Lectura del libro del Éxodo 22, 20-26
Salmo 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 22, 34-40
Como la semana pasada, de nuevo un fariseo quiere poner a prueba a Jesús. Aunque nos parezca otra cosa, esto dice de nuestra ceguera: qué ciegos tenemos que estar para no ver que Jesús está unido a Dios. Qué ciegos, para no ver que Jesús no solo conoce en teoría cuál es el mandamiento principal, sino que lo vive. Tenemos que escandalizarnos mucho de esta ceguera que con mucha facilidad puede ser la nuestra, pensando que quien tenemos delante sabe menos que nosotros acerca de Dios, acerca de su amor, acerca de… para pensar eso tenemos que tener el corazón atravesado de orgullo, que nos hace creernos superiores a los demás. Habremos de pedir con fe y gran deseo a Dios la humildad que nos permite conocer cuál es nuestro verdadero lugar.
Jesús, sobrecogedoramente humilde, responde a la pregunta del fariseo. Y nada más. Como dice el cántico de la carta a los Efesios, siendo de condición divina… se despojó de su rango, pasando por uno de tantos (Flp 2, 6-7). Cristo ha recorrido la distancia infinita entre la divinidad y nuestra humanidad, y en ella, ha venido a ocupar el último lugar, para redimirnos así a todos. Esto se hace patente en la cruz, pero en muchas de sus palabras-acciones (pues en él, el decir y el hacer son lo mismo), a lo largo de su vida, se manifiesta este abajamiento (en todas, si supiéramos mirar). La respuesta dada al doctor de la ley es una de estas situaciones.
Este Amor de Dios es el que ha llevado a la Santa Trinidad a crear el mundo y al Padre a enviar al Hijo para redimirnos, dejándonos el Espíritu Santo para realizar en cada una, en cada uno, la Victoria de Cristo, su Pasión, su Muerte y su Resurrección.
El mismo Amor que Dios nos ha llamado a vivir desde el comienzo, el Amor lleno de misericordia al que nos exhortaba también en el Éxodo, es el Amor con el que estamos siendo amadas, amados, en cada instante de nuestra vida. La Redención de Cristo hace posible que podamos amar al modo de Dios.
Es por esto que Dios exhorta al pueblo, ya desde el principio, en favor del emigrante, de la viuda y del huérfano, del préstamo sin usura, de la posesión de las cosas que tomamos prestadas… fíjate con qué ternura nos llama Dios a la compasión: se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar?
Y si piensas que “Dios no lo ve” o, más cínicamente aún, “Dios no hace nada”, recuerda estas palabras de Dios: Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.
Así es: Dios es Compasivo. Dios es Compasivo, y puedes pedirle a Dios que haga que tu corazón, y tus obras en consecuencia, manifiesten Su compasión hacia tantas y tantos que lo necesitan. Pídelo de verdad, creyendo que Dios puede cambiar tu corazón, y cambiar así lo que te rodea.
(Viendo estos textos y muchos otros de los que hemos recorrido, nos preguntamos: ¿Dónde hemos escuchado ¡y repetido! esa tontería de que el Dios del Antiguo Testamento es duro y Jesús es amoroso?)
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Imagen: Nik Shuliahin, Unsplash

Cuánto tengo que agradecer al Señor su tierno amor, grande y gratuito; que me da para que me conozca y le ame como Él quiere y así a los demás.
Este es mi mayor deseo: que me enseñe a amarLe cada día más.
Un gran deseo, Txaro, que se va haciendo realidad cada día.
Me parece escuchar a Dios… Quiero que sepas lo que significa para mí ser querido por ti.
Y también lo que dice de ti.
Que me ames así significa que ya no es mi Ley la que está en lo más hondo de ti y en tu corazón… Recuerdas mis palabras: “Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
El “Preceptor” ha hecho innecesario el Precepto. Yo ocupo ya mi sitio predilecto en ti.
Mi sueño, mi Palabra se ha hecho carne en ti. Ha empezado a vivir en ti el hombre nuevo. Yo vivo en ti; tú vives en mí. Como en el seno materno, ahora vives mi vida: mi vida es tu vida… soy Yo quien vive en ti. Yo soy tu Padre-Madre.
Gracias, Agustín. Palabras íntimas y universales que, escuchadas en tu corazón, resuenan en nosotros y nos abren: a uno a la esperanza, a otra a la alegría, a otro a la bendición a otra a la alabanza… Gracias por compartir lo que Dios te da.