En camino hacia el «más» (II)

Decíamos la semana anterior que la segunda etapa es aquella en la que consientes, por los motivos que sea (y suelen ser bastante ambiguos) en que Jesús sea tu referente vital. Esta etapa, como todas las que siguen, a veces se puede dar como “un antes y un después” en el tiempo, pero otras veces se dará como un proceso de idas y venidas marcado por nuestros miedos, desconfianzas, dudas, ambigüedad… lo que da lugar, no a un proceso “tipo” como este que vemos aquí, sino a otro mucho más confuso, hecho de idas y venidas[1]. Es bueno tener como referente un proceso “tipo” para situarnos, siempre que tengamos en cuenta que lo normal es que se dé ese otro modo más irregular, indefinido, difuso… la experiencia vivida, de la que antes hablábamos, queda como referencia y horizonte, pero nuestra vida se reserva y sigue escogiendo lo “mío”, aunque ya sé que no llena, por mil razones que tienen que ver con el poder que tiene en nosotros el pecado, más en estas etapas iniciales. Un tiempo que a menudo vivimos marcados por la ambigüedad y la indefinición, por la dificultad de vivir, en una cultura como la nuestra, de un amor como el de Dios. Lo mejor de esta etapa, que has consentido. Lo peor, seguramente, la confusión y tibieza de ese consentimiento.

La tercera etapa es aquella en la que la mujer se deja conducir por Jesús y consiente en ser nombrada en la verdad de lo que es, consienten en ser iluminada por Jesús en el sentido de los hechos. Aquí ya nos encontramos descendiendo a la profundidad del propio pozo, y es desde aquí donde vamos a reconocer, a nombrar, a acoger nuestra verdad a nivel físico, psicológico, afectivo, racional, espiritual.

A la propuesta de Jesús –vete a tu casa, llama a tu marido y vuelve aquí-, que simboliza la necesidad de venir a esta profundidad no sólo en este momento sino de reunirse “ella con todas sus cosas”, toda ella y no sólo algunas dimensiones de sí, la mujer responde mostrándole su realidad: No tengo marido. Y Jesús celebrará que ha dicho la verdad. Esta tercera etapa es aquella en la que nombramos con verdad lo que está aconteciendo, porque bajar a lo profundo de nosotros requiere, como hemos dicho, conocimiento propio, y el conocimiento propio se asienta en la verdad. Asimismo, la profundidad viene reflejada por la pregunta de Jesús que va a sus amores, porque los amores, aquello que coge nuestro corazón, es lo que impide que ese corazón nuestro sea ocupado por Jesús y lo suyo. Esos amores que nos ocupan pero no nos llenan han de ser expurgados para que nuestro corazón quede vacío, libre, preparado para poder vivir la relación con Jesús, para poder acoger aquellas promesas enormes.

En esta etapa se nos va revelando nuestra verdad psíquica, existencial, espiritual, que tendremos que reconocer de modo activo, echando de nosotros lo que reconocemos como mentira, renunciando al mal en nuestro corazón, a la muerte; escogiendo la verdad, lo que experimentamos como bien, como vida… conociendo la paz, la oración, la entrega, la comunión.

Paralelamente a este reconocer y escoger la vida, soltando todo aquello que sabe a muerte, se nos va abriendo un horizonte mayor. Una cosa es la verdad, sobre mí o sobre los otros, que yo puedo alcanzar; otra es el misterio que, a medida que avanzo, se revela más atractivo y también más inmenso. No sólo lo que no conozco, sino lo que admiro, lo que deseo sabiendo que me sobrepasa, así como la certeza, que se va haciendo obediencia a lo largo del proceso, de que Jesús, que camina conmigo y a quien cada vez reconozco más gozosamente, me dará en cada momento lo que sea preciso y mucho más, según su amor. Esta confianza de la mujer viene representada en el modo como, ahora, consulta a Jesús sobre su propia fe (recuerdas que antes ella se encontraba en el estereotipo “los judíos y los samaritanos no se tratan”?): Nuestros antepasados rindieron culto a Dios en este monte; en cambio vosotros, los judíos, decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto a Dios. La mujer ya no tiene otro referente que Jesús, y es ante él ante quien no sólo entrega su verdad, cada vez más íntima y más abierta, sino que es a Jesús a quien va a preguntar sobre su fe samaritana. Todo queda sometido a Jesús. Ahora sí que se ha hecho su referente. Verás también, por los nombres que progresivamente le va dando a Jesús, cómo su relación con él va estando marcada por la fe.

