Discernir, para ver lo que importa

 [1] Después de que Jesús terminó de decir esto, se fue de Galilea para la región de Judea, al otro lado del río Jordán. [2] Muchos lo siguieron hasta allá y él los sanó. [3] Se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron:  – ¿Puede un hombre repudiar a su mujer por cualquier cosa? [4] Él contestó:  – ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer? [5] Y dijo: por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne. [6] De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. [7] Le replicaron: – Entonces, ¿por qué Moisés mandó darle el acta de divorcio al repudiarla? [8] Les respondió: – Por vuestro carácter inflexible os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres. Pero al principio no era así. [9] Os digo que quien repudia a su mujer –si no es en caso de concubinato– y se casa con otra, comete adulterio. [10] Los discípulos le dijeron: – Si ésa es la condición del marido con la mujer, más vale no casarse. [11] Y él les respondió: – No todos pueden con esa solución, si no son los que reciben tal don. [12] Pues hay eunucos que son así de nacimiento; los hay castrados por los hombres y los hay que se han castrado por el reinado de Dios. El que pueda con ello que lo acepte. Mt 19, 1-12

El capítulo 19 comienza con una referencia a la salvación que trae Jesús. Y en ese contexto de salvación nos encontramos, de nuevo, con una situación que nos confronta. Al final del capítulo 18 Jesús nos llamaba a ser como los niños, y aquí somos confrontados de nuevo. En este caso, el motivo de confrontación resulta ser igualmente conocido: una costumbre que se ha pervertido (lo que en su origen atribuye a Moisés sobre la costumbre, en sí perversa, de repudiar a las mujeres, se ha convertido en la cuestión, más abusiva todavía, de repudiar a la mujer por cualquier cosa, injusticia que indudablemente provocaba dolor, conflicto). Este es el conflicto/trampa con el que los fariseos vienen a Jesús, y Jesús no les responde yéndose al presente, sino volviendo al principio, a Dios.

Vemos así, de nuevo, que el discernimiento que queremos hacer, el discernimiento cristiano no se queda en los usos o costumbres sociales, por muy arraigados que estén, sino que nos abre a otro modo de mirar y de vivir y por tanto, a otra vida. El discernimiento nos da perspectiva, y sólo desde ella podemos ver la realidad en lo que es.

En la respuesta de Jesús a los fariseos aparece la referencia a Dios que es la columna vertebral del discernimiento, y también un criterio para añadir a los anteriores: para discernir algunos problemas, lo mejor es volver al origen. Hay veces que el conflicto viene porque, como en este caso, estamos partiendo, para aclararnos, de una tradición que es en sí misma ambigua, desacertado (en este caso, que Moisés os dejó dar acta de divorcio a la mujer por vuestra dureza de corazón), y todo lo que intentemos discernir desde ahí (en este caso, si se puede repudiar a la mujer por cualquier cosa, además de la mala intención con que se lo preguntan, que en sí sería un indicador de la negativa a discernir), será equivocado, espúreo.

Como vemos, en este caso Jesús nos remite al origen:  – ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer? Aquí, el criterio con el que Jesús ayuda a discernir a estos que vienen a ponerle una trampa (también se discierne en favor de los que quieren hacernos caer en una trampa!), es la voluntad del Creador al crear. Puesto que la voluntad del Creador al crearnos ha sido la comunión, la unión entre los seres (una sola carne), es el criterio que manda.

¿Cómo vivir el conflicto en relación a la propia mujer, o nuestros conflictos, en este caso, para vivir en pareja o cualquier otra situación acomodada a la sociedad/alejada del plan de Dios, una vez que Jesús nos ha iluminado sobre su voluntad? Esto requerirá de un posterior discernimiento, pero ahora, iluminados por la luz de Dios, sabemos cuál es el verdadero fundamento y no estaremos mal arraigados…

Ya vemos que este modo de situarse en la realidad es muy distinto de cuando nuestros modos de hacer se van, sin más “adaptando” a los tiempos, adaptando a las mentalidades, a lo más cómodo o al qué dirán… habrá que aprender a discernir cuándo hay que volver al principio y cuándo hay que tener en cuenta los tiempos, pero lo que se mantiene es esto: que lo determinante a la hora de discernir es querer la voluntad del Padre, también si esto supone dar de lado todas las costumbres sociales, tanto las que nos favorecen como las que nos perjudican.

Esta intervención de los fariseos que quieren ponerle una trampa ilumina también tantas situaciones de nuestra vida en las cuales nos preguntamos sobre las cosas a la luz de la “conveniencia” o “inconveniencia” que los hechos tienen para nosotros, como si pudiéramos ser o actuar como referencia para alguna cosa… cuando en realidad todas las cosas, y muy especialmente las que tienen que ver con lo humano, están sometidas a los proyectos de Dios sobre ellas. Pensad en nuestros rollos en relación al modo como nos posicionamos ante una herencia, o si ahora se nos pide dinero para sostener la Iglesia que hasta aquí nunca se había hecho (¡nuestras limosnas sólo dan para el pan del desayuno!). Esta conversación de Jesús con los fariseos (y después con los discípulos) nos ilumina sobre este hecho: una cosa es lo que vemos los humanos, otra el plan de Dios, que  Jesús escucha, anuncia, encarna.

De nuestra parte, la discusión sobre la ruptura o no ruptura; la referencia a Moisés como autoridad última; la comodidad o rentabilidad, criterio de los discípulos a la hora de decidir este asunto -más cómoda es la norma conocida…, más cómodo es no moverse de lo que hacen /entienden los demás, la costumbre o norma cultural de fondo…

En cambio, si miramos desde Jesús, la referencia es lo que Dios dispuso, y desde ahí se comprende  la realidad en su verdad: el alejamiento del proyecto de Dios por parte de los fariseos; la impotencia de Moisés para enderezar la realidad en lo referente al pecado (por vuestra inflexibilidad, que es lo mismo que decir que el pecado nos rigidiza y dejamos de fluir según el amor); desde ahí se entiende también que el matrimonio, como el celibato por el reino, es también “lo que Dios dispuso”. Esto también explica que tanto el matrimonio, que a nivel humano natural “no trae cuenta” cuando de lo que se trata es de vivir el plan de Dios, como el celibato tampoco trae cuenta por sí mismo, sino solo por la gracia. De este modo, en ambos casos es necesaria la gracia para vivir lo que Dios nos llama a vivir. Lo que sale de nosotros es la inflexibilidad en la donación matrimonial recibida de Dios, o la incomprensión ante el don del celibato recibido de Dios, la impotencia para perpetuar la comunión, la fidelidad, el amor…

Vemos así que Dios está presente en toda la realidad, sanándolo y dando sentido a todo.

Imagen: Valentin Petkov, Unsplash

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