrastra la tristeza de no haber hecho en la vida otra cosa que trabajar; este es Iván, que ha visto morir y enterrado a todos sus seres queridos en un terremoto; está Crescencia, que empezó con una depresión a los 43 y ha enganchado una detrás de otra, sin apenas tiempos de respiro; Vilma, que llora por nuestro mundo roto; Ron, un niño que perdió a sus padres y se perdió a sí mismo en una guerra y Yarek, que no reconocía amor en su vida, por más que lo intentara. Estos pocos te dirán de todos los demás; de nuestros dolores, tan variados, pero con una nota en común: la tristeza de nuestro espíritu, tan honda que a veces nos impedía hablar, o caminar. Y otra nota común, la que que nos une, la que nos ha devuelto a la vida: todos nosotros, con nuestros dolores, con nuestra tristeza, con nuestras lágrimas infinitas, hemos experimentado el consuelo de Dios en medio de la tristeza que lo llenaba todo, esa que no nos dejaba ni respirar. Y es que hay que estar ahí al fondo para suplicarle a Dios. No sabemos por qué, pero todos –y somos muchos- estamos de acuerdo en que es así. Cuando todavía tienes un resquicio de… algo, un poco de respiro, un poco de alegría, fuerzas aunque sean pocas, tiras adelante con eso que tienes. Y cuando ya no puedes más, cuando la tristeza se parece a la muerte, entonces, una de dos: o te dejas morir, o gritas a Dios. Y Dios viene, siempre viene. Viene cuando te estabas dejando morir, aunque no le hubieras llamado; y viene cuando lo llamas, cuando ya no puedes soportar más tristeza, más amargura, más angustia, más dolor. Viene. Viene, y casi sin que te des cuenta, empieza a mitigarse la tristeza, empieza a suavizarse la amargura, cede la angustia. Dios puede con todo. Al principio no lo notas, o no lo crees. No lo notas, porque era tan grande tu peso que ese poco no parece alivio. O no lo crees: estás un poco mejor, sí, pero pasará la mejoría y volverá esta pena que te ahoga. A veces, aunque no es lo más común, la tristeza se disipa del corazón y vuelve la calma, y después la alegría. Normalmente, Dios se acerca a nosotros, heridos, poco a poco, sin querer invadir, y su brisa suave se lleva ese sabor a muerte que tenían nuestras vidas. Al principio, no te atreves a reconocer que la tristeza ya no es lo de antes, que ya no pesa tanto, que hay veces que te olvidas de ella y te descubres haciendo planes, o riendo, con esperanza. Para otros, la pena que te atenazaba no se va nunca, no se va ya, pero ya no alcanza al fondo: una cosa es la depresión, o la muerte que tenías, y otra el fondo, el espíritu, que no queda dominado por aquella. Del modo que sea, no puedes dudar que un día, Dios vino con su luz e iluminó la tierra de sombras en que vivías. Y desde entonces -todos estamos de acuerdo en ello- tu alegría es, no que estés alegre, sino que Dios vino a visitarte y se quedó contigo.

 

Humildes

María de Nazaret conoció quién era en su relación con Dios. Ella veía que Dios le hacía regalos inmensos –su bondad, su alegría, su fe mucho más viva que la de sus amigas, que la de sus padres-, y estaba segura de que no era porque ella hubiera hecho algo, sino precisamente, porque ella no era sino escucha atenta, acogida, servicio después. Precisamente el exceso de los dones de Dios en ella fue lo que la hizo consciente de su pequeñez. Ella no podía recibir algo tan grande más que si seguía siendo pequeña, pequeña, pequeña, tal como era. Porque solo siendo pequeña podía permanecer acogiendo el don de Dios.

No le era difícil ser pequeña, esa es la verdad. Lo que a la mayoría nos cuesta tanto que puede que no lo lleguemos a ver nunca, para ella era claro. Pero sí había momentos en que le venía la tentación de apropiarse de algunos de esos dones como si fueran propios; de adornarse con ellos para aparecer así como agraciada… la tentación aparecía a veces, cuando veía que nadie se fijaba en ella, ¡se veía tan poca cosa! Pero había algo –algo de Dios, sin duda- que hacía que en el fondo no lo deseara. Que no deseara, en el fondo, aparecer ella misma como agraciada, pues, ¿quién se iba a creer que esos dones eran suyos? ¿Es que lucirían más si los llamaba propios que si se dejaba vestir, enseñar, iluminar, adornar por el mismo Dios, como por dentro entendía que tenía que ser? Así que aquellas tentaciones duraban poco. Se las llevaba un viento que no volvía ya, mientras María continuaba su vida, la vida dichosa hecha de recibir el amor de Dios, de responderle con él:  de consentir a Dios, a su hacer o a su callar, a su Amor que se iba haciendo más intenso, más cercano, más… ¿cómo desear algo desde sí misma, la que en Dios lo tenía todo?

La imagen es de Annie Spratt, Unsplash

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