1ª lectura: Sofonías 2, 3; 3, 12-13
Salmo 145, 6c-7. 8-9a. 9bc-10
2ª lectura: 1 Corintios 1, 26-31
Mateo 5, 1-12a
Los textos de este día nos hablan de las preferencias de Dios. De su mirada, que desconcierta la nuestra hasta el punto de resistirnos a creer: Buscad al Señor los humildes de la tierra… Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor. Esta lógica de Dios que fácilmente olvidamos, se repite una y otra vez en la Biblia: este es el modo de ser en el que Dios se fija, hasta el punto de que, como dice María en el Magníficat, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (Lc 1, 52). Un modo de mirar que no solo se nos hace inválido e incluso temible, sino que a menudo ignoramos, y que es, sin embargo, la verdad que Dios está realizando en cada momento.
Esas afirmaciones que vemos en Sofonías y en el salmo se intensifican en el evangelio. El evangelio nos trae la Palabra de Jesús sobre las bienaventuranzas: afirmaciones incompatibles con nuestra lógica humana que expresan la verdad de Dios.
No empecemos por decir lo que decimos siempre: que nosotros no vemos compatible la pobreza de espíritu (que desde esta lógica, ni podemos comprender lo que es), con un reino futuro del que no sabemos nada. No comprendemos la mirada de Jesús, que llama bienaventurados a los que lloran, a los que tienen misericordia o un corazón limpio o a los que son perseguidos por causa de la justicia, porque sabemos que los que viven así sufren mucho en esta vida, que es para la mayoría de nosotros es la única que conocemos.
Jesús habla como si ese mundo futuro estuviera ya aquí: como si las promesas iluminaran la vida hoy, como si la certeza de la salvación pudiera reconocerse en nuestro presente doloroso, como si la cercanía de Dios y su salvación fueran capaces, puestas al lado de nuestras lágrimas, de nuestra lucha por la paz, de aquellas situaciones en las que nos insultan y nos persiguen, de iluminar la vida de todos los días. Esa que nos parece más patente, más contundente, más real que todo lo demás.
Si escuchamos realmente la Palabra de Dios, si la acogemos con fe, vemos que nos está describiendo un mundo así: un mundo mucho más real que el nuestro, tan incierto, tan cambiante. Nos está describiendo un mundo en el que las promesas de Dios, la certeza de su presencia y de su victoria, su cercanía amorosa y cierta estuvieran presentes ya aquí, en medio del mal, el sufrimiento y la muerte, y transformándolos.
De esto nos habla Pablo, tan unido como vive al Señor, transmitiendo esta certeza a los Corintios: Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
Y así -como está escrito-: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».
Pablo concreta esta certeza que se ha hecho visible en Jesús, y nos muestra que el motivo para glorificarse es lo que Jesús, el Cristo ha sido entre nosotros: Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención, de tal manera que todas las glorias humanas han sido transformadas por la glorificación auténtica, la que glorifica a Cristo Jesús, que nos ha salvado, que nos trae la salvación cada día: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor.
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Imagen: Nick Jio, Unsplash

Pongo mi fe y confianza en estas palabras del apóstol Pablo, ya que gracias a Jesús ,Sabiduría encarnada de Dios; el único justo, pobre,santo,perseguido y entregado, por nuestra redención, puedo encontrar,la luz y la fuerza para seguirlo por el camino de las Bienaventuranzas.