El reconocimiento del «más» (I)

Mientras estamos en la vida, hay muchas cosas que despiertan en nosotros alguna resonancia. Decimos que algo “resuena” cuando nuestra persona, interiormente, reacciona ante algo o alguien. Esa resonancia personal que me indica a qué cosas reacciono, me indica también qué cosas me importan, a qué cosas soy sensible, qué cosas temo, etc. Si viviéramos atentos a nuestro interior, esas “resonancias” nos indicarían, tanto para las cosas cotidianas como para aquellas otras más extraordinarias, qué es lo que me importa, qué me alerta, de qué me defiendo, qué me agrada, etc.

También puede suceder que no resonemos con casi nada. Bien porque no escucho esas llamadas en mi cuerpo, bien porque lo he acallado a fuerza de racionalización o bloqueos que, por distintos motivos, han hecho que te desconectes de ti. Quizá has elegido o te has ido encontrado con un modo de vivir que es más bien el de imponer mis esquemas, mi voluntad, mi “buena” voluntad quizá… y tu actitud en la vida es más impositiva que receptiva. Si es así, por el motivo que sea –racional, emocional, temperamental, institucional…- estoy más atenta a “aprovechar” las situaciones y personas como pista de despegue de lo que me propongo, más que a contemplar la realidad con lo que tenga para darme.

Y ya ves… incluso en estos casos, los humanos reaccionamos al más. Puede ser un más impuesto por mí, o por los estándares sociales, económicos, familiares o políticos que valoro. Puede que sea un más impositivo y coactivo, puede que no lo haya elegido yo sino que ese más me esclavice… pero el más es lo que me mueve para vivir. Puede ser incluso un más perverso, que se enrosca sobre sí mismo y se vive desconectado de la realidad, de un sentido, de la propia persona.

En todos los casos, está presente el más. Torcido, desorientado, perverso, desviado, iluso, sublimado, poderoso, luminoso…  los humanos estamos hechos para el más. Cuando estamos centrados, el más tiene potencia para dinamizarnos, sacarnos de nosotros mismos y orientarnos hacia alguna meta que está fuera de nosotros y nos lleva más allá: desde donde estábamos, hasta donde el más nos propone. Y cuando lo alcanzamos, e incluso antes, ya empieza a vislumbrarse en nuestro horizonte otro más que podemos alcanzar. Cuando no estamos centrados, es también el más lo que nos mueve, pero no necesariamente nos dinamiza y desde luego, no nos plenifica.

¿Un ejemplo? El del corredor de 100 m. lisos que se propone batir una marca. Esa marca que quiere batir le estimula en el día a día para corregir errores en su carrera, le estimula para mejorar su alimentación, le estimula ante sus amigos porque tiene algo propio y bueno que le llena, le sirve también ante sí mismo porque se ve como una persona con objetivos, que crece. A los humanos nos encanta crecer, nos encanta ver que nos desplegamos. Debe estar en nuestra naturaleza este despliegue, porque todos nos sentimos bien cuando esto sucede. Cuando llegue a batir esa marca que se había propuesto, ya habrá aparecido en el horizonte un objetivo nuevo. O, aunque no lo logre, habrá aprendido otras cosas, del entrenamiento, de los compañeros y de sí mismo, de la marca que no ha logrado, que también le servirán para marcarse o ver aparecer en su horizonte nuevos objetivos. Vemos así que el más brota en nosotros al contacto con los retos de la vida, cuando nos ponemos a vivir.

Este más estará bien orientado si le sirve para crecer como persona, como deportista, si le abre a más dimensiones de la vida. No estará bien fundamentado si se cree el centro del universo por mejorar su marca, si se entiende a sí mismo desde el deporte, si le hace  creer en el valor del esfuerzo por encima de todo, si le parece que las metas han de ser objetivables y tener reconocimiento público, si su forma de estar en la vida se apoya en “tener o no tener” éxito…

Esto ya nos da una pista acerca del vivir humano, y es que los humanos nos encontramos en movimiento cuando tenemos un horizonte que nos dinamiza. La realidad inmediata, sin ese horizonte, estrecha nuestra mirada y nuestra vida. Por eso, cuando un ser humano no se propone retos o cuando deja de vibrar ante los retos que antes lo dinamizaban, viene bien que preguntarse qué sucede… por esta vía negativa también podemos comprobar que el más es inherente a lo humano.

