En la tierra como en el cielo

Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren. ¿Acaso si a alguno de vosotros su hijo le pide pan le da una piedra?; o si le pide un pez, ¿le da una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que se las pidan! Así pues, tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la ley y los profetas.

Seguimos aprendiendo de Jesús, y para ello, escuchamos a Jesús. Esto no es tan sencillo como pudiera parecer. Muchas veces escuchamos a Jesús, la Biblia en general, haciendo la réplica, según oímos, de lo que nosotros pensamos… y así terminamos quedándonos solo con lo nuestro.

Este texto es muy apropiado para verlo. Según empezamos a escuchar Pedid, y recibiréis, quizá te esté saliendo la queja: “pues yo te he pedido muchas veces, y no me has dado”, y lo mismo para el buscad o para el llamad que viene después.

Sin embargo, escuchar es otra cosa. Escuchar es abrirte limpiamente a lo que dice Jesús, incluso si espontáneamente te sale la réplica. ¿Sabes por qué? Porque Jesús se ha mostrado digno de confianza millones de veces, y aunque tú no lo veas, tienes motivos para creer en él. Por eso, además de que escuchar es abrirse limpiamente a lo que la otra persona dice, cuando se trata de Jesús añadimos algo más: nuestra escucha de las palabras de Jesús, además de ser abierta y no recelosa o replicante, es una escucha en fe. Es decir: no solo me abro a lo que dice Jesús, sino que creo más lo que dice Jesús que lo que yo pienso, veo o me ha pasado. Él es la Verdad.

Después de esto nos encontramos mejor situados para escuchar a Jesús, que nos garantiza: Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán. Primero, como hemos dicho, dejo de lado mis modos de mirar, mis expectativas o mis modos de pedir, buscar y llamar, y renuevo mi fe en Dios haciendo estas cosas que Jesús dice:

  • Primero, nos dice que pidamos, busquemos y llamemos. No lo dice con alguna acotación del tipo “al que necesite” o “a quien tenga curiosidad”, sino que nos lo dice a todos. Vamos a conectar con aquello que hemos de pedir, aquello que deberíamos buscar, aquello que hemos de gritar. Todos nosotros, porque todos estamos unidos por estas actitudes vitales que él sabe que están muy en lo profundo de nosotros.
  • Nos dice también que si hacemos estas cosas -pedir, buscar, llamar-, encontraremos respuesta adecuada a lo que necesitamos. No se dice nada del tiempo, ni del contenido de lo que vamos a recibir, sino que esto se dará. Y la razón es que Dios es bueno. Si hasta nosotros que somos malos, dice, sabemos dar cosas buenas a los nuestros, ¡cómo nuestro Padre del cielo, que es BUENO, no va a dar cosas buenas a los que se las pidan! Igual aquí, para poder pedir del modo que nos dice Jesús, tenemos que sacudirnos primero nuestra idea de Dios -quizá desconfiada, quizá temerosa o atravesada de dudas- porque tal y como vemos a Dios, así le pedimos.

Y Jesús, el Hijo, el Maestro, tiene claro que Dios es bueno y vive escuchándonos y quiere darnos cosas buenas. Atrévete a creer a Jesús, aunque para ello tengas que sacudirte lo que tú piensas…

  • La enseñanza de Jesús en este día nos lleva también a preguntarnos cómo hemos de pedir. Nosotros pedimos, sí; buscamos, sí; llamamos, también. Pero a veces nuestra petición se queda desganada al poco tiempo, o nace ya incierta por nuestra poca fe. La forma de pedir nos lleva a la de los hijos, que piden confiados en que serán escuchados, y no dejan de pedir porque se les diga que no. Si sabemos que no tenemos derecho, si sabemos que el Padre es BUENO, ¿cómo no pedir, y pedir, y pedir? ¿cómo no buscar, seguros de que encontraremos? ¿cómo no llamar, en la certeza de que el Padre, como nos dice Jesús, responde siempre y nos da lo mejor? Y si para esto hay que sacudirse los modos viejos de mirar, esos que no dan vida, sacúdetelos: haz lo que sea preciso para poderte abrir a la confianza, a la esperanza, al encuentro con tu Padre y con la vida que quiere darte.
  • En síntesis, la actitud a la que Jesús nos llama es la confianza: confianza en que lo que esperamos del Padre lo recibiremos, porque el Padre es bueno. La confianza se revela como la actitud humana y creyente por excelencia.

El último versículo de esta perícopa termina de un modo que puede resultarnos desconcertante: Así pues, tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la ley y los profetas.

Jesús nos está hablando de cómo hemos de dirigirnos al Padre -como él mismo lo hace-, y concluye -así pues- diciéndonos que tratemos a los demás como queremos que ellos nos traten a nosotros. ¿Qué quieres decir, Jesús, con esto? Ya hemos dicho que lo que tomamos absolutamente en serio no es lo que nosotros entendemos o no, sino lo que Jesús dice. Luego si Jesús relaciona esto con lo anterior, nosotros nos esforzaremos también por relacionarlo.

Primero nos decía que nosotros, que somos malos, nos parecemos un poco a este Padre Bueno cuando se trata de lo que nos piden nuestros hijos. A la vez, seguramente hemos caído en la cuenta de la diferencia que hay entre vuestros hijos y los que se las pidan. Para el Padre, todos los que le piden algo son hijos, y está dispuesto a escucharlos. Este modo de mirar nos abre más allá de lo nuestro: nos abre a tratar a los demás (ahora no son “los nuestros”, sino todos los demás), como queremos que ellos nos traten a nosotros, con lo cual nos abrimos a un modo de relacionarnos regido por lo bueno, y no por el cálculo, el interés o el egoísmo.

El motivo para hacer así es que en esto consisten la ley y los profetas. Si antes íbamos de Dios a nosotros, ahora volvemos de nosotros a Dios: cuando tratamos así a los demás (y lo hacemos, al modo como lo hace Dios, porque somos o queremos ser buenos, y no “para” que el otro nos recompense, aunque estaría bien y le haría bien al otro también mirar así), estamos manifestando a Dios en la vida, y por tanto, se dibuja una comunicación entre el cielo y la tierra: cuando actuamos con el Padre al modo de Jesús, como Jesús nos ha dicho, empezamos a mostrarnos así con los hermanos, y de este modo, hacemos presente a Dios, de modo concreto, en medio de la historia. Y es que la ley y los profetas, la palabra de Dios, ha de realizarse en la vida.

Imagen: Charles «Duck» Unitas, Unsplash

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