En camino hacia el «más» (I)

Una vez que hemos descubierto el más que nos ofrece Jesús, ese más que suena como nada que hayas escuchado hasta entonces –si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú misma…- nos orientamos hacia él. Porque, como hemos dicho, estamos hechas para el más, y porque estando hechas para el más, el más que le ofrece Jesús lo contiene todo: el ser algo más grande que todo lo conocido hasta ahora (mayor que vuestro  padre Jacob, que os dejó este pozo), y el que esto más grande hará mejor, también, tu vida de todos los días… incluso aunque no sea como lo habías entendido (ya no tendré que venir hasta aquí para sacarla). Sobre todo, esta experiencia es encuentro con Jesús: más que lo que promete, enorme como es y todo, deseable y todo como es, inmenso hasta el extremo… lo que te llena, mucho más que todo ello, es que Jesús mismo, al ofrecerte eso tan grande, se te da. Se te da en la promesa y se te da más allá de la promesa. Se te da, y al hacerlo, descubres que tu vida es relación, y que la relación tiene como referente último a Jesús de Nazaret. No es que lo veas, solo lo intuyes… pero empiezas a percibir que eso tan enorme, tan que se va del mundo, es lo mejor de todo, mejor que todo lo demás.

Y es que todos estamos hechos para el más. Siempre, nos movemos por el más. Lo que ocurre es que durante mucho tiempo equivocas ese más: entregas lo mejor de tu vida y de tus fuerzas a un juego, o a una persona que luego ni te quería, al trabajo que te dará… más… durante mucho tiempo, nos entregamos a un más que no era tal. Lo confundimos porque estamos hechos para el más, porque el más es lo de verdad, da sabor a la vida, lo que le da sentido.

Una vez que se te impone el más, seas como seas, te orientas hacia él porque el más que has percibido no es idea, sino que es experiencia. En tu horizonte ha aparecido la experiencia de un más absoluto, y tu vida entera ha vibrado ante él, lo ha reconocido como lo más propio, ha sabido que es hacia donde él indica hacia donde se orienta la vida. Tu persona entera: no sólo la que hoy eres sino toda tu historia, todo tu misterio, tu consciencia, tu inconsciente, tu mundo, representados por el pozo que refleja simbólicamente la profundidad de lo que somos, la profundidad que se ha visto sacudida por este más que reconoces como sentido, horizonte, llamada, se orienta hacia él.

Si te lo cuentan, aunque no te lo cuenten tan bien como Juan lo expresa en este relato, te ves movida a desearlo, a temerlo, a reconocer que es algo grande, a pedírselo a Dios… todos ellos, como otros movimientos que se puedan dar, son la respuesta que damos a una idea. Y aunque no sea este (y no suele ser este, tan grande), el más nos dinamiza, y ya se nos queda impresa “la música del más”, y nos descubrimos como gentes orientadas al más. En todo caso, captamos la idea de “¡qué tiene que ser que te encuentres con un más brutal, como este!”, y respondemos a la idea que hemos percibido.

Tener experiencia, en cambio, es otra cosa. La experiencia no te permite dudar. La experiencia te trae inmediatamente la certeza de que eso es lo que deseas, de que para eso has sido creada, de que lo que Jesús te está ofreciendo es verdadera vida y que la relación con él pone en su lugar, de modo profundo, toda la realidad. Que la vida con él te revelará en qué consiste vivir, qué es verdadera vida.

A nivel humano natural también sucede como acabamos de decir. También en la vida de todos los días lo constatamos: una cosa son las ideas que te haces de algo, y otra la experiencia. La experiencia nos trae la realidad de una persona o de un hecho de modo inmediato, y las ideas, de modo mediato y en muchas ocasiones, mediatizado por nuestros prejuicios acerca de esa persona o cosa. Esta es la experiencia común.

Pero no todo termina con ella. Está la diferencia que todos conocemos entre vivir de una idea o vivir de una experiencia, y está la fe. Además de esa realidad que podemos ver porque pertenece a la nuestra, está esa otra realidad de la fe, que hace que la mujer crea a Jesús y que, creyéndole, se entregue a él. La confianza en Jesús, la fe en él, que no se ve, que no se dice, es el sentido profundo de esta relación que estamos contemplando. En otro momento veremos cuál es el proceso de fe que se da aquí, para distinguirlo del proceso humano natural y para reconocer la dinámica del creer.

Dicho esto, resumimos: la mujer ha tenido experiencia del más, de este más que es plenitud y desbordamiento para la vida humana y, con tensiones y resistencias, se va a orientar en dirección a ese más. La experiencia, que no la idea, nos coge de tal modo que no podemos negar lo que hemos visto y oído. Toda nuestra persona acusa el impacto, y por ello, toda nuestra persona queda orientada hacia este más intuido.

En este caso, la mujer ya lleva recorrido un buen trecho de su trama vital cuando se encuentra con Jesús. El encuentro con Jesús aparece como el clímax, el punto álgido en el que se le revela el sentido y la orientación de la vida, lo que hace que la mujer se vea atraída hacia él como hacia el sol. Esto no pasa de repente, sino que sucede paso a paso, como todo en nuestra vida, que requiere de tiempo, de integración, de proceso.

Vamos a ver, en lo que sigue, los momentos de este proceso: del proceso que va desde esta revelación que te cambia la vida cuando intuyes, en promesa, lo que anhelabas sin saberlo; proceso que llega hasta ese otro momento en que se te revela lo prometido en plenitud. El que hablemos de revelación indica el protagonismo de la fe (lo recibido viene de Dios, a quien has creído) y de que, habiendo una cierta actividad en este proceso, la mayor parte de él será pasiva (consistirá en consentir, en dejarse hacer por la acción de Dios que se ha revelado).