Otra pista que descubrimos acerca del vivir humano es la importancia de escoger el más al que nos orientamos (y también puede tratarse de secundar el que llevamos dentro). Que no sea el que movilizaba a mis padres y que yo he heredado por pura irreflexión; que no responda a las metas sociales o políticas de mi entorno, porque si no es personal no vibraré con él, no movilizará mi vida; que no sea un más puramente externo, para que me admire la gente, como pasa si el más lo pongo en ganar dinero o en tener éxito, porque aunque ese más respondiera a una parte de mí, sólo responde a una parte de mí, y no a todo lo que soy, y si a un más que sólo puede ser una meta parcial le doy una importancia total, descubriré antes o después que me he equivocado. Y no es que equivocarse importe mucho, o que sea muy grave. Incluso queriendo vivir lo mejor posible, nos vamos a equivocar. Las equivocaciones, los fracasos, las pérdidas, los errores, los engaños propios y ajenos son parte del vivir y pueden enseñarnos mucho. No los vamos a ignorar ni a condenar. Son parte de la vida, de nuestra vida. Pero una cosa es aprender del error cuando lo cometemos, y otra bastante tonta sería querer equivocarse. Sería señal de que no nos queremos bien a nosotros mismos, sería una mala señal…

Pero claro, preferimos elegir bien el más que en cada momento nos totalice. Para eso pueden ayudarnos unas pistas:

– Que, incluso si coincide con el más que valoran los que me rodean, sea un más que resuene en mi interior, un más reconozco como propio.

– Incluso aunque ahora parezca irrealizable, no pierdo en ningún momento la conexión con la realidad.

– El más enorme que me propongo se puede concretar en actitudes y acciones pequeñas que tienen la potencia y la forma de este más.

– Es un más que se adecúa y enriquece mis capacidades y anhelos más íntimos y hace mejor mi vida en clave de calidad.

– El más me dinamiza hacia una mejor posibilidad futura, de mí misma o de la realidad que me rodea.

Ya que hablamos de metas parciales y totales… reconocemos que no todo más tiene capacidad para totalizar mi vida. Hay metas parciales, como puede ser aprender a hacer una buena tortilla de patatas, y hay metas totales, que son las que requieren poner en juego todas mis capacidades para lograrlas: vencer el miedo, ser libre, afrontar una muerte, luchar para vivir la vida que quiero vivir…. Aunque el anhelo de más opera en unas y en otras, aquí, que hablamos del vivir, nos vamos a referir más bien a las que tienen que ver con una meta total, con algo que me totaliza entera.

Aquí, en vez de poner un ejemplo, vamos a ir al texto del evangelio que corresponde a esto del más. Está en Jn 4, 9-15: Le responde la samaritana: – Tú, que eres judío, ¿cómo pides de beber a una samaritana?  -los judíos no se tratan con los samaritanos-. Jesús le contestó: – Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva. Le dice [la mujer]: – Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo, ¿de dónde sacas agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos legó este pozo, del que bebían él, sus hijos y sus rebaños? Le contestó Jesús: –  El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna. Le dice la mujer: – Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla.

En este fragmento del diálogo entre Jesús y la samaritana que vamos a analizar en primer lugar, nos encontramos con un aspecto del más del que no hemos hablado todavía, y que importa tanto. Es el hecho de que muchas veces, es la relación con otros seres humanos el modo como descubrimos nuestra propia llamada al más. Las cosas que otras personas nos dicen, lo que nos proponen u ofrecen, lo que vemos que ellos viven o aspiran a vivir… la relación con otros es una ocasión de descubrimiento, confirmación o estímulo en relación al más propio.

 

Vuélvete a tu interior, tómate unos minutos para encontrarte contigo, deja que las respuestas broten, contempla aquello que experimentes como más propio y, si te ayuda, escríbelo, para poder volver a ello cuando dentro de unos años quieras volver sobre tus búsquedas personales…

Escucha  –durante tres o cuatro minutos- tu interior y reconoce el más que te habita.

Reconoce dónde está, en este momento de tu vida, el más que te dinamiza, y el modo como está impulsando tu vida. Reconoce también si es un más parcial o total, y lo que eso te enseña. Para ello es preciso que conectes con tu interior: no es “afuera” donde vamos a encontrar nuestro más propio, sino volviéndonos al propio interior.  

Resuena, con este más que te moviliza, que es tan tuyo, aunque aún tenga solo forma de intuición, o de esbozo difuso.

Descubre qué está movilizando el más en tu vida, qué zonas están aún sin movilizar.

Lánzate a ser, por ahora sólo en tu interior, desde este anhelo que brota tan hondo.

La imagen es de Michał Parzuchowski, Unsplash

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