Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17
Salmo 65, 1b-3a. 4-5. 16 y 20
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18
Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 15-21
El sexto y último domingo de Pascua nos exhorta intensamente a la alegría. No sé si has escuchado la antífona de entrada: Anunciadlo con gritos de júbilo,
publicadlo y proclamadlo hasta el confín de la tierra. Decid: «El Señor ha rescatado a su pueblo». Aleluya. Son muchas, muchísimas las veces en las que la Palabra de Dios nos exhorta a la alegría, y la liturgia comunica tantos motivos de gozo que tenemos por ella. No nos solemos dar cuenta, y cada cual tendrá que preguntarse por qué. El hecho es que estas lecturas, a las que la antífona se anticipa, nos hablan fuertemente de alegría.
Primero escuchamos, en el libro de los Hechos que venimos proclamando, la alegría inmensa que invade la ciudad de Samaría por la predicación de Felipe. Una predicación que, como la de Jesús, está hecha de palabras y obras. Se nos dice que primero Felipe viene a Samaría, esa ciudad mal vista por los judíos y que es visitada, como antes por Jesús, por el Espíritu Santo que conduce a Felipe, y se nos muestra la apertura de los samaritanos en la atención unánime con que el gentío escuchaba a Felipe, y por los signos que hace entre ellos: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. Esta salvación patente llenará a la ciudad de alegría, y se producirán muchas conversiones.
Esto es lo que produce la palabra de Dios, y sus obras salvadoras, en medio del mundo. Es por esto que quienes se encuentran con Dios saltan y proclaman con gritos de júbilo, como escuchábamos ya en la antífona de entrada.
Y de nuevo nos preguntamos: ¿me produce a mí Dios esta alegría? ¿La Palabra de Dios me produce alegría? ¿He experimentado sus acciones salvadoras? Esto es algo de lo que nos importa mucho hablar con Dios… de si nos relacionamos con el Dios Vivo, que transforma la vida y la llena de una alegría que nadie os podrá quitar (cf. Jn 16, 22), o si, “sin más”, escucho su Palabra y la entiendo aún menos que las otras.
¿Cuál es la certeza de esta dicha? La promesa de Jesús de dejarnos su Espíritu. El Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que habitaba a Jesús y que hará que vivamos, como él, en la comunión trinitaria: amorosamente abrazados por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Observa qué tiernamente nos dice Jesús: No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Jesús volverá en la persona del Espíritu Santo, que nos enseñará a vivir en relación con el Padre, como ha vivido él. Que nos enseñará a vivir de lo que Jesús nos ha dicho y ha hecho posible, por su entrega, para todos nosotros. Una vida que acepta sus mandamientos y los guarda, una vida que refleja, en medio del mundo, una vida como la de Jesús.
De esta vida dichosa, al modo de la vida de Jesús, nos habla la segunda carta de Pedro. Una vida, la suya, que no da la espalda a los dolores de nuestro mundo sino que se ha entregado por ellos. Una vida, la de Jesús y los que le seguimos, que se vive por amor y da como fruto una vida plena de salvación para uno mismo y para los otros: muerto en la carne, pero vivificado por el Espíritu.
Esa vida plena de dicha es la que canta el salmista, y con él, todos los hombres y mujeres que han creído y creen en Jesús, por el Espíritu, desde el comienzo del mundo.
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Imagen: Engin Akyurt, Unsplash