Un elemento importante de este proceso es que la mujer, para descender a lo profundo de su vida, a lo profundo de la realidad que viene representado por el pozo, va a ir acompañada. Jesús es el mistagogo[1] que la conduce. Vamos a ver cuáles son las etapas de este proceso de transformación.

La primera etapa es aquella en la cual el encuentro con Jesús tambalea y hace caer lo que antes conocías como certezas. Esto afecta lo mismo a tu lógica racional (si ni siquiera tienes con qué sacar el agua, y el pozo es hondo, ¿cómo puedes darme “agua viva”) que a tus creencias religiosas (Nuestro padre Jacob nos dejó este pozo… ¿acaso te consideras mayor que él?). Lo que conocías se tambalea, se cae… y descubres entonces que tu edificio era frágil, que estaba mal construido, o mal fundamentado… es tremendo que se caiga, porque lo que cae es todo lo que conocías… pero se cae.

En el encuentro con Jesús se revela quién es él y, con su luz, queda iluminado también, de repente o a lo largo del tiempo, todo aquello que está en realidad desdibujado, desnortado, todo aquello que es destructor, todo lo que atenta a la vida. No sabes qué es, pero ahí está el pozo para simbolizar esa hondura profunda y también terrible en la que habrá que adentrarse…

La segunda etapa es aquella en la que, porque se ha caído todo, o todo lo importante, porque en tu casa ya no se puede vivir o porque te ha seducido Jesús en alguna medida, consientes en su propuesta de caminar contigo. Él te ha hecho una propuesta inmensa, que habla de lo eterno, de lo ilimitado (El que beba de esta agua, volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna.) A este don infinito no podemos responder aún, porque no tenemos capacidad. Pero decimos que sí a su música, a su sabor, a su rumor. Decimos que sí, no con una respuesta a la medida del don de Dios, pues no podemos, sino con una respuesta a la medida de nuestros intereses que, si no lo sabíamos ahora lo descubriremos, son lastimosamente limitados: Señor, dame de esa agua; así ya no tendré más sed y no tendré que venir hasta aquí para sacarla.

La respuesta de la mujer indica que lo que ha comprendido del don inmenso que Jesús le ofrece es el “para mí”, y no lo que esta promesa es “en sí”, el modo como transformará su vida. A la vez, este sí de la mujer, aunque estrecho, marca un cambio de signo total: ahora ya no es ella la que lleva su vida, sino que ahora se fía lo bastante como para dejarse conducir por Jesús y adentrarse con él en la profundidad de su pozo. Ahora la vida no la construye la mujer, sino que se la va revelando Jesús. Ahora no se trata de dejarse atraer, de seducir o de ser seducida, “hacia afuera”, sino de ser conducida “hacia el interior” de sí misma, desde donde se le revelará la verdad.

Ya se le ha mostrado alguna verdad: esta inmensa que hemos llamado revelación, y esta otra más humilde de la desproporción entre lo que Jesús le quiere ofrecer y su propia respuesta. El conocimiento propio se revelará como herramienta imprescindible de todo este proceso, como la porción de verdad que a nosotros nos toca aportar.

Por ahora nos detenemos aquí, ¿te parece? Continuaremos la semana que viene con las etapas que quedan. Ahora es mejor saborear este recorrido que acabamos de hacer, y que se corresponde con momentos de nuestra vida en los cuales ya hemos estado, y que ojalá en este momento de la vida podamos contemplar a otra luz. Las etapas que acabamos de ver, y las que siguen, no son mojones que «hay que» recorrer y te miden externamente; mucho menos algo que hay que realizar en este orden. Más bien, quieren ser orientaciones de un proceso que expresa el movimiento interior común a lo humano, común a la vida creyente, del que las etapas son señales, pistas indicadoras.

Vuélvete a tu interior, tómate unos minutos para encontrarte contigo, deja que las respuestas broten, contempla aquello que experimentes como más propio y, si te ayuda, escríbelo, para poder volver a ello cuando dentro de unos años quieras volver sobre tus búsquedas personales…

 

Escucha  –durante tres o cuatro minutos- tu interior y reconoce con qué ha resonado de lo que acabamos de decir. Déjalo resonar, déjate latir al ritmo de lo que te habla…

Reconoce dónde has buscado el más sin encontrarlo; reconoce también lo que ese más dice de ti; reconoce qué hay en Jesús de eso que anhelabas.

Resuena con las palabras que dice Jesús a la mujer; resuena con todo lo que es anhelo y sueño y tristeza y lamento y grito y clamor en tu interior.

Descubre por dónde se te abre ahora la vida: por ese dolor que no te cierra sobre la queja sino que intuye otro modo de vivir –también el dolor; por esa confianza que desea más de las personas, de las relaciones, de la vida; por la insatisfacción que no te deja conformarte…

Lánzate a pedir, como la samaritana, según tu deseo. Aunque sea un deseo pobre todavía, como el “no tendré que venir más para sacarla”, pero deja que ese deseo abra la puerta a Jesús.

[1] El término “mistagogo” indica a la persona que te introduce o inicia en los misterios.  Mistagogía es el término técnico que se emplea en historia de las religiones para indicar el proceso por de iniciación o profundización en lo sagrado. Aquí nos encontramos con que Jesús mismo (que es la profundidad de vida y de relación y de revelación al que la mujer es conducida), es también el maestro que la conduce.

La imagen es de Maria Darii, Unsplash

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *