1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 2, 14. 22-33
Salmo 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10.11
2ª lectura: 1 Pedro 1, 17-21
Evangelio: Lucas 24, 13-35
Estamos hablando de la resurrección, y no podemos dejar de reconocer la presencia de la muerte. Tanto es así que toda la primera parte del texto habla enteramente de muerte, y es solo en la segunda parte, con la intervención de Jesús Resucitado que, como vemos, se va revelando a ellos progresivamente, cuando se habla de Vida.
Primero se nos dice que los dos discípulos se dirigen a una aldea llamada Emaús. Se van porque ya no les queda nada en Jerusalén. Han perdido la esperanza de que pueda darse algo más allí, y se vuelven a su pueblo, a aquella vida antigua que ya no sabe a nada, porque lo que descubrieron con Jesús, ya no está.
Ellos están hablando, como tantas veces nosotros, “en bucle” desde su tristeza y su miedo, poniendo en la realidad solamente lo que ellos ven desde su mirada.
Y entonces, la palabra de Jesús hace estallar la Vida: ¡Qué necios y torpes sois para creer cuanto dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él.
Así es como en la palabra de este caminante se pronuncia la Vida. Y la vida empieza a vencer sobre su muerte, sobre nuestras muertes. Así es como su oscuridad empieza a ser atravesada por la Luz, que es Jesús.
Después de que Jesús ha escuchado su pena, su miedo, su lógica, responde a todo ello desde esta clave nueva que es creer. Creer lo que dijeron los profetas y toda la Escritura. No se la explica a modo de comentario, como hacemos nosotros, sino que se la explica como espíritu y vida, tal como es. Y ellos empiezan a despertar.
Es así que, cuando el Señor Jesús hace ademán de seguir adelante, ellos le insisten para que se quede con ellos: han experimentado la Vida, y no la quieren dejar pasar. Solo les había sucedido con Jesús. Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día va de caída. Torpemente aún, sin saber cómo, ni porqué… pero necesitan a este Caminante que hace unas horas era un extraño y ahora se está convirtiendo en la luz de su espíritu. Saben, ambos intuyen que sin él volverá la oscuridad a sus vidas, a su mundo. Esos raros momentos en que sabes que lo que vives te sobrepasa…
Jesús entra con ellos, y hace ese signo que, habiéndose dado una sola vez, se imprimió en su espíritu como un acontecimiento misterioso e imprescindible: parte el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Ellos, aunque en aquella primera Cena que se ha convertido en la Única no entendieran muchas cosas, reconocen ahora la relación profunda entre aquella entrega de la Cena y la victoria proclamada en esta Cena. Entonces se abren sus ojos, y empiezan a ver. Empiezan a ver, que ahora es creer.
Aunque Jesús desaparece de su vista, lo llevan en sí, por la fe. En adelante, harán lo que hace la fe, que nos conduce a la Vida. Las palabras que ahora pronuncian tienen otro signo: proclaman la presencia de Jesús resucitado, reconocen el ardor del corazón como lo que es, vuelven a la comunidad en Jerusalén para anunciar lo que han visto y oído, proclaman la Eucaristía como lugar en el que, en adelante, se encontrarán con el Señor Jesús, vivo entre nosotros para siempre.
Al punto se levantaron, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que decían: —Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Ahora, vueltos a la comunidad, a los demás compañeros, que ya conocen el gozo y la esperanza que a ellos los ha inundado, experimentan que la vida tiene ahora otra densidad: la de ahora está atravesada por el gozo de haber recuperado al Maestro. Con él, por él, en él, la vida se ha hecho nueva, plena, para siempre. La Vida tiene ahora la cualidad de su resurrección, que es victoria de Dios y realiza la Buena Noticia que Él es y que ha hecho posible para nosotros.
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Imagen: Peter Thomas, Unsplash
