Ayer hablaba con una amiga y me decía, hablando de cómo está cambiando su relación con Dios: “antes Dios no influía en que yo estuviera mejor o peor; él estaba, y yo me encontraba mejor o peor dependiendo de lo que me hubiera pasado ese día. A mí me pasa que me cuesta mucho estar alegre de verdad. Y ahora, desde que ha cambiado mi relación con Dios, reconozco en mí esa alegría muchas veces”.
Cuánto me alegró escucharla. Y no solo, ni sobre todo, porque me alegre que esté alegre. Eso está muy bien, y queriéndola tanto, me llenó de alegría que fuera así. Pero lo que me alegró sobre todo es que sea Dios quien la alegre.

Dios está vivo. No vivo del modo que a veces llamamos así, ese que identifica la vida con la agitación, con el movimiento, con los avances o los proyectos. No. Vivo como quien es la Vida por la que todo lo demás, absolutamente todo lo que vive, está vivo. Vivo como para llenar de vida la vida. Vivo como para hacer que nosotros, tantas veces apegados a la muerte, deseemos y experimentemos la vida.
Reconocerlo así no te lleva a alegrarte por “tu” alegría. Reconocer a Dios vivo en medio de todo, en ti, en cada realidad, te lleva a servirle y a adorarle, a adorarle y a servirle, maravillada porque esa Vida que es la vida de todo, quiera Ser entre nosotros.
Por eso, me da mucha alegría cuando reconocemos a Dios como alguien que está vivo. Tan vivo como para reconocer que Él es el que puede colmar de alegría un corazón no acostumbrado a ella.
Imagen: Ali Yahya, Unsplash

Qué comentario tan bonito y que lección. Es deseo y oración que nuestra alegría dependa de Dios y no de como a ido o dejado de ir el día… Gracias Teresa
Gracias, Mónica!