Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7
Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28
Cuando leemos la Palabra de Dios, necesariamente nos llevamos sorpresas: ante todo, porque la Palabra de Dios siempre es más que nosotros, y al desbordar todo lo nuestro, experimentamos que “no cabe” en nuestros pequeños esquemas, tan limitados, en realidad.
Otro motivo por el que la Palabra de Dios nos desconcierta es porque caemos en la cuenta de que descubrimos que nos hemos hecho muchas ideas sobre Dios que no tienen nada que ver con lo que Dios es en realidad. Esto sucede, por ejemplo, porque damos por supuesto que a Dios le tienen que gustar “los suyos”, y podemos ubicar los suyos ahí donde -casualmente- nosotros los colocaríamos también: en esas personas que conocen al Dios vivo, que está en esta iglesia y cumplen estas normas. Dejamos la puerta abierta a que quepa alguno más, pero sin demasiado interés, puesto que lo tenemos claro…
Y sin embargo, ¡qué diferentes son las cosas cuando venimos a escuchar a Dios, y vemos lo que Él mismo nos dice acerca de la fe y del modo de servirle!
Escuchamos primero a Isaías, que en medio de Israel ensalza, a través del profeta, A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, y vemos así que Yahvé celebra a aquellos que, vengan de donde vengan y sea de la nación que sean, secundan la inspiración divina que los lleva a alabarlo, y nos muestra así que llegará el día en que todos los pueblos alabarán al Señor: porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos. Aprendemos así que Dios no es “nuestro Dios”, sino que es Dios de todos, hombres y mujeres, y Dios quiere llenar a todos de alegría, que es uno de los signos de la presencia de Dios en nuestra vida, puesto que hemos sido creados para amarlo, y nadie como Él llena nuestra vida de alegría: los llenaré de júbilo en mi casa de oración.
¿Eras consciente, si no fuera porque ahora nos lo dice el mismo Dios, que Él nos llena la vida de alegría?
El salmo coincide en esta alabanza universal: Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Quizá te parece que también la alabanza es algo que cada pueblo dirige a su “propio” Dios, y eso cuando lo hace… pero el salmo dice otra cosa.
El evangelio, para culminar lo que venimos diciendo, nos rompe también algunas de las ideas que tenemos acerca de Dios: las de los discípulos, que quieren que atienda a la mujer por la molestia que supone tenerla tras ellos, gritando. La de Jesús, que en principio se ve solo llamado a las ovejas perdidas de Israel, y se abre en su misión al ver la fe de esta mujer pagana. Un modo hermoso de decirnos que Dios celebra la fe allí donde se la encuentra. Jesús no lo hace para que no moleste, como los discípulos. Y no lo deja de hacer porque su misión le oriente en otra dirección, sino que, abierto al Padre en todo momento, ve por la fe de la mujer que la de ella es una fe que atrae la salvación de Dios.
Lo que nos dice Pablo en la segunda lectura tampoco es lo que nos hubiéramos imaginado. Israel ha crucificado a Jesús, el Hijo de Dios, y ahora lo sigue rechazando. Podríamos decir que esto se merece claramente el rechazo, ¡e incluso la destrucción! por parte de Dios, y sin embargo, mira lo que afirma Pablo. Primero, de Dios hacia Israel: los dones y la llamada de Dios son irrevocables, y también Dios nos encerró a todos en desobediencia para tener misericordia de todos. Un Dios que ama para siempre y mantiene para siempre sus promesas, un Dios que con ocasión del pecado hace brillar esplendorosamente su misericordia…
¡¿Qué Dios es este?! ¡¡Este es nuestro Dios, que sobrepasa todas las ideas que podamos hacernos sobre él!!
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Imagen: Robert Wilcox, Unsplash

Tal vez hay que fijarse en los perros y en la relación que tienen con sus amos para acercarse a la fe de esta mujer cananea. Qué curioso, “can” por casualidad, está en la raíz de su gentilicio. La adoración, la confianza que siente un perro por su amo, la fidelidad que demuestra estando siempre pendiente del amo, a su lado, buscando caricias, suplicando un bocado… Los perros son ejemplo de corazón de pobre, de corazón vacío de sí, para que otro que es más los colme, los cuide, los lleve y los traiga. Y desde mi experiencia personal, ese “socorrerme” ha sido oportunidad, desde la enfermedad, de poner confianza en el Más que nos salva y nos salvará… <3
Es verdad que los perros tienen una fidelidad de la que podemos aprender muchas cosas. Lo del nombre no está tan claro, cuando la asociación que haces se apoya sobre otro idioma que el del texto bíblico. Más que la fidelidad de un animal, aquí brilla la audacia de una fe que no se queda en las palabras de Jesús, sino que puede ver más allá, que puede “ver” el interior de Jesús, su propia fidelidad que se deja conducir por el Espíritu, mientras te atreves a dejarte conducir más allá de lo establecido, de lo “lógico”… se dan encuentros muy bellos cuando nos dejamos conducir por el Espíritu que nos mueve…
Gracias por compartir esta vivencia de abandono en rl amor de dios
Ese “Más” surge de una Fe profunda arriagada en lo más hondo del corazón humano que supera toda circunstancia , toda situación humana , Jesús se conmueve de esa fe sencilla que grita desde lo más hondo del ser humano superando incluso la voluntad del Padre , ahí se manifiesta la misericordia De Dios , de un Dios que mira el corazón humano y se conmueve ante esa petición que surge de una confianza y de una fe que no entiende de palabras ….. quizás buscamos justificar , razonar algo , buscar muchas explicaciones a algo que es mucho más sencillo : una fe sencilla , confiada ,que solo Dios es capaz de descubrir ,
Una fe sencilla, Mª Luisa. Qué regalo es eso. Disiento en lo de que supera “incluso la voluntad del Padre2. Yo diría que es precisamente eso lo que el Padre quiere: una fe sencilla, confiada, de hijos que saben quién es su Padre
Entiendo, leyendo el comentario, que los encuentros u otros avatares de nuestra vida, son trascendentales, y ocasión de trascendencia para nosotros.
¡Qué vértigo entrar en ese juego!
Y ¡qué seducción al mismo tiempo!
¡Qué lazos más eternos!
…y qué privilegio, y cuánto deseo, y cuánta fe… tanta como haga falta para consentir!