Lectura de la profecía de Ezequiel 18, 25-28
Salmo 24, 4-5. 6-7. 8-9
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 1-11
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 21, 28-32
Esta será la última de las entradas que titularemos “Haced lo que Él os diga”, aunque en realidad, ¡se podrían titular todas las entradas así! Y es que cuando nos detenemos en los textos de la Palabra de Dios, ahora en estos tan armoniosos que nos ofrece la liturgia del domingo que podríamos iluminar con ello la semana que tenemos por delante (por cierto, ¿sabías que la semana cristiana comienza en domingo?).
Hoy también aprendemos mucho de Dios, de su modo de mirar y del nuestro, de la vida, si atendemos a lo que Dios, a través de la Palabra, nos dice.
Empezamos por Ezequiel, y dime si lo que dijo Yahvé al pueblo a través del profeta se diferencia en algo de lo que Dios tiene que decirnos a nosotros hoy:
Esto dice el Señor:
«Insistís: “No es justo el proceder del Señor”.
Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».
A nosotros también nos es familiar esta lógica injusta por la cual el bueno es bueno, haga lo que haga, y el malo es malo, por más que se arrepienta. Y si no, mira a los “buenos” y a los “malos” de tu vida. Y como Dios no hace lo que yo digo que haga, me permito decir que es Dios el que es injusto… en definitiva, porque Dios no hace lo que yo entiendo, lo que yo quiero.
Aprenderíamos mucho si, sacudiéndonos esa vanidad que se hace centro, nos dejáramos enseñar por la realidad, nos dejáramos conducir por lo que dice y hace Dios.
Esto mismo es lo que Jesús nos reprocha, lo mismo, cuando nos cuenta lo de los dos hijos. Primero nos hace caer en la cuenta de algo que hasta nosotros solemos ver, y es que “obras son amores”. Luego, lleva más allá su enseñanza y nos pone de bruces con nuestra buena conciencia, que es tan mala, en realidad: En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis.
Aquí es donde se ve si escuchamos a Dios o solo a nuestra “buena” conciencia. Es la fe en Juan, y más, la fe en Jesús, la que dice si somos el hijo primero o el hijo segundo. Nosotros nos solemos tener por los primeros en todo, por el simple hecho de que nos tenemos como lo primero a nosotros mismos (tenemos buena voluntad, Dios ya sabe que nosotros queremos aunque a veces se nos olvide, ¡y no sigo, que es aburrido!). En cambio, Jesús mira de otro modo: en ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras (Is 66, 1-4). Es, una vez más, lo que dice y hace Dios lo que importa, y por lo tanto, lo que vale de lo que yo digo y hago es no lo que digo, sino lo que hago, lo que vivo, en relación a él.
Ojalá lleguemos a tener, como Pablo nos desea, los mismos sentimientos de Cristo, que se ha abajado tanto que ha sido elevado por Dios por encima de todo, y nos eleva con él; Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
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Imagen: Dariusz Sankowski, Unsplash