La cuarta etapa es revelación del mismo Jesús a la mujer. Se ha dado un cambio importante: ahora el centro ha dejado de ser la mujer que, si bien se dejaba conducir por Jesús, era aún demasiado frágil para atender a otra cosa que no fuera ella. Ahora, más fortalecida, descentrada de su ego, es orientada por Jesús para mirar al Padre, para conocer y querer su voluntad, como Jesús, con Jesús: Le dice Jesús: – Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Vosotros dais culto a lo que desconocéis, nosotros damos culto a lo que conocemos; pues la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y de verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es Espíritu y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y de verdad.

La revelación de Dios ha empezado a derramarse en la mujer así fortalecida. La profundidad de la mujer se ha desarrollado no sólo para hacer de ella su mejor versión posible, según los dones recibidos al crearla, sino que purificada y vacía de sí, puede acoger ahora la revelación de Dios y secundar, al modo de Jesús, a semejanza de él (por más que la distancia sea infinita), esta vida de Dios en ella, esta vida para la que hemos sido creados. En esta etapa, el deseo de Jesús en ella es su propio deseo: El Padre quiere ser adorado así. Asimismo, el sentido de la realidad (Dios es espíritu), viene dado por el señorío de Dios en ella, y no por la humanidad natural.

La quinta etapa es aquella en que, habiendo recibido los dones de Dios, recibe al mismo Dios en Jesús: Soy yo, el que está hablando contigo. Todo lo que los humanos conocemos y anhelamos en relación a la intimidad y al amor, se condensa en esta frase. La cima más alta de la existencia humana es este encuentro con Jesús en el que los que se aman no se reservan nada, sino que pueden entregarse con todo el amor según la medida de cada uno. En el proceso espiritual llamamos a esta culminación matrimonio y, como dice Teresa de Jesús, es de esta unión infinitamente fecunda de donde brota toda fecundidad (7M, c.4, 6).

La sexta y última etapa se hace aún más luminosa por la referencia a la primera: La mujer dejó allí el cántaro, volvió a su pueblo y dijo a la gente. La que antes tenía un cántaro con algo de agua que no quitaba la sed y que tenía que ir a buscarla trabajosamente, tiene ahora un manantial en su interior. La que antes estaba reñida con lo exterior (el conflicto entre los samaritanos y los judíos) y con su interior (no tengo marido), la que vivía desconocida de sí misma, se ha hecho transparencia que irradia la presencia de Dios en ella, y corre a anunciar a Jesús para llevar la salvación a los suyos, en nueva relación que revela la realidad transfigurada. Los de su pueblo creerán primero por sus palabras, pero después y sobre todo por el encuentro con Jesús, que sugiere tantos encuentros misteriosos como Dios realiza en toda la tierra para despertarnos a la vida para la que hemos sido creados, la Vida que se ha hecho humanidad plena en Jesús.

Puedes volver a tu interior y…

Escucha  –durante tres o cuatro minutos- tu interior y reconoce con qué ha resonado en este día. Qué dice esto de ti.

Reconoce dónde te encuentras respecto de este proceso: no para “colocarte”, sino para que, ahondando en tu momento, te lances más allá de él, en actitud de dinamismo y entrega.

Resuena, con las promesas de Jesús a la samaritana. Cuando te dejas escucharlas, ¿qué deseos movilizan en tu interior?

Descubre a qué te llama Jesús, personalmente, con estas promesas.

Lánzate a vivir a fondo desde el deseo que despiertan las promesas/la promesa que es Jesús.

La admirable síntesis que es la Encarnación será el camino por el que lleguemos a vivir esto tan inmenso:

 Ain Karem. Desde abajo y desde dentro

[1] En los conversos “tipo Pablo” este proceso es más explosivo y el cambio más visible. En los demás conversos, así como en los “momentos de conversión” que se dan en una vida que se consideraba creyente y que se ve llamada a un paso más, este proceso participa durante mucho tiempo –hasta que, como diría Teresa de Jesús, llegamos a situarnos con una “determinada determinación” Camino de perfección, c. 21, 2- de la blanda indecisión que marca en tantas ocasiones en nuestro tiempo y en nuestro Occidente el camino de fe.

La imagen es de Averie Woodard, Unsplash

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